La salud, ¿algo trivial? 

Autor: Rosa Martha Abascal de Arton

 

Uno se acostumbra a tener salud, poder moverse, abrir los ojos, voltearse, 
caminar, salir de paseo, ir al trabajo, comer, escribir, leer, oír, respirar, y un sinfín de actividades más que suponemos que deben ser así, que es “normal” que sean como son y que no valoramos en todo lo que significan. 

Pero resulta que un día, aun de madrugada, comienzas con un dolor extraño, 
intenso, poco común, cada que lo sientes no puedes respirar, levantarte te 
cuesta trabajo, caminar te lastima, comer es un suplicio, escribir o trabajar es imposible, salir de paseo es una tortura... todo por un simple dolor, por una gastritis, por una pequeña úlcera o por un dolor de oídos o de muelas o una indigestión. 

¿Valoras la salud? ¿Realmente la consideras un regalo divino? ¿La cuidas 
como debes? ¿Respetas, cuidas y valoras a quien está enfermo? 

Hace no mucho tiempo, una amiga se quejaba amargamente de las “chocheces de su mamá: “Ay amiguita, ¿cómo te explico? Ya me tiene harta, que si le 
duele, que si le molesta, que si la medicina, que si el doctor, que si los análisis, que si el cansancio ¡es una tortura vivir con ella! 

Seguramente está inventando todos sus dolores para llamar la atención, ¡me dan unas ganas de mandarla a un asilo!” 

La madre de esta amiga tiene una úlcera en el estómago, tiene gastritis, 
tiene colitis, tuvo una peritonitis que casi la mata... ¡tan fácil decirlo!... un calvario vivirlo. 

La semana pasada esta amiga fue operada de apendicitis, algo menos doloroso, 
menos crónico que lo que su madre ha sufrido por cinco años. Sus quejas se 
escuchaban a diestra y siniestra con quien la quería oír y con quien no también.

Hasta que su madre, que estuvo todo el tiempo con ella, se le acercó a la cama y le dijo “hijita, ¿no será que dices todo esto para llamar la atención?” Ella furiosa contestó que obviamente no, que se sentía muy mal. Entonces la madre contestó: “pues ahora entiendes un poquito del calvario que llevo viviendo estos cinco años”. 

A veces es necesario que perdamos la salud para que la valoremos, que sintamos dolor físico para que entendamos a los enfermos que nos rodean. 

Cuando le preguntamos a la gente en general, por las bendiciones que ha recibido, es muy raro oírle decir “la salud”, y sin embargo, es un don que 
cuando se le pierde, resquebraja la vida, replantea el futuro, inmoviliza el 
presente, es un don precioso que al perderlo puede costarnos incluso la 
libertad para hacer lo que queremos o debemos hacer. 

El colmo del asunto es cuando “por caridad” o “ por humanidad” se pretende 
acabar con la vida de un enfermo incurable, Terminal o crónico. La mayoría 
de las veces es un egoísmo feroz que nos impulsa a deshacernos de quien nos 
estorba, es un mal disfraz de cobardía, individualismo de quien lo promueve 
y quien lo realiza. 

La vida es maravillosa, la salud es parte de esa vida, así como la enfermedad. Tanto la salud como la enfermedad nos ayudan a crecer como seres humanos, a valorar y entender lo grandioso de poder ser, poder vivir, poder hacer, poder pensar. 

La enfermedad, el dolor, bien llevado, sublimado, ofrecido por un bien superior, perfecciona al enfermo, al hacer más firmes sus virtudes: fortaleza, templanza, prudencia, justicia, generosidad, amor... pero si además se es católico, todo ese sufrimiento ofrecido a Dios, nos convierte en corredentores con Jesucristo. 

“Lo que hagan con uno de ellos, lo hacen conmigo”, recuerda esa frase, cuando tengas a un enfermo en casa, y recuerda también “con la vara que se mide se es medido” ¿cómo quisieras ser tratado si te enfermaras? ¿Qué esperarías de tu esposo, de tus hijos de tus amigos, de tus colaboradores, de la gente que te rodea si te enfermaras? 

Respondiendo a esa pregunta, obtienes el “como” debes tratar a quien se 
encuentre enfermo, no eres “lindo” ni “generoso” al tratar bien a un enfermo, es un deber de justicia elemental, es una manifestación de amor fraterno que todos los grandes hombres y mujeres de este mundo han practicado. 

¿O que crees que sentía el Padre Damián al abrazar a los leprosos? ¿Y que 
crees que sentía la Madre Teresa de Calcuta al vivir entre tuberculosos, 
enfermos de malaria, de cáncer y desnutridos?. 

Sin embargo, el amor, ese amor trascendente del que no me cansaré de hablar 
jamás, fue la guía para quien ya es San Damián y par quien en octubre de este año será beatificada por Juan Pablo II: La Madre Teresa de Calcuta. 

Valora y cuida tu salud, sirviendo a quien está enfermo, con amor, paciencia, fortaleza, templanza, justicia y generosidad, “y tu Padre que está en el cielo te lo recompensará” y tu gente que está en la tierra te tratará igual el día que tu seas el enfermo