El regalo de Yamil

Autor: Gloria Leticia Sánchez García



Cuenta esta historia que cuando los Reyes Magos iban siguiendo al estrella que los conduciría hasta el Niño Jesús, que sería el gran Rey de Reyes; sus cansados camellos coincidieron en su camino por el desierto. Al ponerse a dialogar supieron que los tres llevaban el mismo destino. Tiempo después encontraron una pequeña aldea, donde decidieron detenerse para poder descansar.

La mujer que los hospedó, se dio cuenta de que eran personas de importancia y por lo mismo supuso que llevarían tesoros y riquezas, y esperó que se durmieran y alcanzó a tomar una bolsa de cuero que contenía monedas de oro. La tentación la dominó, pues pensó en su pobre hijo Yamil, que sólo podía caminar con muletas y que estaba muy desnutrido.

Antes del descanso, los Magos les habían contado a dónde iban y cuál era su destino. Les dijeron que una estrella los guiaría para ir a conocer y adorar al Hijo de Dios. Que hacían todo ese recorrido para llevarle presentes como un reconocimiento.

A la mañana siguiente, cuando Melchor despertó, descubrió el robo del oro y sabiendo bien quién lo había tomado, dijo a la mujer: “Espero que haya sido por intentar ayudar a tu pequeño hijo, por eso yo te perdono, pero no olvides que Yamil más que oro, necesita de todo tu amor”.

La mujer llena de vergüenza, regresó lo robado y pidió perdón. Por su parte, Yamil, apenado también y sintiendo en su corazón un gran amor por el Niño de Belén, les dijo a los Magos: “Yo no tengo riquezas ni nada que darle, sólo tengo mis muletas, que como un favor muy especial quiero que se las lleven al sagrado Niño”.

Cuando Yamil les dio las muletas a los Magos, se dio cuenta de que en aquél momento se podía sostener y también caminar, y emocionado y agradecido se puso de rodillas diciendo: “Gracias bendito Niño de Belén, siento que tu gran amor me ha curado”

Los Magos prosiguieron su camino, convencidos cada vez más de que Aquél a quien iban a ver, era en verdad el Hijo del Altísimo.