Descansa

Autor: Gloria Leticia Sánchez García

Después de la dura jornada de mi vida, soñé que caminaba por un largo sendero. Sólo noté mi cansancio al mirar mis polvorientos pies inflamados y adoloridos. A lo lejos miré un árbol y conforme me fui acercando pude darme cuenta que alguien descansaba sentado bajo su sombra, recargado en su tronco.

¡No podía creer lo que veía! ¿o me lo estaba imaginando?... ¡Era el mismo Jesús, sentado ahí! Al acercarme me llamó por mi nombre y me dijo –La paz sea contigo, ven, acércate, ¿qué deseas?

Sintiendo que el corazón me latía fuertemente en el pecho, le dije –Yo, Señor, me conformaría con sentarme junto a ti y estirar mis pies cansados.

–Recuéstate sobre los míos, eso te traerá alivio y descanso.

–Señor, y ¿qué es lo que haces aquí?

–Esperando a todos los que cansados, me buscan y me llaman.

Cuando ya me sentía feliz y descansado, vi llegar por el camino a un hombre, y al igual que a mí, Jesús le dijo: –Acércate hijo, ¿qué deseas? –Yo, Señor, siempre he querido decirte que mi vida ha tenido muchos yerros, que he andado de aquí para allá sin dirección; que no tuve una guía ni una mano firme que me enderezara, que a esta altura de mi vida nada llevo conmigo... Sin dejarlo terminar, el Señor le dijo: –Ven, recuéstate sobre mi mano y descansa, ella te dará la firmeza y la guía para que llenes tu vida de obras buenas. El hombre recostó su cabeza sobre la bendita mano y se quedó dormido.

A poco rato llegó una muchacha pálida y sudorosa, a quien Jesús, diciendo su nombre le preguntó: –¿qué deseas? –Señor, cansada ya estoy de la vida que llevo, me ha tocado atender, escuchar, comprender y aguantar a otras personas, pero yo no he encontrado quién me atienda, quién me escuche, quién me

comprenda... El Señor con su dulcísima voz le dijo: –Ven, siéntate junto a Mí y recárgate en mi hombro, así te sentirás amada y comprendida y encontrarás hartura para todas tus carencias.

Después llegó un joven, y al preguntarle Jesús ¿qué deseas?, él contestó: –Intento cambiar al mundo, quiero hacer escuchar mis ideas; las injusticias y la pobreza me lastiman. Es algo parecido a lo que Tú intentaste cambiar hace mucho... –Hijo, le dijo el Señor, el hombre es como un niño pequeño, egoísta y ambicioso. Algún día en sus mentes brillará la luz, mientras, pon tu cabeza junto a la mía y encontrarás en tus turbulentos pensamientos, remanso y sosiego.

Vino también otro hombre que respondió a la pregunta de Jesús con estas palabras: –Señor, deseo que alguien me quiera, a nadie he tenido. Mi madre se fue a seguirte desde que fui pequeño. Tiempo después a mi padre nunca lo volví a ver; los amigos y compañeros me rehuían por no andar limpio ni bien vestido; trabajé y quise encontrar una pareja y descubrí sólo infidelidad y traición. No tengo hijos, ni amigos, estoy solo...

Jesús extendiéndole sus brazos, lo recostó en su regazo y le dijo: Descansa aquí y sabrás que nunca has estado solo, Yo siempre he estado contigo.

Antes de caer la noche llegó una mujer. –La paz sea contigo, ¿qué deseas, hija? La mujer lo miró con seriedad y le dijo: ­Sabes, Señor, alguien me habló de Ti y a mí no me importó, nada me interesó excepto mi familia, a la cual he dado mis mejores años, mis mejores días y mis mejores horas; mis mayores esfuerzos, mis preocupaciones, mis afanes y hasta la luz de mis ojos. Ahora todos se han ido, ya no me buscan, ya no me recuerdan, yo que di todo mi amor ahora no tengo ni un poco para poner en este corazón destrozado... Hoy que te encuentro, ¿con qué cara me presento, si yo no creía en Ti?...

 Jesús, acercándola a su pecho le dijo: –Descansa, hija mía, aquí tienes mi corazón para refugio y consuelo. Y volviendo su mirada hacia mí, le oí decir:

–Yo también he estado cansado, fatigado, incomprendido; he vivido la pobreza, la injusticia, el desamor, el abandono, la traición, la soledad, la ingratitud... y quise arrastrar la cruz y quise entregarles mi cuerpo para que ustedes encontraran la paz y el alivio para las penas y cansancio de esta vida. “Vengan a Mí los que estén cansados de sus trabajos y cargas, yo los haré descansar” Mt. 11, 28.

Después de esto desperté, y mi vida jamás volvió a ser la misma.