Las bodas de Canán

Autor: Gloria Leticia Sánchez García

 

 

A 61 años de distancia están las bodas de mis queridos papás, de las de mi hijo mayor, que recién se casó (Mayo 2002). Disfruté la celebración del matrimonio como la que más... y las palabras del sacerdote me gustaron tanto que me hicieron escribir esta reflexión. La lectura del Evangelio citó a Jn 2,1-11, “Las bodas de Canán”.  

Mi relato dice así: En un pueblito muy lindo, en un tiempo del Señor, vivían en una casita, bañada por los rayos del sol, una hermosa pareja de ancianitos que eran admirables de ver. En esa humilde casita se respiraba la paz y la armonía, tanto del entorno como de los seres que la habitaban.

Ella daba mil pasos y más durante el día, dentro de su casita, procurando que toda ella luciera limpia, iluminada, ordenada y con un olor tan delicioso que siempre salía de la cocina.

Él, afanoso y dispuesto, siempre de buen humor tarareando y cantando sus canciones de antaño... arreglando aquí, componiendo acá, quitando la hojarasca a las plantas, regándolas, trayendo verduras o algunos huevos del gallinero...

Si tú los hubieras podido ver vendría a tu mente la sensación de que se trataba de dos personas de común acuerdo con la vida. Que sabían disfrutar y agradecer cuanto Dios les había brindado a lo largo de sus vidas.

Nadie los vio separados nunca; nadie los vio discutir jamás;... donde estaba él, ahí también estaba ella. Se les veía llegar siempre juntos a la Misa dominical. Se les miraba siempre caminar juntos, uno al lado del otro y conversar... Siempre en diálogo.

El trato de este buen hombre para con su esposa siempre fue de primera. Lo mismo que en ella se podía contemplar su espíritu de amistad, de servicio y de compañía para con su marido. Algunas amistades a él le preguntaban: -Oye, ¿y cómo han podido ustedes vivir tantos años juntos... y tú la sigues tratando con tanta fineza y con tanta atención?

La respuesta que él daba era ésta: -Miren amigos... nosotros... como en “Las Bodas de Canán”, ahí se sirvió el vino, cualquier vino, hasta que se acabó, y se dejó el excelente vino para el final, el que les dio Jesús,... esto pasa con nosotros. Nos conocimos, nos tratamos, nos quisimos, nos casamos; formamos un hogar, llegaron los hijos, los cuidamos, los vimos crecer y formarse. Pero guardamos el vino excelente para el final, ese vino que fue el primer milagro de Jesús, el agua bendecida por Él. De esa misma forma, vimos casar a los hijos, les vimos salir de casa y emprender sus propias vidas... ahora nosotros, mi viejita y yo... tomamos del mejor vino que se sirvió al final y con la bendición de Jesús continuamos con este gran regalo que es la vida.

 

Esta pequeña historia se me vino a la mente al observar la vida de mis propios padres, que aunque ellos no vivieron en el campo propiamente, ni en un pueblito, sí compartieron sus vidas siempre de común acuerdo y siempre sonriendo agradecidos con Dios... y tomando siempre del mejor vino hasta el final.

Ella se ha adelantado, pero mi papá sigue en armonía con la vida, a Dios gracias.