Reflexión bíblica
"Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos" Lc 11, 1-4
Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: "Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos". Él les dijo entonces: "Cuando oren, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquéllos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación".
Palabra del Señor.
Padre nuestro; Levantamos los ojos al Padre, porque somos sus hijos, el nos ha creado, decimos nuestros, y nos involucramos todos porque para El somos hermanos.
Que estas en los cielos; "Los cielos publican la gloria de Dios"; (Sal 18,2), el cielo está en donde ya no hay culpa y donde no hay ningún temor de muerte, nos elevamos a El y lo separamos de las cosas terrenas. San Agustín decía: Dios, habita en le corazón de los hombres justos, complementado con la idea del cielo, es entonces una idea mas allá de todo lo que el hombre puede imaginar.
Santificado sea tu nombre; El es santidad pura, incorruptible, principio de todo lo bueno, sea santificado en mi tu nombre, auxilio para abstenernos de toda maldad, para que la santificación pueda venir en nosotros. Por tanto nos compromete a buscar la santidad, para que Dios tenga hijos dignos: “Sea conocida tu santidad en todo el mundo, y te alaba dignamente, porque alabarte es de justos (Sal 32,1)
Venga a nosotros el tu reino; Para que el poder y la seducción y el reino de este mundo sean desterrados, sobre todo, el pecado, que reina en nuestra vida terrenal. También pedimos a Dios que nos libre de la corrupción y nos preserve de la muerte. También queremos decir venga el Espíritu Santo sobre nosotros para que nos purifique. El Reino de Dios viene cuando alcanzamos gracia; porque El mismo dice (Lc 17,21): "El reino de Dios está dentro de vosotros". Para que Dios reine en nuestras vidas, así entonces en todos nuestros pensamientos, palabras y acciones.
Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo; Permítenos que imitemos la vida del cielo, nosotros aceptamos lo que tú deseas. Te pedimos que nuestra vida humana sea buena y semejante a la que tendremos después de la resurrección, por tanto queremos disponernos a llevar un modo de vida en este mundo, que esté conforme con la que esperamos en el otro.
Danos hoy nuestro pan de cada día: Jesucristo es el Pan de Vida Eterna. El pan de nuestras almas es la virtud divina, que trae sobre ellas la vida eterna del mismo modo que el pan que nace de la tierra conserva la vida temporal. El pan divino que ha venido y el que ha de venir, te rogamos nos conceda hoy, con todo su sabor. También concédenos esto haciendo que el Espíritu Santo habite en nosotros, produciendo una virtud que aventaja a toda virtud humana, como la humildad, la bondad y el amor.
Perdona nuestras ofensas: “Misericordia Señor, nos comprometemos a no faltarte, sin embargo caemos, nos perdonas y volvemos a caer, Te suplicamos que suspendas el castigo, y tú tan bueno, lo haces, pero en cuanto vemos que por tu confianza en nosotros miras para otro hermano, volvemos a caer nuevamente”. Jesus nos enseño a tener confianza por nuestras buenas obras, y nos enseñó a implorar el perdón de nuestros pecados, porque, no existiendo nadie sin pecados, no nos privemos de la participación de los beneficios divinos por los pecados humanos. Así pues, al ofrecer, como debemos, a Cristo, quien hace que el Espíritu Santo habite en nosotros, la santidad perfecta, habremos de reprendernos si no hemos conservado la pureza de su templo. Este defecto se enmienda por la bondad de Dios, perdonando a la humana debilidad el castigo de sus pecados.
Como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden: Así es Dios, lleno de piedad por los pecadores, si lo es con nosotros, tenemos que serlo con los demás, si no es así, somos unos hipócritas. Esto los hacemos con toda justicia por el Dios justo. Cuando nosotros perdonamos a nuestros deudores; esto es, a los que nos han ofendido y confiesan su ofensa. Conociendo nosotros esto, debemos dar gracias a nuestros deudores; porque son para nosotros la oportunidad y la causa de nuestro mayor perdón. Además dando poco alcanzamos mucho; porque nosotros debemos muchas y grandes deudas a Dios y estaríamos perdidos si nos pidiésemos una pequeña parte de ellas.
No nos dejes caer en la tentación: Pedimos a Dios que no nos deje caer en el pecado, esto es fuerza, amor, decisión, voluntad para enfrentar este diarios combate "entre la carne y el espíritu", capacidad para evitar las ocasiones de pecar. Si queremos que Dios permanezca en nuestro corazón, tenemos que protegerlo de la tentación.
En efecto, es imposible no dejarnos tentar, por eso le pedimos a Dios que no nos deje caer en la tentación, esto es, que no permita que suframos la prueba de las tentaciones inclinada a los placeres de los sentidos. Jesucristo mandó que orásemos para que no cayésemos en la tentación; pero cuando alguno se ve en ella, conviene que pida a Dios la virtud de resistirla, para que se cumpla en nosotros lo que dice San Mateo (10,22): "El que persevera hasta el fin, se salvará".
Y líbranos del mal: Líbranos del “maléfico”, y sus sinónimos, mentira, crimen, robo, xenofobia, discriminación, desidia, irreverencia, egoísmo, envidia, pereza, maldad, dureza de corazón. Incomprensión, irresponsabilidad, y tantas más que son el deleite de Satanás.
San Agustín nos dice que cada uno pide ser librado del mal (esto es, del demonio y del pecado); pero el que confía en Dios, no teme al pecado. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? (Rom 8,31).
Por comprender esto, “gracias Señor”