Reflexión bíblica

“Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará” (Lc 7, 1-10)

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

 

Jesús entró en Cafarnaúm. Había allí un centurión que tenía un sirviente enfermo, a punto de morir, al que estimaba mucho. Como había oído hablar de Jesús, envió a unos ancianos judíos para rogarle que viniera a sanar a su servidor.

Al oriente de Galilea, junto al Lago de Galilea, esta Cafarnaúm, lugar donde don sucedió un acontecimiento de extraordinaria fe de un oficial romano, un centurión que amaba al Pueblo de Dios, soldado modelo de ecumenismo, ya que había construido una sinagoga, sin ser judío.

Cuando estuvieron cerca de Jesús, le suplicaron con insistencia, diciéndole: "Él merece que le hagas este favor, porque ama a nuestra nación y nos ha construido la sinagoga".

El oficial es un hombre abierto a los demás, considerado con su prójimo, por lo que declaran su empleados, favorece a sus creencias y mantiene buenas relaciones, incluso es bien calificado, ya que el servidor dice “él merece”

Jesús fue con ellos, y cuando ya estaba cerca de la casa, el centurión le mandó decir por unos amigos: Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres en mi casa; por eso no me consideré digno de ir a verte personalmente

Sin ser discípulo de Jesús, el centurión, sabe y admite el poder de Cristo y admite su condición de que no tiene categoría moral, que no tiene mérito o calidad suficiente. El centurión tenía conciencia de no pertenecer al Pueblo de Dios, por eso creía que no tenía derecho a pedir algo a Jesús.

Basta que digas una palabra y mi sirviente se sanará. Porque yo -que no soy más que un oficial subalterno, pero tengo soldados a mis órdenes- cuando digo a uno: "Ve", él va; y a otro: "Ven", él viene; y cuando digo a mi sirviente: ""¡Tienes que hacer esto!", él lo hace". 

El oficial, manteniendo su condición jerárquica de su grado, explica la obediencia de sus sub-alternos, y muestra como los estima y como reconoce que ellos tienen calidad humana, y merecen ser cuidados, pero al mismo tiempo reconoce el facultad de realizar milagros o actos extraordinarios de Jesús, incluso de forma especial, porque no le pide a Jesús que toque al enfermo.

Al oír estas palabras, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la multitud que lo seguía, dijo: "Yo les aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado tanta fe". Cuando los enviados regresaron a la casa, encontraron al sirviente completamente sano.

Es la fe del centurión la que hace el milagro, un fe que no había encontrado Jesús en los judíos, esa fe que otras veces les había expresado “Les aseguro que si tuvieran fe como un grano de mostaza le dirían a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible” (Mt 17,20).

Una fe, capaz de admitir que Jesús era dueño de la salud y de la enfermedad, de la vida y de la muerte, por eso Jesús podía dar la salud, y aún más, la vida a su sirviente.

Nos enseña Jesús, como la Palabra de Dios, nos produce vivir en buena salud y en el bien de nuestro espíritu, no muestra Jesús como basta con su Palabra para transformarnos, como es de eficaz, Palabra, que nos debe llevar al amor de Dios, al amor de nuestro prójimo, quien quiera que sea, de nuestro mismo pueblo o extranjero, el centurión no era Israelita, pero amaba al Pueblo de Dios, ese amor fue causa del milagro que hizo Jesús con el sirviente enfermo.

La fe, de todas formas es amor, y no es propiedad de nadie ni por su intelectualidad, ni por su conocimiento de mucha teología, ni por su cultura o actividad, por que no es el que mas conoce, o sabe el que tiene más fe, si no el que más ama. Es así como muchos humildes y sencillos, de mínima formación educacional, llegan a profundizar en el amor al Señor, sin dejar de comprender que además fe y humildad van tomadas de la mano, la fe crea humildad y es condición indispensable para exista fe.

Por comprender todo esto, Gracias Señor.