Reflexión bíblica

"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo". Lc 10, 25-37

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

 

Algunos doctores de la ley, buscaban formas de los que hoy llamaríamos “hacer pisar el palo”, o hacer caer en la trampa a Jesús, a quien acusaban de decir que la ley de Moisés era inútil, y que al mismo tiempo enseñaba nuevas doctrinas.

Entonces: Un doctor de la Ley se levantó y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: "Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?" 

Este doctor de la ley busca seducir a Jesús para que hablase algo en contra de la ley de Moisés, y se presenta tentándole, llamándole maestro. 

Jesús le preguntó a su vez: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?" 

Jesús acostumbraba a hablar de la vida eterna a todos los que venían a El, por eso el doctor de la ley se sirvió de sus propias palabras, entonces lo tienta con astucia, porque no oye otra cosa que lo que Moisés había enseñado. Este doctor de la ley, era uno de aquellos que creían conocer la ley, y que saben de ella por la letra, pero que ignoran el espíritu, tal como lo que el texto mismo de la ley les prueba y que la ignoran, ley que les anunció desde el principio al Padre, al Hijo y el misterio de la encarnación del Señor.

Este doctor de la ley le respondió: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo".

Cuando decimos con todo corazón, es con todo lo nuestro, sin reservas, con todo tipo de sacrificios, con todo lo que nos hace vivir, cuando decimos con toda el alma, es con toda la sensibilidad del amor divino, y cuando dice con todas tus fuerzas es ardientemente y no con tibieza, y añadimos para que no falte nada, con todo nuestro entendimiento, con toda nuestra mente, con la inteligencia y la reflexión

Pero el amor divino no se aprende. En efecto, no aprendemos de otro a amar la vida, ni amar a nuestros padres, ni a nuestros amigos, ni mucho menos podemos aprender las reglas del amor divino. 

Hay en nosotros cierto sentimiento íntimo que nos inclina a amar a Dios. Todo el que obedece este sentimiento y practica la doctrina de los divinos preceptos y llega a la perfección de la divina gracia. Así entonces, amamos naturalmente el bien; amamos también a nuestros prójimos y parientes, y además damos espontáneamente a los hombres de bien, todo nuestro afecto. 

Así es, como Dios es bueno, y todos deseamos lo bueno, lo que se perfecciona por nuestra voluntad reside naturalmente en nosotros. A El, aunque no le conozcamos por su bondad, pero porque procedemos de El, tenemos obligación de amarle sobre todo, este es nuestro principio. Es también mayor bien de todos los que se aman naturalmente. El primero y principal mandamiento es, por consiguiente, el del amor a Dios. El segundo, que completa al primero y es completado por El, nos manda amar al prójimo. Por eso decimos "Y a tu prójimo como a ti mismo". Recibimos de Dios las fuerzas necesarias para cumplir este precepto. Nada hay tan conforme con nuestra naturaleza como el comunicarse con los demás, favorecerse mutuamente y amar a los parientes y amigos.

"Has respondido exactamente, le dijo Jesús; obra así y alcanzarás la vida". 

Como si le dijera conoces bien lo que debes hacer para salvarte, pero nos basta con conocerlo en teoría para llegar a tu salvación, es preciso vivir lo que se conoce para llegar a la salvación.

Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta: "¿Y quién es mi prójimo?" 

Jesús, nos pone una bellísima parábola, para darnos ese precepto de amar a nuestro prójimo, la del buen Samaritano

Para mejor entender esta parábola, comentamos previamente que las relaciones de los judíos con lo samaritanos no era buena ni cordial, existían antiguos odios entre ellos, de tiempos muy remotos. Sucedió que cuando los judíos regresaban del destierro de Babilonia, estos no aceptaron la ayuda de los samaritanos, cuando se dispusieron a la reconstrucción del Templo de Jerusalén, porque lo consideraban algo idólatras, entonces se creo la división, a tal punto que cuando viajaban a Galilea, donde era necesario pasar por Samaria, evitaban todo contacto con ellos.

Así es como, Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió: "Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones, que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: "Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver". ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?" "El que tuvo compasión de él", le respondió el doctor. Y Jesús le dijo: "Ve, y procede tú de la misma manera".

Jesús, mostrándonos al samaritano que se inclina el pobre judío, herido y abandonado a la orilla del camino y cuidándolo como hermano, nos enseña quien es nuestro prójimo, que no son solo nuestros parientes, ni nuestro amigos, sino que todo hombre, sin pensar en su nacionalidad, raza, color, etnia, condición económica o social, por tanto nuestra caridad es con todo los hijos de Dios, esto es sin ninguna exclusión.


Por comprender todo esto, Gracias Seño