Reflexión Bíblica
“Pues ahora sabrán que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder para perdonar los pecados” Lc 5, 17-26 

Autor: Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

 

 

Al comenzar el evangelio dice: Un día, mientras Jesús enseñaba, estaban allí sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea, de la región de Judea y de Jerusalén. En efecto, tal como dice este fragmento del Evangelio, durante las enseñanzas que daba Jesús, siempre participaban como testigos de estas, los escribas y los fariseos, de este modo sabemos que además eran testigos de los milagros de Cristo.

El fariseo tenía inclinaciones naturales a la soberbia y a la envidia. ¿Y que es la envidia?. Si sentimos tristeza, dolor o pesar por el bien ajeno o si tenemos el deseo de algo que no se posee o sentimos rencor o tristeza por la buena fortuna de alguien, junto con el deseo desordenado de poseerla, estamos frente a uno de los siete pecados capitales, “La Envidia”

La envidia, al igual que el amor, es un sentimiento que ha acompañado al hombre desde el principio de sus días. Desde el mismo momento en que la serpiente envidiosa hizo que Eva mordiera el fruto del árbol prohibido, el hombre ha sido envidioso y envidiado. Algunos definen la envidia como el sentimiento de pesar, de ira o de codicia, por el bien ajeno, que lleva al envidioso a sentir gran cantidad de emociones negativas por la persona envidiada. Otros la definen como una especie de ira pasiva. 

Friederich Nietzsche, en su libro "La Genealogía de la Moral", define la envidia como el instinto de la crueldad que revierte hacia atrás cuando ya no puede seguir desahogándose hacia afuera. Con ella el alma humana se ha vuelto profunda y malvada, es la fuente de la nueva valoración: el resentimiento, que se vuelve creador del odio reprimido y la venganza, del débil e impotente. 

Como cristianos y discípulos de Jesús, tenemos la obligación de no callar la verdad, desechar la mentira y hacer ver a nuestro prójimo los engaños. Jesús, nunca dejo de hablar contra la hipocresía y en sus enseñanzas nos pide desterrarla de nuestros corazones.

Dice Miguel de Unamuno: “La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.”

Como nos enseño en otra parábola nuestro Maestro Jesús, a muchos les gusta ocupar los primeros puesto y sentirse más que los de atrás, pero mayor falta tiene aquel que se siente envidioso por no estar delante. Siendo los fariseos príncipes de la envidia, nada bueno meditaban mientras el Señor predicaba, sin embargo ellos estaban muy atentos a las palabras de Jesús, pero la hacían para observar que comentarios del Señor no se ajustaban a la Ley, para así condenarlo. Jesús sabía que era menospreciado por esta clase de doctores de la ley. Así es como ahora tiene nuevamente la oportunidad de hacerles ver en su presencia algo tan extraordinario como hacer un milagro y sanar a un enfermo.

Dice además el Evangelio: “Y el poder del Señor lo impulsaba a sanar enfermos”. Jesús sana porque es Dios, para esto tiene autoridad propia. Del mismo modo, Jesús perdona, porque en el abunda la gracia divina. Es decir Jesús tiene poder para curar todos los males. 

Relata el Evangelio: “En esto, aparecieron unos hombres que traían en una camilla a un paralítico y buscaban cómo presentárselo a Jesús”. Es así, como un grupo de hombre con una fe admirable y a como de lugar, llevan a la presencia del Señor un enfermo paralítico. Ellos no habiendo podido entrar con el enfermo por la puerta, inventaron una forma para hacerlo desde el techo.

Al ver la fe de estos hombres, Jesús de acerca al enfermo y le dice: “Hombre, tus pecados te son perdonados”. Jesús hace esto, para que sepamos que nos enfermamos como consecuencia de nuestras faltas, y nos sanamos cuando el Señor nos perdona.

Todo pensamiento, todo dicho, obras y situaciones que omitimos en contra de los preceptos de Dios, son nuestros pecados. Es bueno tener conciencia de que los actos y comportamientos lamentables que se apartan de lo recto y justo son pecados. Para nuestra fe, la confesión y el arrepentimiento en conciencia nos permite salir de esto. No arrepentirse es una desacertada acción, y las consecuencias para la paz del corazón son negativas.

Este fragmento del evangelio, también no enseña, el mérito que tienen otras personas que por su fe, nos acercan al Señor. Esto es muy válido, para todo nosotros, por tanto ayudemos a los que están enfermos del alma a ponerse en la presencia de Dios, para que les llegue la misericordia. Cuando nuestra alma esta enferma, es fuente de muchos males, tales como la soberbia, la envidia, la ira desmedida, si no nos curamos de estos, tampoco se curan los del cuerpo.

Los escribas y los fariseos comenzaron a preguntarse: “¿Quién es éste que blasfema? Para estos hombres, el que blasfemaba contra Dios, era merecedor de la pena de muerte. Sin embargo reconocen cuando dicen ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios?”, pero aquí quedan al descubierto que no creen en Jesús como Dios y no aceptan que El pueda perdonar. Los escribas y fariseos quedan sorprendidos como el Señor conoce lo que ellos tratan en secreto. Es así como Jesús les dice; “¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué es más fácil decir: «Tus pecados están perdonados», o «Levántate y camina»?

Entonces Jesús, demuestra que es Dios, porque puede perdonar los pecados como Dios, pues cuanto más noble y sana es el alma que el cuerpo, en mejor disposición se esta para curarse de cualquier mal. Y para que todos sepan que el Hijo del hombre tiene sobre la tierra el poder de perdonar los pecados, le dice al paralítico que se levántate, que tome su camilla y vuelva a su casa”.

También nos enseña Jesús, que El perdona nuestras faltas aquí en nuestra vida diaria, es decir en la tierra. También nos destaca que la curación es inmediata, y así nos lo hace saber el Evangelio cuando nos dice; “Inmediatamente se levantó a la vista de todos, tomó su camilla y se fue a su casa alabando a Dios.”

Hermosas y esperanzadoras enseñanzas nos deje este fragmento del Evangelio, el poder de Jesús se manifiesta curándonos nuestros males espirituales, y así nos llega la curación de otras enfermedades. Para esto solo debemos acudir a El, con espíritu de fe y humildad. 

El señor Jesús se conmueve y cura los enfermos, les devuelve la salud integral y les perdona sus pecados. Cuando Jesús perdona los pecados del alma, desaparece la debilidad del cuerpo.

El Señor no hace las cosas a medias, la bondad de Jesús es total y nos hacer ver que sentirse libre de los pecados, nos hace vivir con un corazón sano y limpio, sin soberbia y sin envidia, estos nos trae gran satisfacción e incomparable gozo, y un corazón alegre, no da un vida saludable.

Por comprender esto, Gracias Señor

¡Oh Señor, todo lo que nos enseñas, es maravilloso