Domingo III de Adviento, Ciclo C

Dos llamadas

Autor: Padre Pablo Largo Domínguez

 

 

Dos llamadas no son muchas. Las podemos retener. Pero cuando nos llaman desde pun­tos opuestos, quizá nos quedamos paralizados. ¿A dónde acudo? –nos preguntamos-.Y algo así parece, al menos a primera vista, que sucede con las invitaciones que se nos hacen hoy. De una parte, se nos repite con insistencia la invitación a la alegría; pero de la otra se nos presentan drás­ticas exigencias de conversión. Da la impresión de que la invitación y las exigencias no casan.

Puede que no sea del todo correcta esta primera impresión. Si a una familia se le anuncia una visita deseada, y hasta anhelada, la reacción puede muy bien ser ésta: primero, de júbilo; segundo, de ponerse a preparar la casa para la acogida: se limpian las habitaciones, en especial la del hués­ped, se quita el polvo de los muebles, y quizá se coloca algún motivo que engalane la casa. El solo anuncio de la venida despierta en nosotros el contento y nos pone en danza para dejar la vivienda en condiciones y hacer un recibimiento del huésped como se merece. Acaso no estén, pues, tan separadas las llamadas recibidas: por un lado, “estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres [...] El Señor está cerca” (Flp), “alégrate y gózate de todo corazón, Jerusa­lén... El Señor se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta”; por otro lado, “convertíos”, cosa que no significa “haced largos ayunos de caras largas”.

Para sentir placer, por ejemplo, en la comida, bastan dos cosas: poseer un buen paladar y tener delante unas viandas apetitosas y un vino excelente. Incluso hay personas que sienten pla­cer en hacer daño a otros (los sádicos), o en hacerse daño a sí mismos, o en rumiar las propias desgracias y compadecerse de sí mismos (los masoquistas). Pero experimentar el placer no es lo mismo que conocer la alegría. Esta es de otro orden. En las palabras de Juan Bautista hallamos indi­caciones muy concretas sobre los falsos caminos y el verdadero camino de la alegría. Una es que hay fronteras que no debemos traspasar nunca. Ante nosotros se alza una barrera moral y se pronuncia un no inequívoco. No está permitido ir por la vida atropellando a la gente, ni abusar de nadie, y menos aún de los más débiles, sea con la fuerza, sea con la astucia. Hay que tener muy claro qué no podemos permitirnos hacer. Si no somos justos en nuestro trato con las otras perso­nas, especialmente aque­llas de las que fácilmente podemos abusar, si no somos justos en nues­tras palabras, es muy improbable que conozcamos la alegría: ella no frecuenta esos caminos.

Otra indicación del Bautista: no consumamos algo tan precioso como nuestra vida en cosas que no valen la pena, ni tienen peso; no vivamos en la superficialidad, ni entregados de lleno a atender a lo que se ha llamado “necesidades pobres”. Pensemos en una señora que se pasa todo el santo día en arreglarse ante el espejo, hojear revistas de moda, visitar tiendas, jugar al julepe, leer novelas rosa y contemplar programas banales de televisión; o en un señor que se entretiene un día sí y otro también enganchado a los canales televisivos que sólo trasmiten de­portes (partidos de fútbol, de baloncesto, de tenis, y así sucesivamente) y corridas de toros, y curioseando páginas de Internet; o en alguien siempre pendiente de su imagen, de cuidar las apa­riencias y perseguir sueños y quimeras.

Pero hay un camino que se abre ante nosotros y por el que marchan los convertidos. Una ruta que genera alegría. Es la del servicio, como la que eligió Jesús; la de compartir los bienes de que disponemos; la de la santidad, de la que se dice: “la santidad es camino / que va de mí hacia mi hermano”. Incluso las personas jubiladas pueden recorrer este camino, esta otra ruta del colesterol. Ya decía Jesús: “hay más alegría en dar que en recibir”.  Si sólo nos preocupamos por acaparar bienes nosotros, pero no los compartimos, tampoco es fácil que nos visite la alegría.

Así que las dos llamadas que se nos hacen hoy, lejos de oponerse, van juntas.  Alegría y conversión van de la mano. No te pegues a lo malo, lo injusto, el abuso, las trampas. Límpiate de lo que no es más que polvo y paja en tu vida. Déjate bautizar por el Espíritu Santo, cuyo fruto es la alegría.