Domingo II de Adviento, Ciclo C

¡Ven, Señor Jesús!

Autor: Padre Pablo Largo Domínguez

 

 

Con mucha frecuencia, en las misas, y concretamente en la plegaria eucarís­tica, después del relato de la institución, solemos hacer esta aclamación:

Anunciamos tu muerte,

proclamamos tu resurrección.

(Ven, Señor Jesús!

Si lo hacemos en las eucaristías, razón de más para hacerlo en este tiempo de adviento en que proyectamos nuestra mirada adelante y abrimos nuestra esperanza a este Día del Señor. Sí, ya sabemos que cada domingo (dies dominica) es un día del Señor, y hacia él, como hacia un día de descanso, de gozo, de encuentro y de alegría alzamos nuestra mirada a lo largo de la semana. Pero sabemos que, mientras vivimos en el tiempo, también los domingos nos puede visitar el trabajo, la tristeza, la separación. Es que el Día del Señor, en el sentido fuerte del término, es el día de su venida en gloria. En cada eucaris­tía, la Iglesia, aun sabiendo de la presencia oculta del Señor entre nosotros, suplica por la venida de ese día, que será la plenitud y la era definitiva de ese descanso, del gozo, del encuentro. Entonces no sólo nos quitaremos el vestido de luto (poco importa que en nuestras sociedades ya casi se hayan desvanecido los signos de luto, si estamos revestidos de él por dentro); no sólo nos quitaremos ese vestido, como quien lo guarda hasta la siguiente ocasión. Ya no habrá más ocasiones, y por tanto nos deshare­mos de él de una vez por todas. Y la visita del gozo y la alegría no serán pasajeras, y el encuentro no tendrá momento de despedida, porque el encuentro con el Señor será para siempre.

En una palabra: el adviento viene a poner un fuerte subrayado sobre esa súplica que hacemos en la misa: “(Ven, Señor Jesús!” Así esa súplica no se volverá cada vez más borrosa, más callada, hasta caer en el silencio. Lo mismo que hemos de avivar la memoria de la resurrección de Jesús, hemos de reafirmar también nuestra espera de su venida. Sin estos puntos firmes de referencia se nos va desdibujando nuestra identidad cristiana, y acabamos totalmente desorientados, no sabiendo ni de dónde venimos ni a dónde vamos.

Y, entre tanto, en este tiempo de memoria y de espera, ¿qué más hacer? Primero, borrar de nuestro vocabulario la palabra “mala tristeza”. Vayamos despojándonos ya de ella si al final queremos despojarnos del todo de nuestros vestidos de luto. Segundo, colabo­rar en la obra del evangelio, como el apóstol Pablo nos lo ha señalado con claridad: que también haya otras personas que se sepan habitadas por esa memoria y por esa espera que nos habitan a nosotros. Así no sentirán la vida como un instante fugaz demasiado poblado de penas (“(tanto penar para morirse uno!” –que decía el poeta–), como una sombra que se desvane­ce, como una agitación momentánea que se apaga lenta o aceleradamen­te, sino como un don primero, como una promesa de algo más grande. Y tercero, nuestra comunidad ha de crecer en penetración y en sensibi­lidad para todo, no ha de ser indiferente ante lo que degrada la vida y la hace irrespirable (la violencia, el juego sucio, la corrupción, el egoísmo sutil o descarado).

Entonces no seremos un paraje intransitable, sino un lugar al que el Señor puede acercarse con gozo. Entonces viviremos un verdadero adviento.