Domingo I de Adviento, Ciclo C

Nada te turbe

Autor: Padre Pablo Largo Domínguez

 

 

El domingo pasado cerrábamos prácticamente el año litúrgico. Hoy estrenamos uno nuevo. Sabéis bien que no se divide por estaciones de tres meses exactos. Nosotros, como cristianos, no hablamos de estaciones, sino de tiempos: tiempo de adviento, tiempo de Navidad, tiempo ordinario, tiempo de Cuaresma, tiempo pascual, vuelta al tiempo ordinario. Esos son los jalones del año litúrgico. La duración es bastante desigual. El Adviento dura entre tres y cuatro semanas del calendario civil; Navidad, menos aún; el tiempo de Pascua, casi dos meses. El más largo es el tiempo ordinario, con treinta y cuatro semanas.

Recordemos otra cosa ya sabida: el tiempo de adviento, que es el que inauguramos ahora, viene a ser una reproducción, a pequeña escala, del tiempo de las promesas de Dios y el tiempo de expectación de su pueblo, el Israel de la Antigua Alianza. Para nosotros, no obstante, el Adviento tiene un color nuevo. Porque la promesa de Dios ha alcanzado un cumplimiento en Jesús: en la presencia y manifestación, palabra y actuación, vida y Pascua del Señor. Y sin embargo, si miramos en derredor nuestro, las cosas no parecen como para echar las campanas al vuelo: nuestro mundo no ha dejado de ser un lugar de turbulencias; se sigue dando en él, y en proporción nada pequeña, algo de esos desórdenes y conmociones a que alude Jesús y escenas de espanto que alcanza a poblaciones enteras: casi cada día las podemos contemplar en la pantalla del televisor o en las páginas de la prensa. Si miramos en nosotros mismos, podemos sentirnos sometidos a dos poderes distintos: mecidos en la indolencia, o agitados por los agobios de la vida; endiosados por el éxito, o anegados por el fracaso; entregados a una alegría loca, o abatidos por la mala tristeza. ¿Cómo podrían ser las emociones de un creyente? ¿Pueden ser evangelizadas y educadas por la palabra de Dios? La fe en Cristo y la comunión con él, ¿alcanzan esas zonas de nuestro mundo interior? ¿Pueden acallar y encauzar las turbulencias que se producen en ellas?

Me viene a la memoria una declaración de San Ignacio de Loyola. Comentaba él: “Si un día me dijeran que el Papa ha suprimido la Compañía , creo que un cuarto de hora me bastaría para recuperar la serenidad de espíritu”. Conocemos también unos versos de Teresa de Jesús: “Nada te turbe / nada te espante. Todo se pasa. / Dios no se muda. / La paciencia / todo lo alcanza. / Quien a Dios tiene / nada le falta. Sólo Dios basta”. Son, en cierto modo, ecos de la palabra de Jesús: “cuando empiece a suceder todo esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación”. En las vidas de esos santos, y en tantas vidas más, se producen apocalipsis personales: a Ignacio de Loyola se le habría derrumbado su mundo. Y él, como todos nosotros, era un hombre sensible. Pero tenía los pies asentados en una roca que le permitía mantenerse erguido. Si me permitís una comparación, era como esos muñecos a los que se golpea con fuerza, pero que tienen todo el peso en una base esférica y, tras oscilar unos momentos, en seguida se vuelven a poner erguidos.

Sí, nuestras emociones pueden ser evangelizadas. Pero sólo si nos abrimos a una intensa relación personal con el Señor, si escuchamos diariamente o con asiduidad su Palabra, que va dirigida a todas las dimensiones de nuestra persona, si afianzamos cada vez más nuestra fe en él, si ponemos nuestra confianza en su amor fiel, si descargamos en él nuestro agobio y nos decimos como Teresa: “Nada te turbe / nada te espante…”. No hemos de capitular ante nuestros miedos, hemos de ir aprendiendo o continuar aprendiendo a enfriar ciertas pasiones y a mantener esa distancia ante las cosas que impide que entremos en los remolinos, o que permite salir con más rapidez de las turbulencias.


Dejémonos alcanzar por las buenas emociones. Y procuremos templar y moderar esas otras que nos quieren sumir en su pequeña o no tan pequeña vorágine.