Conductas

Actuar

Autor: Padre Pablo Largo Dominguez

           

Con esta colaboración comenzamos una serie que titulamos “Conductas”. En ella presentamos una serie de comportamientos humanos. A veces los describimos, o también los valoramos, o damos cabida a consejos sensatos que nos llegan del pasado o de alguna voz presente. Empezamos con un comportamiento en el que cabe infinidad de variaciones. Momento llegará en que examinemos conductas más específicas.  

“Las voluntades débiles se traducen en discursos; las voluntades fuertes, en acción”. Así de drástica es la sentencia de un escritor. Y eso nos recuerda los tanteos de Fausto en su empeño por traducir de la forma más certera la primera frase del cuarto evangelio: “En el principio era el Lógos”. La primera versión es la común: entiende Lógos como Palabra; sucesivamente varía: “pensamiento”, “fuerza”. Y al cuarto intento, en la cuarta búsqueda, le llega la iluminación y da con la expresión adecuada: “En el principio era la acción”.

Sin duda: hablar es ya una actividad. Y, como dice en su subtítulo un estudio sobre el lenguaje, “con las palabras hacemos cosas”. El juez que pronuncia: “yo os declaro marido y mujer” ha sellado una alianza entre dos personas, en cuya virtud se crea una nueva institución de la que derivan derechos y deberes mutuos socialmente reconocidos y tutelados. El presbítero que, a la vez que vierte agua sobre la cabeza de una persona, dice la fórmula “yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” incorpora a esa persona a la comunidad eclesial, lo que será también fuente de derechos y deberes para la comunidad y para la persona bautizada; lo mismo se puede decir del sacramento de la reconciliación, con su readmisión plena al cuerpo y alma de la Iglesia, o de la promulgación de un dogma por el Concilio Ecuménico o por el sucesor de Pedro. En toda sociedad tienen determinadas palabras una función constitutiva, y eso significa que son verdaderas acciones que surten unos efectos institucionales.

Pero no es eso lo que nos interesa destacar en este momento. Es más bien la distancia que hay el decir y el hacer. Hay no pocos refranes que lo señalan: “del dicho al hecho hay mucho trecho”; “obras son amores y no buenas razones”. Cuando nos preguntamos qué procede hacer en una concreta circunstancia, tratamos de idear las líneas de conducta o acción apropiadas y, una vez elegida la que consideramos más procedente, queda el momento final de la acción. Si ésta no se lleva a cabo, todas las diligencias previas se frustran. Los ratones pueden atinar en la solución que los libraría de las garras del felino: ponerle un cascabel. Pero ahí está el problema: ¿quién le pone el cascabel al gato? No se nos tiene que ir toda la fuerza por la boca, porque todo eso son parole, parole, parole, como se decía en una canción italiana. La acción culmina todo el proceso deliberativo y la decisión en que éste desemboca. En Dios querer es hacer; pero en nosotros no: querer no es poder, ni querer es hacer. Hemos de medirnos con las cosas en el trabajo por cumplir nuestros planes. Todo ha de tener su tiempo: su tiempo el deliberar, su tiempo el decidir, su tiempo el hacer. Y todo ha de tener su tempo: bouleúou mèn bradéos, epitélei de takhéos, dice el refrán griego, lo que, traducido, suena así: “delibera despacio y ejecuta con rapidez”. Algo semejante proponía el historiador Salustio en La Conjuración de Catilina.

De buenas intenciones está empedrado el infierno. Cuando llegue aquel día recordará el Juez: a los míos pertenecen «no los que dicen “Señor, Señor”, sino los que cumplen la voluntad de mi Padre que está en los cielos». Y en ese mismo atardecer nos examinarán del amor. Pero, ¡atención!, entendamos bien lo que se quiere decir con la palabra “amor”. Escribe un escriturista: «El Nuevo Testamento ve justamente el agape como el centro y la plenitud de todos los mandamientos. No obstante, este agape no es en primera instancia un sentimiento noble, sino un actuar que presta ayuda, en total consonancia con Éx 23,4-5: “Si encuentras al buey de tu enemigo o su asno perdido, llévaselo. Si ves el asno del que te odia caído bajo el peso de su carga, no le abandones, ayúdalo a levantarlo”» (G. Lohfink, ¿Necesita Dios la Iglesia?, Madrid, Paulinas, 1999, 115). En conclusión: ni sólo buenas palabras, ni sólo buenas intenciones, ni sólo buenos sentimientos, sino buen actuar, bien obrar.

Tiene pleno sentido el reparto del trabajo: unos se dedican más a pensar (pensar es también una forma de trabajo, como decía Unamuno; es lo que llamamos trabajo intelectual), otros a realizar. Entre unos y otros, según las propias capacidades, aptitudes y preparación, podrán llevar a cabo corporativamente proyectos complejos. Cada cual tiene su responsabilidad y, si se asume y se es fiel a ella, la obra saldrá adelante y alcanzará un grado de realización más o menos satisfactorio. Lo que no sirve es decir: “que alguien piense”, “que alguien haga”, “delibérese”, “hágase”. No sirven ni una razón perezosa ni unos brazos cruzados, ni azotar el aire con palabras. Éstas tendrán autoridad cuando quien las pronuncia pone la acción que le corresponde.

En determinadas empresas, el resultado es incierto, pero sólo puede haber buen resultado si se ponen todo el empeño y el trabajo necesarios por ejecutarlas hasta el fin. Porque ésa es otra: principio quieren las cosas, pero también remate; de lo contrario se nos dirá: coepit aedificare et non potuit consummare: “comenzó a construir y no pudo rematar”. El cansancio, el hastío y la inconstancia hacen que naufraguen no pocos planes. Hay que perseverar hasta el fin, pues, si no, se frustrará en una medida u otra el proyecto: las cosas quedarán a medio hacer, o de todos modos inacabadas. Pueden tener su belleza y hasta su grandiosidad, como una sinfonía inacabada, o la Dogmática de K. Barth, también inconclusa: ha sobrevenido la muerte, hemos preferido dejar nuestro discurso sin cerrar, porque la palabra humana no puede agotar jamás el misterio y hasta es un gesto de humildad y de veneración no poner fin a un empeño llevado con tesón enorme y casi a cabo durante años y años. A veces es ya hora de guardar silencio. Puede, pues, tener su justificación dejar inconclusa una obra. Incluso sucederá que fallemos en la consecución del objetivo que nos habíamos fijado, pero nos hemos afanado y ha habido no pocos desvelos por nuestra parte. No se nos puede pedir más a nosotros, que somos “siervos inútiles”: necessario è vincere, più necessario combattere: “es necesario vencer, y más necesario combatir” –afirmaban con cierta retórica algunos lejanos fascistas–. Y acaso se puedan acumular más restricciones y excepciones a la norma de que hay que rematar lo que se comienza, pero no será reserva válida la que nace de la desidia o del miedo al fracaso.

Que nuestras voluntades sean fuertes y se traduzcan en la acción apropiada. Y ahora diremos como en el rodaje de una película: “Acción”.