Serie: Los rebeldes de Santo Domingo

Fray Antón de Montesinos

Autor: Adolfo Carreto

          

  1. LA LLEGADA DEL BERGANTÍN

 

           -    Los teólogos de Salamanca nos dan la razón.

-         ¡Enseñan en sus cátedras que los indios tienen alma!.

-         Igual que los blancos.

-         Lo mismo que los españoles.

 

     Los pasillos del convento de Santo Domingo, en la Dominica, respiraban aires de triunfo teológico. Había llegado una carabela, un bergantín, un barco patrocinado con los fondos del tesoro real, y había traído noticias para todos. Para los guerreros, noticias de armas, noticias de nuevos arcabuces, nuevas lanzas templadas en las fraguas de Toledo, nuevos arsenales de cartuchos y hasta nuevos pertrechos para montar caballo. Para los gentilhombres, noticias de palacio. Para los religiosos del convento de Santo Domingo, las naos habían traído algunos manuscritos de los Superiores generales, algunos nombramientos confirmados y algunas noticias teológicas; entre ellas, ésta: El Padre Francisco de Vitoria y el Padre Soto enseñan en sus cátedras de San Esteban de Salamanca, y en la Universidad de los reyes católicos, que los indios tienen alma.

-         Igual que los blancos.

-         Igual que los españoles.

     Por los corredores del convento se infiltró teología castellana revolucionaria.

 

  1. EN LA BAHÍA

 

     En la bahía, el bergantín cimbreaba su casco ahora caliente. Dentro, algunos marineros esperaban ver por vez primera la tierra de la que se contaba, manaba oro puro y piedras preciosas. Algunos no habían resistido la travesía y fueron enterrados en las saladas aguas del océano, junto con sus frustradas ilusiones de riqueza. Otros lograron vencer a las fiebres y ahora esperaban una pronta recuperación para hacerse a la tierra tropical y poder escarbar en ella el tesoro apetecido.

     Habían contemplado ya a los cocoteros desde el puente del barco. Habían visto palmeras escoltando a las playas. Pero no habían presenciado el fulgor del oro. Habían visto nativas desnudas, pero no ajorcas en sus narices, ni brazaletes en sus muñecas, ni pendientes macizos en sus orejas. Sí las habían visto tocarse con collares floreados y silvestres, pero ellos no venían en busca de flores ni siquiera de mujeres desnudas. Unas y otras, mujeres y flores, con facilidad o picardía, podían conseguirse en los puertos del Atlántico, hasta en los interiores secos de la península. Pero lo que allá no se conseguía era oro: ni labrado ni macizo.

     Cuando los marineros arriaron velas, un mundo de luz les entro de plano. Cuando izaron las miradas, contemplaron gaviotas recortadas al sol, saludándolos. Cuando oyeron campanas, se acordaron de sus pueblos de España, y un pequeño vuelco les propino el corazón.

     El bergantín trastabilló pese a sus amarras. Ninguno de los marineros de a bordo pensó que era a causa de sus malos pensamientos.

 

  1. LATIGAZO A LATIGAZO

 

     Veintiséis braceros tienen que hacer frente a toda la plantación. Han escarbado la tierra con sus manos para hacer los huecos por donde va a pasar la acequia. Han derribado árboles para plantar las empalizadas. Han arrancado bejucos para desbrozar terreno. Han amasado tierra y paja para recubrir paredes. Han traído desde el riachuelo alradas de agua para que abrevaran los animales. Han sembrado café. Han rebanado cortezas resinosas con los dientes. Han amontonado y desamontonado frutos, frutas y cereales. Los han acarreado a lomos, hasta los almacenes de la plantación. Han caminado kilómetros con troncos cortados en la arboleda.

     Veintiséis braceros indios tienen que hacer frente a toda la plantación. Fueron reclutados de entre la selva, a fuer5za de emboscada. A veces les caían de noche, los amarraban y los desprendían de sus familias. A veces la familia entera era transplantada: de la selva a la plantación. Dependían del humor y de la conciencia del hacendado.

-         ¡Que se alimenten solamente con lo justo para que puedan trabajar lo injusto! –había ordenado el hacendado. Ya se había convertido en lema: comer lo justo para trabajar lo injusto.

     Como al principio no sabían la lengua de los amos y de los capataces, tenían que acatar las órdenes de los mayordomos con el lenguaje que el látigo iba escribiendo sobre sus espaldas. Como no tenían muchas ropas para desvestirse, pensaron que desvestirse de la propia lengua era lo propio, y se vistieron con la lengua nueva.

-         Al menos podrá ahorrarnos algunos latigazos.

     Aprendieron castellano, pero no les ahorró de muchos golpes. El látigo continuó siendo el lenguaje impuesto. Sus espaldas aprendieron el tono de las palabras groseras de la nueva lengua.

     Algún capataz, recordando sus malos tiempos, penados en los feudos de Andalucía o en las dehesas castellanas, se atormentaban:

-         No le des tan duro, que las diña.

-         A los animales no les duele –contestaba el capataz.

-         Puede que el amo se ofenda si le dejamos sin un indio fuerte para el trabajo.

-         No hay indio fuerte. El indio es flojo: el más flojo de los animales.

-         ¿Crees que los indios son animales? –preguntaba el remordimiento.

-         La Iglesia enseña que no tienen alma, y si no tienen alma, pues animales son.

     Propinó un latigazo al indio para corroborar su adhesión a las enseñanzas de la Iglesia.

-         Los frailes del convento de Santo Domingo no piensan –dijo, y unió su gruesa carcajada a los vaivenes del látigo que estrellaba, unas veces en el aire, otras en los cueros de los indios.

 

  1. PRIMERA REUNIÓN

 

     Se reunieron en la Sala capitular. El padre Prior, Fray Pedro de Córdoba, entonó las oraciones de rigor antes de que los religiosos se sentaran sobre los bancos de madera y se calaran sus capuchas. Un enorme crucifijo, tallado en Valladolid, presidía la cabecera. Había llegado hasta allí envuelto en mantas tejidas en Palencia y había sido enviado como regalo por los hermanos del convento de San Gregorio.

     El padre Prior dijo:

-         Fray Montesinos, lea el Evangelio del próximo domingo.

     Fray Montesinos se quitó la capucha, besó el escapulario, se dirigió al atril, buscó los versículos en la Biblia y leyó:

-         “Vos que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor, rectificad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios”.

     El año anterior los hacendados habían saboreado la miel de estos versículos. Y habían comentado que qué sabio es el Evangelio porque les marcaba las pautas a seguir en esta tierra nueva y virgen. Ellos hacían preparar los caminos, ellos rectificaban las sendas, ellos rellenaban los barrancos, ellos enderezaban las corrientes de aguas bruscas hasta encauzarlas camino de las haciendas, para los regadíos, ellos habían aplanado montículos, y ya había menos tortuosos senderos, ya los caminos carecían de tantas asperezas, ya Dios podría avanzar, en procesión, por toda la Dominica.

-         Cuanto más hagamos trabajar a los indios, antes se cumplirán las palabras de la profecía –había dicho después de la misa, todavía a la puerta de la Iglesia del convento de Santo Domingo.

-         Dios nos entregó a los indios para su santa gloria –había dicho.

-         Si Dios hubiese dado alma a los indios, nunca podrían cumplirse las palabras del Libro Santo –aseguraban.

     Los frailes del convento de Santo Domingo recordaban lo que los hacendados habían dicho el año pasado. El padre Prior dijo:

-         Preparemos la homilía.

     Fray Antón de Montesinos cerró la Biblia, besó nuevamente el escapulario blanco, se inclinó ante el crucifijo y se acomodó en su asiento. Los frailes guardaron momentos de meditación antes de interpretar la lectura del Libro Santo. El padre Prior dio unos golpecitos con los nudillos de la mano derecha sobre la tabla de su reclinatorio. Dijo:

-         Quiero que el domingo próximo hagamos una homilía comunitaria. Se predicará en la misa lo que hoy preparemos aquí. Y uno de nosotros, el mejor, el más locuaz, el de mejor timbre en la voz, predicará por todos. Su voz será nuestra voz y lo que él diga será lo que ahora, entre todos, acordemos.

     Dos frailes se dieron un codazo de simpatía y sonrieron.

 

  1. FIESTA EN PALACIO

 

     Hubo fiesta en palacio aquella noche. Se prendieron las antorchas y se encendieron los faroles niquelados. Se colocaron por los corredores potes con esencias e inciensos.

     Fueron invitadas las autoridades de la Colonia, el Almirante del bergantín, los funcionarios reales, los encargados, por orden de la corona, de interpretar las leyes, los pintores del gobierno, los escribanos y chupatintas, los hacendados y comerciantes, los capitanes de la guarnición y otros militares de rango, los maestros y letrados, los titulados, los bachilleres... Todos con sus respectivas damas.

     Un pintor comentó con un poeta, antes de la recepción, que él carecía de dama que le diera el brazo porque se había enamorado de una india y deseaba hacer trámites ante los juristas para que se la aceptaran como esposa. Ya la había aceptado en sus lienzos, y las críticas le habían llegado desde palacio:

-         ¡Cómo es posible que exalte a las nativas de esa forma!.

-         Ni de la esposa del gobernador ha realizado un retrato tan perfecto.

-         Ni de nuestra Señora, la Virgen.

-         La india le ha volado la cabeza.

-         Pero los juristas no cederán ante su solicitud porque casarse con india es casarse con un animal. Los juristas no pueden contradecir los dogmas de la Iglesia.

-         Terminará en galeras si continúa en su empeño.

     El pintor había colocado a la india primero el pincel y luego el corazón. Le dijo al poeta:

-         Iré con la india a palacio.

     El poeta  improvisó una estrofa de mal gusto y el pintor desenvainó la espada, pero la sangre no llegó ni a la hoja del acero ya que un lacayo del gobernador les dijo que antes de ir a mayores tenían que respetar la intención de su señor.

-         Esta noche es la cena –dijo el lacayo-. Mi señor se molestará si un hecho de sangre entre españoles de renombre perturba el festejo en honor al Almirante del bergantín.

     Envainaron el acero y se fueron a sus aposentos. El pintor pensó en su india y el poeta en unos versos de desagravio.

     El pintor acudió a la fiesta sin dama del brazo, pero con la india en el corazón.

 

  1. LOS ENCANTOS DE LAS NATIVAS

 

     Habían Sufrido meses en la travesía y tenían ansia de mujeres. Pidieron información. Les dijeron que en el barrio del Sur un español poseía un negocio de “casa de tolerancia”.

     - Hay un candil pintado de rojo en la entrada. Por el candil la conoceréis.

     El dueño del tugurio se había enterado ya de la llegada del bergantín y se esforzó reclutando a indias de cuerpos variados y de edades diferentes.

-         Cada quién tiene su gusto y lo mío es proporcionar gusto a cada quién.

     Los marineros traían pegado olor a salitre y sudor mezclados y los camastros del bergantín olían a encierro de meses y la leve brisa salada que cimbreaba al barco en la bahía no lograba colarse por entre las rendijas de la madera para airear las estancias interiores. Olía a vino en las ropas y en las barbas pobladas de los marineros. Olía a ganas de gritar y de corretear por tierra forme.

     Las calles de La Española se habían floreado con tiestos en las casas desde 1492, cuando los españoles, capitaneados por Colón, la pisaron por primera vez. Fuera de la ciudadela las cosa son habían cambiado demasiado. Los hacendados primerizos comenzaban a cercar con estacas los campos apropiados, pero los cocoteros lucían con la misma luminosidad verde sol que en 1492. Colón había mostrado a los indios una cruz y una espada, una espada y una cruz, y los indios no pusieron resistencia. Le ofrecieron presentes de la tierra y frutas de sabores calientes

-         Si los indios no pusieron resistencia, entonces, ¿por qué van a ponerla ahora las indias? –insinuó un marinero.

     Pero no fueron a buscarlas fuera de la ciudad sino que prefirieron la costumbre de la casa de tolerancia.

     Diecinueve años no habían sido suficientes para que los nativos de La Española cayeran en cuenta de esto: ellos eran los dueños de la isla. Pero diecinueve años sí fueron suficientes para que un grupo de frailes dominicos diera más credibilidad a la cruz que a la espada y quisieran desprende la cruz de la espada, llegando a la conclusión de que el poder no puede ejercerse a latigazo limpio, y de que la religión no puede enmudecer ante los desmanes de los españoles.

     Pero los hombres que habían llegado desde la otra España en este bergantín no traían en el cuerpo distinciones entre personas sino cansancio y ganas de desecharlo, y en la mente ganas de retornar a su tierra.

-         Somos marineros de profesión y nuestro sitio no está aquí. Lo nuestro es el mar, y la tierra firme sólo sirve para el disfrute entre puerto y puerto.

     El dueño de la casa de tolerancia les proporcionó indias jóvenes y frescas. Luego, en España, contarían en las tabernas de puerto los encantos de las nativas.

 

  1. LA PLANIFICACIÓN DEL SERMÓN

 

     En la Sala capitular se estaba discutiendo la estrategia del sermón:

-         Debemos aplicar estas enseñanzas del Evangelio a la situación de hoy en la Española –dijo un pastoralista.

-         >Debemos de identificar a los tetrarcas, a los Herodes, a los fariseos y a los escribas –dijo un hermano lego.

-         Debemos predicar la conversión total, el cambio radical de vida, para que el pecador reciba el perdón de Dios –dijo Fray Montesinos.

-         Tenemos que suplantar la espada por la cruz y predicar el amor misericordioso del Padre –dijo Fray Pedro de Córdoba, el prior.

-         Tenemos que lograr que la gente nos pregunte, como preguntaban al Bautista: “¿Qué debemos hacer?” –insistió Fray Montesinos.

-         Tenemos que pensar en las consecuencias, en la reacción de las autoridades, en las acusaciones que nos imputarán, en la pérdida de privilegios por parte de las autoridades civiles... Y tenemos que saber que el asunto llegará posiblemente hasta la corona.

-         Y ante nuestros superiores de España.

-         En Salamanca nos defenderán. Victoria y Soto lo enseñan en la Universidad. No les llegará de sorpresa nuestro sermón.

-         La noticia llegará rápidamente, una vez que parta el bergantín.

-         El gobernador enviará manuscritos a los reyes...

-         Y los juristas hablarán de condena...

-         Pero lo nuestro es predicar la Verdad, hiera a quien hiera, y nos cueste lo que nos cueste –sentenció el padre Prior, y todos miraron la talla del enorme cristo castellano que presidía la Sala Capitular..

 

  1. SERÁS TU, FRAY MONTESINOS

 

    Serás tú, Fray Montesinos, el encargado. Subirás al púlpito y hablarás en nuestro nombre, en nombre de Dios. Las acusaciones que te formulen serán acusaciones contra todos, porque es la comunidad de Santo Domingo la que está predicando por tu voz.

     Serás tú, Fray Montesinos, porque tienes fama de orador, porque posees verbo fácil, porque penetras con la mirada, porque tienes carisma para llegar al alma.

Serás tú, Fray Montesinos, y nosotros estaremos en la Iglesia: unos en el confesionario, esperando para dar la absolución a los arrepentidos; otros en el altar, oficiando el sacrificio; otros en el coro, entonando los latines; pero serás tú, Fray Montesinos, quien dirija la palabra, quien mira a las autoridades, quien haga de profeta.

     Fray Antonio de Montesinos estaba postrado en venia en el centro de la Sala Capitular; escuchaba la orden del padre Prior, Fray Pedro de Córdoba, como un peso enorme cayéndole encima. Los hermanos prendían su mirada del cuerpo tendido sobre las losas frías del fraile predicador. Algunos sintieron un agarrotado nudo en la garganta; otros notaron cómo se le sobresaltaba el pecho. Alguno llegó a temer: “¿No será una locura lo que intentamos hacer?”.

     Por la mente de Fray Montesinos pasaron cuerpos de indios molidos, cuerpos de indias mancilladas, caballos de la corona arrastrando a los nativos en batallas sin sentido, niños corriendo en desbandada hasta la selva, para refugiarse en las copas de los algarrobos o para diluirse entre la maleza. También visualizó los cuerpos cansados de los trabajadores en las haciendas, el sudor pegajoso por todo el cuerpo, los infantes llorando, tumbados en las laderas, mientras las madres faenaban al ritmo de los gritos de los capataces...

     La voz del padre Prior le devolvió a la Sala Capitular:

-         Póngase en pie, Fray Montesinos.

     Los frailes vieron un semblante distinto, un tanto doloroso, en el predicador. Caía sudor por su rostro. El padre Prior dijo:

-         ¿Acepta usted, Fray Antonio de Montesinos, representar a esta comunidad de Santo Domingo de La Española, en la predicación del domingo venidero?

     La voz de Fray Montesinos sonó convencida. Los hermanos sintieron un gran alivio. El padre Prior rezó:

-         Nuestro auxilio nos viene del Señor.

-         Que hizo el cielo y la tierra –respondieron los frailes a coro.

 

 

 

  1. EL BRINDIS DE DON BARTOLOMÉ

 

Diez tinajas del mejor vino de la Rioja se destaparon aquella noche en palacio. Almendras de Andalucía, naranjas de Valencia, aceitunas de Jaén, manzanas del reino astur, turrones de Alicante, empanadas de Astorga y otras cuantas clases de delicateces para el paladar se saborearon aquella noche en palacio. Hasta carnes saladas habían llegado en el bergantín. Hasta hogazas de pan de trigo. El Almirante prefirió frutas tropicales y pescados calientes..

     Las damas y damiselas lucían vestidos con escote, mantillas  y abanicos morunos. Lucían peinados convencionales, sortijas con diseños árabes, pendientes labrados en Toledo, chapados en oro, y broches de nácar.

     Las damas y damiselas cimbreaban sus ruedos almidonados y paseaban por la estancia semi inclinándose ante las reverencias de don Diego Colón, los oficiales del rey, el tesorero, el contador, el factor y veedor, los hacendados, los colonos y un tal Bartolomé de las Casas, famoso ya por su afición a recolectar indios

-         Don Bartolomé, ¿muchos indios nuevos?.

-         Muchos.

     Don Bartolomé de las Casas quería hacer fortuna grande y rápida. Se había establecido como colono en Concepción de la vega (La Española), en el año 1503. Su padre, don Pedro de Las Casas, mercader de Tarifa, ya había hecho fortuna en estas tierras: se había alistado en la flota de Colón en el segundo viaje. El regalo que don Pedro llevó a su hijo Bartolomé, en 1498, a su regreso a la península, fue un indio. Bartolomé lo utilizó como paje.

-         ¿Cuánto tiempo lleva usted por estos lares, don Bartolomé? –preguntó el Almirante.

-         El 15 de febrero de 1502 me embarqué en la flota de Don Nicolás de Ovando. Son ya nueve años, Almirante.

-         ¿Y no le quedan ganas de volver a Sevilla?.

-         Ganas no faltan, pero aquí hay todavía mucho que hacer –respondió don Bartolomé.

     El Almirante alzó la copa. Dijo:

-         Esa osadía merece un brindis. ¡Por lo que hay que hacer!.

-         ¡Por lo que haya que hacer! –aceptó don Bartolomé.

     Años más tarde el Almirante recordaría este brindis.

 

  1. UN DOMINGO DE MORADO

 

Amaneció templado el IV Domingo de Adviento de 1511. El padre Prior, Fray Pedro de Córdoba, Fray Bernardino de Santo Domingo, Fray Antón Montesinos, el hermano lego y algunos donados habían recitado ya Maitines y Laúdes en el coro, habían hecho su hora de meditación y no había habido referencia alguna sobre el sermón encargado a Fray Antón.

     En el refectorio desayunaron frugalmente: café con leche y unas frutas digestivas.

     El hermano lego se dirigió a la sacristía, sacó de las arcas albas y amitos blancos, con puntillas bordadas, como de día de fiesta, y estolas y casullas moradas con ribetes en oro, como correspondía a la liturgia. Sobre el altar abrió el misal y colocó la cinta morada en la página correspondiente al IV Domingo de Adviento, y la cinta blanca en el ordinario de la misa. Vio que una de las velas estaba casi gastada y la cambió por otra, nueva y de sebo. Chequeó la lamparilla del Santísimo y notó que no se había consumido demasiado aceite; cortó un trocito de mecha gastada y la luz chisporroteó tres veces, alargando un poco más la llama. Hizo finalmente una genuflexión y se retiró a su celda, esperando el momento para entornar las puertas de madera de la iglesia de Santo Domingo.

 

  1. EL BAUTISTA NO HA LLEGADO A SALAMANCA

 

El padre Fray Antón de Montesinos se sentó ante su escritorio y leyó nuevamente el Evangelio del día. Se imaginó la figura de Juan, el Bautista, gritando por las riberas del Jordán: “Convertios. Haced penitencia. La hora de Dios ha llegado. Ha llegado el momento de enderezar el entuerto, de que la vara torcida se enderece, de que la vida licenciosa se acomode, de que quien se ha apartado de la Ley del Señor retorne al redil...”.

     Vio cómo al paso del Bautista las gentes sencillas se arrodillaban y le solicitaban bautismo. Vio cómo algunos escribas, no demasiado cerca de la orilla, sonreían maliciosamente. Vio cómo soldados de las huestes de Herodes, lanza en ristre y protegidos de armadura, oteaban los caminos y las veredas por ver si aparecían sicarios. Vio cómo una nube negruzca se rajaba por el centro para dejar pasar un rayo de sol potente: “Yo solamente soy la voz que clama en el desierto”.

     Fray Antón de Montesinos pensó que los desiertos se habían abrasado más y que los campos floridos tendían a convertirse en eriales. Pensó que la historia se repite mil veces, aunque con variantes, y que los pobres de entonces son los indios de ahora, y que los soldados y escribas y ancianos y saduceos y fariseos de antes son los comendadores, colonos, escribanos, leguleyos y toda esa ralea de ahora.

     Antón de Montesinos echó su vista atrás. Se encontró en los claustros del convento de Salamanca, en las aulas de teología de San Esteban, en los sueños por venir a las nuevas tierras, tan recientemente descubiertas, para convertir a los gentiles. Recordó aquel momento, cuando el prior del convento solicitó voluntarios. El, sin pensarlo apenas, levantó la mano.

     Fray Antón no había visto los indios que Colón llevó como regalo después del primer viaje, pero algunos frailes, que habían llegado desde Valladolid, trajeron la descripción de estos seres de cuerpos frescos, de tez aceituna y de mirada medio caída. Chocaba que no hablaran romance, y era este uno de los indicios para sospechar que seres que no pueden comunicarse con palabras son seres que carecen de alma para descifrar el pensamiento.

     Recordó Fray Antón aquellas discusiones en la huerta del convento salmantino, entre compañeros de teología y árboles, luego de las clases de Vitoria y Soto:

-         Sólo hay seres humanos en nuestro mundo. El mundo descubierto por el Almirante Colón no es mundo de hombres sino de bestias –había oído.

-         Si son animales, ¿para qué ir a evangelizarlos?. También en Castilla, y en el reino de Navarra, y por donde andan los satures, y en el sur, donde están los moriscos, y en las Cataluñas hay muchos animales: mulos, ovejas, caballos, asnos, perros y otras especies, y a nadie se le ocurre predicarles la palabra de Dios –corrigió Fray Antón.

-         Francisco de Asís lo hizo –dijeron, para contradecirle. Y argumentaron: -Los indios son animales de otra clase. Cabe convertirlos en humanos por el bautismo, por la gracia que imprime el sacramento.

     Fray Antón Montesinos no insistió. >Rumiaba todos los comentarios y procuraba descifrar las enseñanzas impartidas por los maestros. Ahora tenía el Evangelio sobre la mesa y no había maestros a quien consultar. ¿Se equivocarían los tres?: Fray Pedro, Fray Bernardino y él?.

-         Por las aulas de Castilla no ha pasado todavía el Bautista –dijo en voz alta, y se estremeció al oír el sonido de la campana que llamaba a los fieles a misa mayor.

 

 

  1. LA PREPARACIÓN PARA LA MISA

 

     - Abróchame el corsé –dijo a su esclava india la esposa del corregidor.

     - La enagua tiene arrugas –regañó a la india esclava la mujer de Don Diego Colón.

-         Los almidones están disparejos –se quejó ante la india esclava la esposa del factor.

-         Búscame otro corpiño –riñó a la india esclava la mujer del contador-. Este me aprieta demasiado.

     Se ubicó de perfil ante el espejo y se dio cuenta de que las carnes le abultaban y de que la piel del cuello ya no era tan tersa como años atrás. Pensó: “Algún día nuestros maridos nos dejarán por indias”. Las carnes de la esclava lucían tersas y frescas. La mujer del contador, en aquel momento, hubiese querido robarle la piel a la india y vestirse con ella. Le dijo:

-         Tráeme la polvorera.

     Se esparció polvos por debajo de la barbilla, justo hasta la línea donde comenzaban a soltarse los senos, pero los mejunjes no taparan lo suficiente esas segundas arrugas.

-         Mamá, ya no puedo ponerme el vestido rosado sin sostén; se notan los puntos de las tetas –dijo, con gran muestra de contento, la hija del tesorero, y su madre la miró con cierta desgana porque a la niña le habían crecido los senos y ella se había estancado ya en ese crecimiento biológico que toda mujer rechaza.

-         Vístete con lo que quieras –dijo la esposa del tesorero-, pero deprisa, que ya están dando las segundas campanadas.

     El Almirante había ordenado a todos los marineros que dejaran el bergantín para acudir a la iglesia.

     Los vinos de la noche anterior habían dejado mal cuerpo en las autoridades, y aunque la misa era tardía, el sonido de las campanas los habían puesto de mal humor.

     Don Bartolomé de las Casas llegó solo. Se acomodó en los primeros bancos de la iglesia, cuidando de dejar asientos suficientes para las autoridades mayores.

     El hermano lego salía de la sacristía y espiaba el interior del tempo.

-         Está llenándose –informó al padre Montesinos.

-         Es día de precepto –comentó el padre Prior como para quitar importancia a la concurrencia.

-         Lo importante no es que se llene la iglesia sino que se corrijan los corazones –argumentó Fray  Bernardino

-         Vaya a dar las últimas –ordenó el padre Prior al hermano lego.

     El donado fue hasta el campanario. Quienes esperaban en la plazoleta penetraron en el recinto. Los jóvenes dejaron de comentar las bondades físicas y biológicas de las doncellas y éstas dieron sus últimos respingos antes de penetrar en el templo.

     Fray Bernardino tomó puesto en el confesionario. Fray Antón se vistió la casulla.

     Cuando los monaguillos salieron, los fieles se pusieron en pie.

 

 

  1. EL ESCÁNDALO

 

     - ¡Santo Dios bendito!. ¡Qué desacato a la palabra divina! –dogmatizó la esposa del gobernador, e hizo la señal de la cruz desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho.

     - ¡Qué herejías! –condenó la esposa del tesorero real, y besó los dedos en cruz para ahuyentar al demonio que por allí andaba suelto.

-         ¡Qué poca consideración a los esfuerzos cristianos de nuestras majestades, los reyes católicos! –dijo la hermana de la mujer del corregidor, soltera a su pesar, y sin compromiso a sus ganas.

-         ¡Qué insultos a los hombres laboriosos que de España vinieron para proporcionar riquezas a la corona! –dijo la esposa del hacendado Pedro, cosechero de mil cosechas en tantos acres trabajados por tantos otros indios.

-         Debimos de salirnos todos de la iglesia, en protesta.

-         Fue una profanación.

-         Habrá que llevar el desacato ante los reyes.

-         ¿Y no tiene el gobernador poder para poner remedio?

-         Mujer, ¡poder tiene!, ¡cómo no va a tener poder, si es aquí el representante de nuestros reyes! –dijo la mujer del gobernador, e hinchó el pecho, y se alegró de lo que había ocurrido en la iglesia.

-         Si mi esposo fuera el gobernador daría órdenes para ahorcar a ese predicador –dijo la esposa del tesorero, con la certeza de que jamás el tesorero lo haría.

     El tesorero era bueno para contar reales, para almacenar tesoros, para cobrar diezmos, para instar a los colonos a dar sin demora la cuota correspondiente a la corona, pero no para mandar ejecutar.

-         Se hará lo que haya que hacer –dijo la esposa del gobernador.

     Las damiselas habían perdido el apetito de su encanto. No podían esperar, luego de lo oído, y ahora con lo visto, una mirada interesada de los ojos de los mancebos. No tenían ganas de ir de acá para allá con el fin de modelar sus encajes y exhibir sus gracias. Y los mancebos, igual. Dejaron de lado los comentarios casi obligados sobre las damas y fueron acercándose al corro de los mayores donde estaba estudiándose la estrategia.

 

  1. EL SERMÓN

 

-     Y dijo que estamos todos en pecado mortal.

     -     Y dijo que con qué derecho y con qué justicia teníamos en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios.

     -     Y dijo que con qué autoridad hacíamos aquí las guerras.

     -   Y dijo que estas gentes son pacíficas, como si no lanzaran flechas envenenadas en las contiendas.

     -   Y dijo que los teníamos oprimidos y fatigados.

     -    Y que no les damos de comer.

     -    Y que no les curamos las enfermedades.

     -   Y que somos nosotros quienes los matamos por el trabajo a que los sometemos, y no ellos quienes se mueren por su condición de seres infradotados.

     -   Y dijo que los sometemos a forzosos trabajos, sólo por sacar y adquirir más oro cada día.

     Y la voz de Fray Antón de Montesinos había sonado así: “¿Estos, no son hombres?. ¿No tienen ánimas racionales?. ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?. ¿Esto no entendéis?. ¿Esto no sentís?. ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño letárgico dormidos?. Tener por cierto, que en el estado en que estáis no os podéis más salvar que los moros o turcos que carecen y no quieren de la fe de Jesucristo”.

-         Nos comparó con los moriscos.

-         Ni siquiera nos equiparó a los judíos conversos.

-         Nos negó la fe.

-         Profanó nuestro santo bautismo.

-         Y se proclamó él mismo profeta.

-         Y dijo que él era la voz de Cristo en el desierto de esta isla.

-         Y dijo que aquella voz suya era la más nueva que nunca oímos.

-         Como si en España no hubiésemos escuchado a predicadores más cristianos que él.

-         Como si no hubiera otros que comentaran mejor la palabra de Dios.

-         Y dijo que su voz era la más áspera, la más dura y la más espantable y peligrosa que jamás no pensamos oír.

-         La más dura, sí.

-         También la más espantable.

-         También la más peligrosa.

-         Porque lo dicho por Fray Montesinos no es palabra de Dios sino grito de Satanás.

-         Gritaba como Satán.

-         No era palabra reposada, como conviene que sea en recinto sagrado.

-         No era palabra de consuelo, como conviene que sea la palabra de los libros sagrados.

-         No era palabra de Dios.

-          

 

  1. EXAMEN DE CONCIENCIA

 

     -    Hay revuelo en la plaza –informó el hermano lego.

     Nunca había quedado tan rápidamente vacía la iglesia. El hermano vio cómo Fray Bernardino salió del confesionario sin haber dado una sola absolución. EL hermano se arrodilló ante el sagrario pidiendo perdón porque ninguno de los fieles se había acercado a comulgar. El hermano apagó las velas nuevas que había colocado en el altar, dobló las albas, los amitos y los cíngulos, colgó las casullas y se reunió con Fray Pedro de Córdoba, Fray Bernardino y Fray Antón.

-         Hay revuelo en la plaza.

-         La sangre no llegará al río –contestó Fray  Bernardino-. Los conozco.

-         Puede que llegue –dudó el padre Prior.

-         ¿He predicado alguna incongruencia? –se interesó Fray Montesinos.

-         Has predicado la palabra de Dios, de la que todos somos responsables.

-         ¿No he exagerado la palabra divina?.

-         No has exagerado, Fray Montesinos.

-         ¿He de arrepentirme de alguna frase mal entonada?.

-         No has de arrepentirte.

-         ¿Hemos cumplido con nuestra obligación?.

-         Hemos cumplido.

-         ¡Que Dios sea bendito!

     Tres indios que servían en el convento cuchicheaban en un rincón. Uno dijo:

-         Lo que ha predicado el padre Montesinos se convertirá en desmedro para nosotros. ¡Ahora nos zumbarán más los látigos de los colonos!. Se vengarán en nuestro cuerpo por las palabras del predicador.

-         El predicador saldrá en nuestra defensa.

     No terminaron la conversación. Fray Montesinos pasó a su lado. Les dio la bendición. Los tres sonrieron.

 

  1. LA PROTESTA

 

     -     Venimos en son de protesta, padre Prior –dijo el gobernador.

     -     ¿Ah, sí?.

-         Venimos para que castigue a Fray Antón Montesinos –dijo el corregidor.

-         ¿Castigarlo?

-         Venimos para que el padre predicador se retracte de lo dicho –dijo el colono.

-         ¿Y qué dijo? –preguntó Fray Pedro de Córdoba.

-         Vamos, reverendo padre, usted estaba en la iglesia.

-         ¿O es que acaso usted aprueba lo que dijo?.

-         Es asunto delicado, reverendo padre.

-         Puede ocurrir lo que ocurrió con Colón, padre Prior.

-         Y si usted, como superior inmediato, superior religioso, claro, no toma medidas, las tomaremos nosotros, sus autoridades civiles y en nombre del rey.

-         Tomaré medidas –condescendió el padre Prior.

 

  1. LO QUE OCURRIÓ CON COÓN.

 

Los colonos de La Española no eran de temperamento pacífico. Hasta Cristóbal Colón tuvo que ceder a sus exigencias.

     Cuando al Almirante Cristóbal Colón marchó a España, dejando a su hermano Bartolomé como gobernador de aquellas tierras, los colonos se sublevaron. A su regreso, don Cristóbal tuvo que ceder a sus exigencias: concederles vastas extensiones de terrenos en propiedad, con todos los indios que en ellos había.

     Aunque Bobadilla había encauzado un poco las cosas, los colonos seguían haciéndose fuertes, y los indios continuaban siendo esclavos.

 

  1. CUANDO LOS REBELDES DE SANTO DOMINGO SONRÍEN.

 

     -  Me comentaron lo que hicieron con Colón, con su hermano Bartolomé y con su hijo Diego –dijo el padre prior en la Sala Capitular.

     -    Suena a amenaza –dijo el padre Bernardino.

-         Me exigieron que castigue a Fray Antón, que lo expulse de esta ínsula.

-         No me iré –gritó Fray Antón de Montesinos.

-         No nos iremos –recalcó el padre Prior.

-         No nos iremos –corroboró Fray Bernardino.

-         Han exigido también que subas el domingo al púlpito y rectifiques.

-         Subiré –dijo Fray Antón.

-         ¿A rectificar? –preguntó, desilusionado, el hermano lego.

-         A predicar el Evangelio –sonrió Fray Antón.

     También sonrieron Fray Bernardino y el padre Prior.

 

  1. UN COLONO LLAMADO BARTOLOMÉ.

 

     El Colono Bartolomé de las Casas no se unió a la protesta de sus compañeros. Tampoco le vieron aquel domingo pasear por la plaza. Dicen que se encerró en su estancia de Concepción de la Vega y espió por la ventana el ir y venir de los indios. Dicen que vio que los indios tenían aquella tarde la mirada menos temerosa. Dicen que se le ocurrió darles mejor sustento aquella noche, pero que, a última hora, rechazó la ocurrencia. Y dicen que pasó la noche en vela. Velando, soñó que los indios lloraba.

 

  1. LO QUE OCURRIÓ DESPUÉS DEL SERMÓN.

 

     Dicen que aquel domingo no hubo baile en palacio, y no por falta de música sino por falta de buen cuerpo en las bailarinas.

     Dicen que la mujer del gobernador confesó jaqueca, la mujer del corregidor confesó jaqueca, la mujer del oidor confesó jaqueca, y confesaron jaqueca las damas y damiselas de todo Santo Domingo.

     Dicen que aquella noche el Almirante del bergantín prohibió la salida a los marineros, negándose a recibir al dueño de la casa de tolerancia cuando fue a suplicarle:

-         Tengo indias frescas para los marineros, y para su señoría tengo, gratis, la más bella hembra que esta tierra ha dado.

     Dicen que el Almirante blasfemó. Tiró al agua de la bahía al dueño de la casa de tolerancia.

     Dicen que don Nicolás de Ovando rompió tres pergaminos con destino al rey Fernando porque en ninguno de ellos le salió lo que deseaba escribir.

     Y dicen que los indios, aquella noche, se acurrucaron en los conucos y soñaron con caminos libres e iglesias abiertas de par en par.

 

 

  1. ASÍ SE RETRACTÓ Fray MONTESINOS

 

     Así se retractó Fray Antón de Montesinos, desde el púlpito, el domingo V de Adviento:

     - “Tornaré a referir desde el principio mi ciencia y verdad, que el domingo pasado os prediqué y aquellas mis palabras, que así os amargaron, mostraré ser verdaderas”.

     Y Bartolomé de las Casas, presente en el acto, escribió lo que Montesinos dijo: “comenzó a fundar su sermón y a referir todo lo que en el sermón pasado había predicado y a corroborar con más razones y autoridades lo que afirmó de tener injusta y tiránicamente aquellas gentes opresas y fatigadas, tornando a repetir su ciencia, que tuviesen por cierto no poderse salvar en aquel estado; por eso, que con tiempo se remediasen, haciéndoles saber que a hombre de ellos no confesarían más que andaban salteando, y aquello publicasen y escribiesen a quien quisiesen a Castilla; en todo lo cual tenían por cierto que servían a Dios y no chico servicio hacían al rey”.