Amelia, la de andar por palacio (2 de junio)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Eso de nacer y vivir en palacio, y sobre todo en la edad media, no era aval para muchas santidades, y mucho menos para damas que, entre sus proyectos, no entraban los de la santidad sino los del cumplimiento del deber en la corte. Los deberes en la corte, ya se sabe, son de todo tipo, aunque la verdad es que las mujeres los tenían, y los tienen, mucho más restringidos. Pero hay damas que se salen de los cánones, que se niegan a ser féminas decorativas de corredores, fiestas o inauguraciones, que se empeñan en hacer también de la política su profesión, y que a ello se dedican. Y esto fue a lo que se dedicó Amelia, mujer de corte, hermana de Pepino, el Breve, y tía de Carlomagno. Nombres que suenan en la historia mucho más que el de ella, pero es que la historia, por desgracia, siempre ha hecho más sonoros a los hombres masculinos que a los femeninos. Decimos que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer aunque, si verdad es, pareciera empeñarnos en ocultarlas.
Amelia, mujer de corte, era también de armas tomar, y no solamente en cuanto a las decisiones sino también en cuanto a las proposiciones. Se propuso la tarea de edificar un gran imperio unificando tantos pequeños reinos y tantos grandes feudos como los que había repartidos por la geografía de los francos. Esto, en proyectos de hombres guerreros, suena muy a los sones de aquellos tiempos, pero en propuestas de mujer pareciera que la propuesta no cabe. Y cupo. Ella no lo logró del todo, pero dio los pasos, impulsó la empresa y puso en bandeja de plata los vasos que luego llenó su sobrino, Carlomagno.
Eso de las unificaciones me parece estupendo. Hoy día lo denominamos globalización, pero cosa bien distinta es y, posiblemente, con otros propósitos. Lo que esta mujer anhelaba era un reino, poderoso sí, pero en el que cupieran, bien administrados, todos los súbditos, sin los caprichos de reyezuelos caprichosos y de señores feudales avariciosos. Y contra los caprichos y las avaricias, las armas. Por eso se dijo que esta dama era de armas tomar.
No andaba de mujer soltera por la vida sino que casó con el conde palatino de Lorena, Así es que en su haber tenía todas las de andar con firmeza por los pasillos de los castillos, por las mesas de reuniones donde se toman las decisiones, por las propuestas y por los rechazos. Dicen que cumplió a cabalidad y que su cosecha la recogió poco después su sobrino, el gran Carlomagno.
Mujer que cumplió según lo que se había propuesta en la corte, pero mujer a la que le faltaba cumplir según la propuesta de su vida que añoraba no ya por la paz del reino sino por la paz del espíritu. Y dejó los pasos de la corte y se encaminó hacia los pasillos de los claustros, allí donde ya no había que planificar más batallas que las que tuviera que enfrentar a ella misma. Y dicen que allí, en aquellos claustros, con aquellos recogimientos, con aquellas meditaciones y con aquellas penitencias, también cumplió. Y debió de cumplir muy bien, al menos según los cánones de la época, pues la Iglesia la designó como santa a imitar.
Se trata, y es lo que enaltezco, una mujer de coraje, una mujer con los pies bien puestos sobre el suelo que pisaba, bien fuera el suelo alfombrado de su lugar de origen, bien el de las losas del claustro elegido para su tranquilidad espiritual. No resulta sencillo traspasar el umbral en lugares tan disímiles, pero Amelia se decidió y de ahí que ahora la tengamos como santa.