Juan Bautista de la Salle, el pedagogo (7 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Soy hijo de este santo. De este santo somos hijos todos los que hemos pasado por la escuela. Y los que no han pasado, también, pues lo de él era que todos pasaran. Nada de saber para ricos y de ignorancia para pobres. Nada de pobreza en el espíritu para quienes carecían de medios para instruirse. La educación es un derecho por igual, y por eso luchó Juan Bautista.
Los franceses llevan en su entraña eso de las revoluciones que a todos atañen. La Revolución francesa instauró el principio: libertad, igualdad, fraternidad. Y de ahí todo lo demás es corolario.
Era este Juan, nacido en Reins, en 1651, hombre de mirada total, hombre de análisis social, hombre de que todos fuéramos medidos por el mismo rasero. Pero había un bache en la sociedad difícil de solventar: el de la educación, el de la instrucción. La escuela no podía ser exclusivamente para privilegiados. Si la sociedad desatendía a quienes más necesidades en educación tenían él pondría remedio. Y lo puso. Contra viento y marea fundó, con otros jóvenes tan idealistas como él, lo que hoy día conocemos como Hermanos de La Salle, técnicamente como Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
No debería haber escuela, cristiana o no, que no exhibiera la efigie de Juan bautista en su fachada. No hay educación posterior que no le deba a este enamorado de la educación. Lo que hoy se ufanan en defender no pocos estados, aunque luego no lo cumplan, es decir, el principio de gratuidad y universalidad de la educación, es patrimonio de este francés. El hecho de que los gobiernos estén convencidos, aunque luego no lo cumplan, que su obligación es el patrocinio de la educación para todos, es mérito de este santo.
No eran pocas las ideas que bullían en su mente con respecto a la educación, entre ellas una de no poca monta: el lenguaje utilizado por los pedagogos. Era ley que en aquella época la instrucción se realizara en latín, quizá porque solamente los hijos de los poderosos podían acceder a ella. El santo rompió con esta costumbre. El latín no está mal, pero la lengua materna es más entendible, más acariciadora, más de uno. Así es que, al fundar sus escuelas, los pedagogos deberían impartir sus lecciones en la lengua común, no en la lengua de los privilegiados. Esto era una revolución, por supuesto, y como para todas las revoluciones de este signo siempre están los oponentes, pues oponentes hubo. Pero él siguió en sus treces, y ahora ya sabemos cómo es la cosa.
Todos debemos a Juan Bautista de La Salle un pupitre, un juego en el patio del colegio, un grupo de amigos sin distingos, unos profesores con todo tipo de recuerdos, un suspenso, un cum laude, un castigo, un premio, porque todo eso es educación. Todos le debemos lo que a partir de la escuela comenzamos a ser, que siempre será otra cosa. Todos le debemos, además, una oración, esa con la que empezábamos la clase, esa con la que la terminábamos, esa con la que continuamos en la vida. Los hermanos de La Salle nos han indicado el camino del mundo, sobre todo el camino del mundo del espíritu, porque no se trataba solamente de leer y escribir, de hacer números y saber los ríos, y los montes, y las capitales de las naciones. Por encima de eso le debemos precisamente la educación, que es mucho más que la instrucción. Pero, sobre todo, la educación cristiana, esa que se ha ido perdiendo y que los hermanos de la Salle, por vocación, están obligados a encontrar.