Samuel: Cuarenta años sin equivocarse (6 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Los santos del Antiguo Testamento, como Samuel, nos traen muchas sorpresas, aunque no debería ser, pues santidad lo es en todos los tiempos y en todas las circunstancias. Precisamente eso es lo que causa sorpresa: las circunstancias, el obviarlas, el desconocerlas, producen malentendidos, sorpresas, sospechas. En aquel tiempo, ser guerrero, y más del pueblo de Israel, no era reproche sino virtud. Todavía hoy parece verlo. En aquel tiempo se prohibían cosas que hoy se permiten, y se permitían cosas que hoy no prosperan. Son leyes de un tiempo pasado, de un antiguo régimen, con todo lo que leso implica.
Pero Dios era el mismo, es el mismo, inmutable, por encima del tiempo y de las circunstancias, y la santidad, entre otras cosas, se traduce en la obediencia a Dios y en el rechazo a los ídolos. También hoy. Surge la incertidumbre a la hora de identificar tanto a Dios, a los dioses, como al Ídolo, a los ídolos. Y a veces el pueblo, los pueblos, y todo pueblo es un pueblo elegido, se encapricha de los ídolos por pensar que el Dios en el que cree lo ha desasistido. Es lo que ocurrió con el pueblo de Israel cuando Samuel: los filisteos habían ganado la batalla y sintieron que su Dios los había desasistido.. Tuvo que llegar Samuel y decirles:
- Dejen a los ídolos y obedezcan a nuestro Dios.
Llama la atención la entereza de Samuel, rey, anciano ya, al instar al pueblo a que lo juzgue:
- Durante cuarenta años los he guiado espiritualmente. Ahora les pido que si alguno tiene alguna queja contra mí, la diga claramente.
Nadie levantó la mano para acusar. Así es que cuarenta años sin acusaciones por parte del pueblo es argumento más que suficiente para la santidad. Pocos son los gobernantes, entonces y ahora, que salen ilesos de este juicio. Y ninguno quien se aventura a solicitarlo. Ya por eso Samuel es digno de nuestro altar, independientemente del Antiguo o del Nuevo Testamento.
Cuando, ya anciano, el pueblo le solicita un nuevo rey, unge, por inspiración de lo alto, a Saúl. Pero Saúl no responde ni a la confianza de su padre, ni a la del pueblo ni a la de Dios. Y Samuel le retira la unción y unge a David. Se me antoja una democracia no solamente acorde con aquellos tiempos donde la creencia estaba por encima de lo demás, sino también una democracia para estos tiempos, cuando la creencia es multisecular pero la política muy poco acorde con la multisecularidad.
Por eso pienso que estos santos, con sus leyendas incluidas, no solamente son útiles sino necesarios. Porque de lo que se trata es de la rectitud de vida, no de otra cosa; de encumbrar a los dioses verdaderos, que son los de la justicia, la verdad y la convivencia. Fuera de esto entramos ya en el terreno de los ídolos, a los que hay que destruir. No a las estatuas de aquí o de allá, que ese es otro cuento, sino a los ídolos que condicionan la existencia, que imposibilitan la libertad, que entorpecen la convivencia, que matan la esperanza. Si Dios no es salvación, para todo y para todos, no es Dios, y quien siga a un Dios que no es salvación no puede ser santo.
Estos santos del Antiguo testamento no son tan antiguos como pareciera. Y es porque la rectitud no es de antes o de ahora, sino de todos los tiempos y debe ser patrimonio de todos los credos.