Vicente, el apocalíptico, el predicador (5 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Estos frailes, monjes, predicadores o como queramos llamarlos, porque todo eso son, y más, los prefiero al resto, y que me perdone el resto. Todos los santos dominicos son de mi devoción, en las duras y en las maduras. Son de la casa, de mi casa, o yo de la suya, quién sabe. Son de puertas adentro. Tengo debilidad con todo lo dominicano. Mi vicio, uno de ellos, inclusive, es excusar cuando no habría que excusar. Pero es que lo dominico continúa siendo mi atuendo, mi blanco y negro, mi carné de identidad, una identidad que ha impreso carácter, como un sacramento, y que no hay quien la diluya. ¡Y qué le voy a hacer si yo nací... en eso!
Lo dominico me atrae como imán. En Ávila tengo que descansar, aunque sean breves minutos, en el monasterio de Santo Tomás, caminar una vez más por el claustro de los Reyes y, entre nosotros, también por el de los gatos, y sé, y muchos saben, por qué lo digo. En San Esteban de Salamanca tengo que subir al coro, tocar la puerta de la Biblioteca, en lo alto del claustro, ascender por los escalones de la escalera de Soto, Vitoria y el resto, y una vez más ahogar mi nombre desde el brocal del pozo donde Unamuno ahogaba el suyo. Tengo que confesarlo porque si no, reviento.
Vicente Ferrer, el valenciano, es de esta estirpe: blanco y negro. Y es que, aunque Tomás de Aquino se esforzaba por lo de “in medio, virtus”, los dominicos siempre se han ido un poco por los extremos. Domingo de Guzmán por el extremo de hacer una orden de obispos, Bartolomé de las Casas por hacer una orden de esclavos libres, Martín de Porres por hacer una orden de humildad negramente mestiza. Y así. De Savonarola... ¡Ay, Savonarola!, se titula una de mis novelas. También lo excuso en lo que quizá no tenga excusa: en aquello de la procesión de la quema de las imágenes.
Vicente Ferrer se me parece a Savonarola: fogoso, apocalíptico, predicador, obediente a un Papa que resultó ser no papa, cuando aquello del Cisma.
Muchos milagros le endosan a este valenciano. Pero yo me quedo solamente con uno: el de predicador. Este es el milagro dominicano inventado por Domingo de Guzmán: la predicación del Evangelio tal cual, contra viento y marea, en las duras y en las maduras. Predicó por toda Europa la unidad de la Iglesia cuando había dos Papas que se disputaban el trono de Pedro, predicó sin concesiones, afincado más en las penas del infierno, en eso que se denomina “los novísimos”, que en las bondades del cielo. Fustigaba las costumbres popularizadas y degradantes, como si de un nuevo Savonarola se tratara. Y dicen que lo entendían a la perfección, en la lengua que fuera a pesar de que él solamente dominaba el castellano y el latín. ¿Don de lenguas?. Puede ser. Para mí, don de convicción.
Es seguro que este predicador dominico, Vicente, predicaba confiando en la metodología del susto, del terror, de las penas del infierno para que los fieles se convencieran. No defiendo este estilo. Pero, como dije, se trata de excusar. Y es que en el caso de Vicente Ferrer predominó más el negro de su capa que el blanco de su hábito. Aquello de que no había barco y colocó su capa sobre el agua de la playa, y navegó sobre ella para llegar a tiempo a Barcelona, donde le esperaban los fieles para escucharle, puede ser verdad, puede ser mentira. Esos milagros no me satisfacen. Me satisface más que, en Barcelona, los fieles estuvieran esperándole para escucharlo. Hay veces que los milagros los contamos mal.