San Benito bendito, el negro, el bonchon (4 de abril)Autor: Adolfo Carreto
A este santo lo conocí en Bobures, un pueblo venezolano, donde jamás pensé toparme con él. Por estas tierras se trata de un santo navideño, aunque el santoral retrase su fecha hasta primeros de abril. Me dijeron que era un santo africano y bonchón, es decir, que lo suyo era el tambor, la parranda, el baile, la música y la bebida. Santo para salir de la iglesia y recorrer las calles al son de los chinbangueles, que son los tambores apropiados por ritmo y algarabía para su fiesta. No hay en Bobures y alrededores negro o blanco que no se postre ante este santo con el rito de rigor del estruendo tamboril, de la copla entre sagrada y profana y con un poco de aguardiente en el cuerpo. Al menos así lo vi yo y así lo cuento.
Y es que no podía ser de otra manera. La religiosidad popular lo es hasta la médula, y ¿quién le quita a esta gente de Bobures y alrededores que San Benito no vino desde el cielo esclavo de África para unirse a su destino?
Porque de eso se trata: Francisco, que no nació en África sino en Italia, sí era africano de sangre y de padres. De padres esclavos, hijo esclavo. También él fue comprado como tal y destinado al trabajo. Lo de él no fue un trabajo excesivamente esclavizante: fue pastor. Y siempre he dicho que los pastores, alumbrados por las estrellas, terminan teniendo buena estrella. Quizá lo de los pastores de Belén influya en esto.
Tuvo la suerte, por lo mismo, que su amo le concedió la libertad, como en algún tiempo se la concedieron a los antepasados de estos de Bobures de ahora, y cercanías; y con sus ahorros se compró una yunta de bueyes.
Dando vueltas de acá para allá, como los esclavos de todos los tiempos, se tropezó con la puerta de un convento de franciscanos. Llamó. Le abrieron. Entró. Y se quedó
- ¿Para qué sirves?
- Para lo que manden.
Es para lo que se cree sirven los esclavos, para lo que manden. Y como no era hombre de letras ni de otras pretensiones, lo mandaron a la cocina. Y en la cocina hizo de las suyas: suculentos platos.
Digo que como no era de letras no podía aspirar a mucho, y como lego se quedó, es decir, como sirviente del resto de los frailes. Lo que no le importaba. Pero a los compañeros sí, y se empeñaron en hacerlo prior ¡qué barbaridad!, y luego maestro de novicios, sin letras ¡qué barbaridad!. Y dicen que lo hizo bien.
Pero lo de él era la cocina. Así que a la cocina retornó. Y continuó en lo suyo entre cacerolas y pucheros, con los olores a grasa pegados al cuerpo. De ahí a comenzar a socorrer a quienes pasaban idénticas necesidades a las que él pasó, sólo un paso. Y a ello se dedicó. Y por eso llegó hasta los altares.
Suenan los chimbagueles en Bobures, en las riberas del lago de Maracaibo, en el Gibraltar venezolano, por tierras de Mérida y por todas las costas donde los negros se distribuyen. Suenan los tambores, y las coplas sagradas y profanas en honor a San Benito, el negro, el africano, el de aquí todos los diciembres, todos los eneros. Camina la procesión a ritmo de baile negroide y contagioso, y también a ritmo de aguardiente. Son las fiestas de San Benito, y esas fiestas no hay quien se las pierda, negro o blanco.