Francisco de Paula, el que huyo (2 de abril)Autor: Adolfo Carreto
Casi lo mata el cazador. Y si lo hubiese matado, pues no hubiese sido mártir, porque su muerte se debía a la defensa de la fe sino a la huída del mundo. A los quince años decidió huir sin dejar rastro, y sin dejar rastro estuvo varios años, hasta que el cazador, sin buscarlo, lo encontró. Uno sabe cómo son los cazadores cuando andan tras las presas, y si se trata de caza mayor, más. Andaba el cazador por aquellos montes italianos de Calabria y notó cómo algo se movía a la entrada de una cueva. Pudo haber disparado. Pudo haberlo confundido con cualquier animal. Algo debió notar el cazador que no cuadraba con su experiencia con respecto a las fieras. Y fue entonces cuando lo descubrió.
Desarrapado estaba. A pesar de las barbas joven se veía.
- ¿Qué haces aquí?. ¿De quién huyes?. ¿En qué puede ayudarte? ¿Tienes hambre? ¿Qué necesitas?
Todo eso que se pregunta en casos así.
Agresivo el joven no era, de eso se percató inmediatamente. Cara de mala gente tampoco parecía. ¿Habría cometido algún delito y por eso se ocultaba? Puede, aunque tampoco era esa la facha. Hasta que el joven, Francisco, habló y le contó:
- A los trece años vestí el hábito franciscano pero con el hábito no era suficiente. Así es que decidí huir del convento para refugiarme en la soledad.
Muchas cosas debió de pensar el cazador, hasta que se había topado con un perturbado. ¡Si no se encuentra soledad en un monasterio, dónde entonces? ¿Qué soledad buscaba un muchacho cuando la soledad no está hecha para esas edades.
El cazador bajó de los riscos y contó. Lo hizo a su manera. Unos creyeron y otros no. Pero todos se decidieron a comprobar. Efectivamente, en los escarpados rocosos se encontraba el tal Francisco. Y la leyenda cundió. Algunos dijeron: “Vamos con él”. Y con él se fueron. Y entre todos fundaron eso que se llama la Orden de los Mínimos o Ermitaños de San Francisco de Asís.
No sé si estos son ejemplos para seguir, pero sí para recapacitar. El mundo tiene muchas visiones y cada quién acomoda la suya a sus necesidades, me refiero también a las necesidades espirituales. Así es que lo que a unos quizá no nos satisfaga, o lo veamos fuera de nuestro contexto, con otros cuadra perfectamente. Que fue lo que ocurrió con Francisco, el que nació en Paula, y se escapó de un convento de franciscanos, a los quince años, para hacerse más franciscano todavía. Y no parecía tan equivocado porque, aunque algunos lo tildaran de loco otros lo siguieron. Por eso nunca se sabe dónde está la raya que separa a la locura de la cordura, sobre todo cuando de cuestiones espirituales se trata.
Ejecutó para él y los suyos un régimen de alimentación que ahora está de moda: pan, pescado, agua y verduras. La dieta. Y parece que no era mala alimentación, pues francisco duró en vida biológica hasta los 91 años. La diferencia de aquella dieta con las de ahora sí es de consideración: su ayuno durante los l365 días del año se debía a la mortificación, las dietas publicitadas ahora son para el buen ver, para el cuerpo esbelto, para la moda social. Y es lo que digo, que el comer más o menos no es el tema sino el por qué se deja de comer.
Que se divulgó por la comarca su fama de santo, es evidente. La Orden que él fundó todavía pervive, lo que implica que no pocos continúan dándole la razón.