Hugo, el que perdio la memoria (1 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Contemplaron sus veintisiete años y se mofaron de él.
- ¡Un obispo de veintisiete años que quiere arreglar esto!
Veintisiete años era edad para que el señor obispo se plegara al contexto. Tuvieron que susurrárselo al oído: Deja que las cosas queden como están. Pero él, que no había querido que lo nombraron obispo, dijo que necesitaba un informe, que había sido designado para esta diócesis con el fin de regentarla según los cánones, y que debía de cumplir ante el Papa. Sonrisas de unos y otros, codazos, lástima. ¿Cómo se le ocurre a Gregorio VII consagrar a un muchacho para apaciguar a esta guarida?
- ¡No sirvo para esto, Santidad!
Pero ya no había remedio.
- ¿De verdad quiere un informe?
- ¡Lo exijo!.
Pero hasta cuando habla así parecía que la exigencia no era tal, carecía de la fuerza de la exigencia. Casi una derrota por anticipado.
Le entregaron el informe.
- No, no le oculten nada. Que se asuste. 
Y se asustó, claro que se asustó. El informe decía: Diócesis de Grenoble: esta diócesis es pionera en la usura y la simonía es el mejor de los sacramentos. Se compran y se venden los bienes eclesiásticos como bienes personales. Los clérigos son libertinos, el concubinato es la moneda corriente. Los fieles siguen los pasos de sus pastores y con frecuencia los sobrepasan. Si un clérigo es libertino, el feligrés y la feligresa más. Si un clérigo es usurero, el feligrés y la feligresa más. El obispado está en la quiebra y todo lo que tiene son deudas pues sus pertenencias han sido dilapidadas. El pueblo pervive dentro de la grosería.
- ¡No sirvo para esto, Santidad!. ¡No puedo hacerle frente!
- Hazle frente.
Utilizó algunas de sus armas: el ejemplo, pero nada; la penitencia, pero nada; la oración, pero nada, las exhortaciones a clérigos, nobles y pueblo, pero nada. Risas de un lado, burlas de otro.
- ¡No sirvo para esto, Santidad! ¡Prefiero el monasterio!.
Y su Santidad, nada. Continúa. Dios es grande. Los milagros pueden darse. Y pasó un año, y dos, y nada.
- ¿Es que Dios no está de mi lado? ¿Será que ellos tienen razón?.
Y mientras clérigos, nobleza y populacho seguía en sus francachelas, los pobres deambulaban por las calles como estorbos en aquel ambiente. Compadecido, vendió lo que le quedaba, las mulas de su carro para ayudarlos. Y se lo reprocharon. La diócesis estaba en quiebra, así es que no se podía hacer semejante derroche. ¡Ni siquiera eso!
- ¡No sirvo, Santidad!
Pero algo sucedió, no se sabe qué. Luego de varios años unos y otros fueron desenredando el camino. Más de medio siglo dicen que tardó la diócesis en recobrar la normalidad. El informe dice que se reformaron los clérigos, que las costumbres cambiaron, que la nobleza se puso en su sitio y que los pobres, por fin, tuvieron hospitales. Pero el buen obispo, Hugo de nombre, perdió la memoria. ¿Será que no quería recordar todo lo pasado? Posiblemente no sirviera para obispo sino para santo.