Ludivina o el sufrimiento (14 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Mi tía Ludivina era santa, pero no como esta Liduvina. Esta es una santa que se llena de nombres tantos cuantas enfermedades padeció: Liduvina, Ludiwina, Lidvina, Lydvid y hasta Lidia. Parece éste el nombre más a la moda. Cada día me convenzo más de que los santos son variopintos; no son todos iguales, para qué. De serlo, tendríamos pocas opciones. Aunque, en el fondo, lo son, de lo contrario no serían santos.


La historia de esta muchacha de nombres iguales y distintos, natural de La Haya, comenzó a los quince años, eso es lo que se dice. Todas las vidas comienzan antes, creía yo; pero cuando se dice, comenzó a los quince años, en tal fecha, es porque esa fecha es la que marca, la que da un vuelco, la que señala que la vida, esa vida en concreto, no avanza como se creía. Por lo tanto, toda fecha señalada así es un antes y un después, un borrón y cuenta nueva, casi una contradicción, casi un comenzar a ser posible lo que parecía imposible.


A esta muchacha, Ludiwina, de La Haya, le detuvo la hora el reloj de su juventud un día, a los quince años, por culpa de unos patines, un lago y el hielo. Es decir, que la diversión le jugó una mala jugada..


No parecía ir para santa esta muchacha, y menos para que fuera patrona de los enfermos crónicos. Es esta una pretensión que uno nunca sospecha, y a esas edades, menos. A esas edades no se piensa en semejantes cosas, y si no, pregunten a los quince años. Pero sí, Lidvina, patinando, tropezó, chocó con una amiga sobre el mismo hielo, cayó, se rompió una costilla y, lo que parecía un susto de juventud, uno de tantos, se convirtió en cama para toda la vida.
A partir de ahí las enfermedades se dieron la mano, se compincharon, se alborotaron y pactaron para asediar a esta ya inválida. Absolutamente todas. Hasta el cáncer. Hasta la peste bubólica que apareció en el tiempo, y sin llamarla. Job es, por eso, una metáfora caricaturesca junto a Lydvid.


Hay que ponerse a la altura de esa edad y contemplar lo que irremisiblemente va pasando sobre un cuerpo postrado en una cama. No hay martirio que se le asemeje. Dicen que todos los males que se acostaron con ella eran de muerte, y ninguno la mató, con todos logró convivir. Lo que indica que es ahí donde está el milagro. Ahí donde la naturaleza fracasa, ahí donde los ojos de los demás dicen: ¡no puede ser! Pero semejante milagro no respetó las apariencias. Le robó la juventud, la compostura, el donaire, la agilidad de patinar sobre hielo, la llenó del frío más helado del lago: montón de pellejos rotos y huesos, esa era la apariencia, dicen.


Dicen también que estuvo a punto de la desesperación. Hubiese sido lo natural, ya que la esperanza también tiene sus límites. Esperar contra toda esperanza es una frase más que una realidad, y puede convertirse también en un autosuicidio. Nadie se interesaba por ella, ni el párroco del pueblo. Copio textualmente: “El cura del pueblo no se interesaba por la enferma ya que su ocupación era cebar sus capones y mantener repleta la despensa”. ¡Vaya por Dios!. Y entonces se le ocurrió cambiar la estrategia: sufrir en nombre de Dios para cambiar la faz de aquel mundo que llaman, y cito, “el de Pedro que era y llaman el Cruel, el de Carlos IV y Enrique de Lancaster con pantanos de sangre y de guerra de bulas entre los antipapas, de violencia de los magnates y ambiciones de los clérigos, era la época en que la cabeza tiarada de Cristo es arrojada de Avignón a Roma y de Roma a Avignón”.


Era ya anciana cuando comenzó a ofrecer su dolor por un mundo mejor. Mi tía, a los quince años, comenzó a regentar una taberna y hasta la edad natural de la muerte fue santificándose en ella sin beber, observando cómo los otros bebían. O sea, que entre ellas el único nexo de unión es el nombre: Liduvina, Ludivina.