Hermenegildo, de Adriano a másrir (13 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
Le declaró la guerra a su padre, y la perdió. Aunque su padre no mandó ejecutarlo por rebeldía sino por tozudez. Perdió la guerra, pero no perdió la fe, y eso fue lo que exasperó a Leovigildo, rey godo, padre de Hermenegildo y Recaredo, historia de España en los difíciles tiempos del siglo VI.
En el Museo de Bellas Artes de Sevilla, podemos contemplar su apoteosis de santidad según el pincel de Francisco de Herrera, El viejo. Es realmente apoteósica esa estampa de Hermenegildo, vestido de entero soldado, y en vez de espada, crucifijo en mano. Es apoteósico contemplar como sube al cielo por su propia voluntad, sin renunciar al coraje del guerrero, exhibiendo su fuerza de batallador, aunque ya sin espada, únicamente con crucifijo. Quienes lo contemplan, obispos y demás, ángeles incluidos, le rinden pleitesía. El guerrero ha perdido la guerra de la espada y ha ganado la guerra de la cruz. El y su padre así lo quisieron.
Los primeros visigodos, arrianos todos, incluido Hermenegildo, convirtieron a España en campo de batalla de guerras religiosas. La unificación del reino, eso era claro para unos y otros, descansaba en la unificación de la fe; la diferencia era qué fe. Para unos el arrianismo, para otros el catolicismo. Mientras Leovigildo, el padre, apostaba por la primera, Hermenegildo, el hijo, por la segunda.
El entorno de Hermenegildo siempre fue visigodo: padres, hermanos, abuelos, él mismo. Hasta que se casó. Y el catolicismo comenzó a entrar en la corte de manos de la esposa:
- ¿Cómo casas con una católica?
- Porque la quiero.
Otro argumento, imposible. La quería. No sirvieron consejos. No sirvieron lisonjas. Mira, hijo, que no te conviene. Mira, muchacho, que peligra el reino. Mira a tu padre, a tus hermanos, a todos. Antes no eras así. Eres valiente en la batalla, eres cortesano como el que más. No hay más amor que el amor al reino. ¿Por qué una mujer, que te perjudica, que nos perjudica?.
- Porque la quiero.
- Allá tú.
Hermenegildo da un paso más y contrae matrimonio, porque la quiere. Su padre da un paso más y lo envía a la Bética, también porque lo quiere, y puede que allí, lejos de Toledo, reaccione. Y reaccionó. Reaccionó declarando la guerra a su padre.
- ¿Qué mi hijo me ha declarado la guerra?
- Hacia acá vienen, señor.
- Hacia ellos iremos.
Y hacia ellos fueron. Fueron bajando desde Toledo. Bajando y arrasando. Y ganaron.
- ¿Qué hacemos con Hermenegildo?
- Ha perdido, al calabozo.
Pero en el calabozo no dio su mano a torcer, es decir, no quiso abandonar la fe. Y el padre dio la orden:
- Es más importante la unidad del reino que un hijo. El mismo se ha condenado. Que lo maten.
Y lo mataron. No por haber perdido la guerra, no por haberse rebelado contra su padre sino por no ceder a la fe de su esposa, a su fe.
Es apoteósica la estampa de Hermenegildo pintada por francisco de Herrera y conservada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.