Estanislao, el asesinado en la catedral (11 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
Todo marchaba bien entre ellos, hasta que un día Estanislao, obispo, dijo al rey:
- Te estás pasando, Boleslao.
- No digas tonterías.
- Te estás pasando.
Todo iba bien hasta que Estanislao le dijo:
- Boleslao, no te está permitido raptar a la esposa de tu amigo.
- ¿Quieres asustarme?
- Boleslao, lo tuyo es pecado por los cuatro costados.
- La cama nunca es pecado, señor obispo.
- La injusticia siempre es pecado, el rapto es pecado, lo que haces es pecado.
- ¡No vengas ahora a convertirte en Juan, el Bautista! ¡Me fastidian esos profetas!
Todo iba bien, hasta ese día. En vano el rey argumentó por el respeto a su vida privada. ¿Vida privada? ¿Raptar a una casada para solazarse con ella es vida privada? ¿Quebrantar todas las leyes divinas y humanas es vida privada?. ¿Dónde comienza y dónde termina la vida privada de quien tan ceremoniosamente alardea de sus fechorías?. Así Estanislao, Por eso la amistad llegó hasta ese día.
La vida privada de los hombres públicos carece de privacidad por culpa de ellos. La vida privada de quien manda es más pública que la de quien obedece. La vida privada de palacio se escapa por los ventanales, corre por las callejuelas, se deshoja en las reuniones, unos la festejan, otros la deploran. La vida privada del hombre público se hace pública cuando comienza a atentar contra la colectividad.
De nada sirvió a Boleslao II implorar la amistad. De nada recordarle que le había apoyado para ascender a obispo. De nada colocar en el plato de la balanza sus victorias. De nada exhibir el poderío que exhibía. De nada la unificación de la patria. De nada el que Polonia fuera católica gracias a su concurso.
- Muchas cosas tienes que agradecerme, el de ser obispo, el apoyo que te he brindado, el que te soporte tus impertinencias. Así es que, ¡déjame en paz!
Pero no, Estanislao no lo dejaba en paz. No te es permitido, le decía una y otra vez. Como Juan el Bautista. Tienes que dejar a esa mujer, le decía, como el Bautista. Está casada, lo culpaba. Pero el rey, nada, porque para él, Cristina, estaba por encima del Bautista, del pueblo, y del obispo. Así es que se cansó y dio la orden:
- Asesinen a Estanislao.
- ¡Pero, señor...!
- Lo quiero muerto. Y cuando esté celebrando misa. Para que todo el mundo se entere de quién es quien manda en Polonia.
Dicen que los guardias se negaron y que fue él, personalmente él, el rey, quien se acercó hasta la catedral y asesinó al amigo.
Pues ya está, otra historia más de la misma historia. Un cuento repetido y que volverá a repetirse. Pareciera que la historia es un libro que pasa de mano len mano, para lo bueno y para lo malo. Cuando no es por mujer es por otros delitos, pero eso de matar a obispos en el altar ha sido moneda de todos los tiempos.