San Ezequiel, Profeta (10 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
Los profetas del Antiguo Testamento son geniales, también los del Nuevo. Todos los profetas son geniales, todos conflictivos, todos abocadas a las pedradas verbales cuando no a las pedradas reales. Hasta consigo mismos son irreverentes. Lo son en el vestido propio y en el desvestido que hacen de la sociedad. Son punta de lanza contra los poderosos, con los que se enfrenta, pero igualmente con el pueblo cuando no les hace caso.
El profeta es el que ve más allá, el que, analizando el presente puede prever el futuro. La verdad del profeta no se ve, o no se quiere ver, por eso le dan la espalda o le hacen frente. Le dan la espalda cuando parece que su palabrería no llega a traspasar el umbral; le hacen frente cuando su palabra ya ha cruzado el dintel. Conozco a más de uno en estos tiempos. Son de sensibilidad exquisita. Incluso los aparentemente duros, también los hay, exhiben una exquisita sensibilidad.
El profeta puede ser provocador o amansador, amenaza pero igualmente consuela, alerta pero también promueve esperanza. Lo que dice no es para mal sino para el bien posible. A veces se sale con la suya, otras lo desaparecen. La suerte del profeta, de todos, suele ser la incomprensión. Son como místicos que quieren bajar a la tierra sus visiones. Son mensajeros para enderezar entuertos.
Ezequiel es uno de ellos. Fue profeta del exilio por culpa de los babilonios, que arrasaron Jerusalén. El pueblo jamás acepta a su capital destruida, y menos cuando alguien insinúa que parte de la culpa es de ellos, por no saber defenderla. No solamente defenderla con el coraje, sino con lo que siempre hay que defender a una ciudad que se precie: con la honradez, con la honestidad, con la prudencia, con la comprensión. Cuando estás virtudes no son el candelero, la ciudad se debilita, tambalea, y lo que hace el invasor no es nada más que empujar: la torre se cae.
Jerusalén fue destruida y su Templo con ella. Dios no había hecho lo suficiente para detener al destructor, así decía el pueblo y quienes lo azuzaban, pero Ezequiel tenía otra visión: Jerusalén cayó porque el pueblo, que no seguía los designios, abrió las puertas a los balbilonios. Y así Ezequiel se convierte en profeta despreciable, derrotista, contemporizador con el invasor.
El pueblo asegura que la culpa no es de ellos, sino de sus padres, que son quienes comieron las uvas. ¿Por qué nosotros vamos a sufrir la dentera? Como siempre, la culpa siempre es de los otros, y no hay profeta que ablandarle la mollera, ni con visiones ni sin visiones. Es lo que se llama, el empecinamiento.
Pero Ezequiel, como todo profeta, también predicó para el bien, para la prosperidad: ¿No ven cómo del Templo sale un manantial de agua que regará nuestros campos, y la cosecha será abundante, y la fertilidad será de nuevo el jardín de nuestra tierra?. Así Ezequiel contra la dureza del corazón, contra los ojos cerrados. Así la palabra de Dios por boca del Profeta.
Tanto tiempo ha pasado desde entonces y las profecías continúan, porque continúa la dureza masiva del corazón, porque continuamos en ese pecado de echar la culpa al vecino, porque Dios nos ha retirado la nube que protegía nuestra siesta. Así el Profeta, los profetas, los del Antiguo Testamento y los del Nuevo. Así Ezequiel.