Casilda, La Santa Mora (9 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
Que sea mora, y de Toledo, encaja. Y si uno pasea hoy por Toledo y se la topa en cualquier callejuela, también encaja. Todo lo moro encaja en Toledo. En las ventanas de las casas de las calles estrechas, perfectamente morunas, la mirada de la doncella está ahí, viendo, espiando todo lo que ven y espían los ojos aceitunados de las doncellas moras.
Toledo es ciudad de santos de las tres religiones, y también de los no santos de las tres. Toledo es cuna y sostén de mujeres de color de olivar, con velo o sin él. Entre moros y cristianos, además de espadas y emboscadas, siempre predominó el nexo de la unión sagrada que es el amor, que es la mujer.
Tiene la historia de esta mora todo el embrujo y la poesía del tiempo. Hasta la trampa que cometió con su padre, el rey moro toledano, fue una picardía de poesía femenina y colorista, y floral. Socorría la muchacha a los cristianos que el rey había mandado a la mazmorra y en una de esas la sorprendió.
- ¿Qué llevas en el delantal?
- Rosas.
Y Casilda abrió el delantal y cayeron rosas. No llevaba rosas sino comida, pero el milagro se dio. Todavía no era cristiana, lo que quiere decir que los milagros no son exclusividad de religiones sino de buenas intenciones. No lo cuenta la leyenda pero yo añado que, una vez volteado el rey, y una vez recogidas las flores y colocadas nuevamente en el delantal, volvieron a su estado original, es decir, a alimentos. A qué supo ese día el bocado a los cautivos, pues tampoco lo sé, pero sí sospecho que en el paladar floreció un gusto muy especial.
Como Casilda tuvo que acudir a Burgos a remediar la enfermedad que le sobrevino, según indicación de los cautivos, me viene a mente el romance del moro y el Cid, por ser el Cid de aquellas tierras: Por el Val de las estacas / pasó el Cid a mediodía / en su caballo Babieca. / ¡Oh, qué bien que parecía! / El rey moro que lo supo / a recibirlo salía,/ dijo: -Bien vengas, el Cid / buena sea tu venida / que si quieres ganar sueldo / muy bueno te lo daría, / o si vienes por mujer / darte he una hermana mía. Más cortesía, imposible.
A tierras del Cid fue Casilda para mojarse en el agua de los Lagos de San Vicente, por allá, por Briviesca. Eran aguas curanderas y castellanas. Casilda se apeó de la carroza, a las órdenes de su padre, el rey moro, se bañó y se curó. Dijo a su padre que aquellas eran aguas cristianas y que ella ya no podía ser más que cristiana. Ante la evidencia, el rey moro dijo:
- Pues que así sea.
Y cristiana fue, hasta la muerte. Por allí mandó construir una ermita y en ella fue sepultada. Cerca de ella corre el manantial, y ahora las mujeres que quieren dar a luz, por intercesión de la virgen mora, lanzan una piedrecita al lago y al poco el embarazo se da. Sigue siendo tema de poesía, sigue siendo tema de amor, de flores en el delantal, de entendimiento entre moros y cristianos. Sobre todo ahora, que tanta falta hace ese entendimiento.