Dionisio, el Obispo de Corinto (8 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
Era Corinto un hervidero de civilizaciones ya en aquel tiempo. Era Corinto una ciudad cosmopolita en la que cabía todo. Era Corinto ciudad con dos puertos, y donde hay puertos, ya se sabe. Era por eso Corinto ciudad de ir y venir.
Corinto era una mezcla de todos los pareceres, de todas las filosofías, de todas las creencias, de todas las culturas. Y en esa mezcolanza, que es ventajosa para muchas cosas, entre otras para saber de los demás y sus formas de vida, es igualmente movediza para otras.
Como ciudad mercantil la avaricia siempre encuentra altares donde se adora a sí misma para perpetuarse, la rapiña igualmente deambula por todas las callejuelas, las callejuelas del gran dinero y las callejuelas de la rapiña, entre las que la necesidad quiere abrirse paso. No hay ciudad mercantil, ni entonces ni ahora, no hay ciudad cosmopolita que no muestre su doble faz: la de la abundancia extrema y la de la extrema pobreza. Igual que la diversión: prosperaban tugurios de mala muerte, donde prosperaban las riñas, y donde las borracheras se prolongaban noche y día. Pero de igual manera había centros para los trasnochadores con otros trajes, con otras bebidas a catar y con otras distracciones en las cuales solazarse.
Ciudad de puerto, ya se sabe. Y esta Corinto tenía dos por donde entraba y salía de todo. Desde mercancías hasta traficantes de mala muerte, desde esclavos hasta gentes que con ellos traficaban, desde mujeres en busca de fortuna a cualquier precio hasta negociantes de la prostitución fácil y de la refinada.
Había, por lo mismo, gran circulación de noticias. Donde entran y salen con asiduidad barcos y marineros hacia todas partes y de todas partes, la información prospera. Por eso se puede decir que Corinto, ya en aquella época, siglo segundo, era ciudad de cercanías. Pero igual que circulaban las noticias aceptables y posiblemente enriquecedoras, transitaban también los chismes, los bulos, el runruneo y toda esa falsa información que sirve para sacar provecho económico basándose en la manipulación.
En esta ciudad, Corinto, le tocó ejercer de obispo a Dionisio. Una ciudad predilecta de Pablo de Tarso y que este obispo de los primeros tiempos se empeñó en fortalecer. Con buen olfato, utilizó los medios al alcance en ciudades así, es decir, la facilidad de la circulación y la facilidad para la predicación. Y, siguiendo el estilo de Pablo de Tarso, utilizó la pluma y utilizó el estilo literario de la Carta para adoctrinar a aquellos que estaban alejados de su entorno. Así que los barcos, igual que servían para traer y llevar malas noticias, sirvieron para que el obispo Dionisio enviara la Buena Noticia, y por escrito, a los cristianos de Lacedonia, a los atenienses, a los que prosperaban en la isla de Creta, a los que rezaban en el Ponto, y hasta a los fieles de Roma. Es, por eso, un predicador de la pluma y un utilizador de las tecnologías de la época, de la rapidez en la difusión.
Estamos hablando del siglo II cuando todavía los mártires prosperaban, cuando había que deshacer los entuertos y equívocos en las interpretaciones de la fe, cuando había que asentar la creencia por todas partes. Y así vivió y murió, sin otro martirio más que el de la constancia en la predicación y la rotundidad en la creencia. Un obispo que hoy tendría mucho que decir.