Pío V, otro que tal (30 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
Lo veo como no puedo menos dejar de verlo: hábito blanco y deambulando por el claustro; hábito blanco y capa negra y sentado en el coro. Lo veo en el refectorio sin mirar a la comida, aceptando lo que se le ofrece. Lo veo por la huerta, palpando la manzana todavía no madura, expurgando un abrojo del surco, abriendo un canal para que circule el regadío. Lo veo platicando con éste, con aquel, sobre las cosas que se hablan en los conventos. En los conventos puede hablarse de muchas cosas, pero me lo imagino de esas cosas que merecen la pena: la vida, la muerte, la eternidad, el cielo, los misterios, los escrúpulos, los falsos sentimientos, los falsos deseos. Lo veo riéndose, porque en los conventos se ríe, a carcajada incluso, al menos en los conventos dominicanos. Lo veo preguntándose que hace allí luego de pensar que jamás podría dejar el campo y que lo suyo era el rebaño de ovejas.
Porque este tal Antonio Chislieri, natural de Bosco, Italia, año 1504, fue pastor hasta los treinta años. Por supuesto, por necesidad. Ni siquiera el rebaño era de la familia. La pobreza de la casa no daba para rebaño, tampoco para que el muchacho estudiara, como era su deseo y el de los suyos. Pero los deseos chocan a veces contra la necesidad y puede más la necesidad que los deseos. Así es que para pastor iba este muchacho.
Hasta que alguien le dijo:
- Tu sirves para más.
Y lo envió a estudiar con los dominicos. Y ahí es donde comienza la historia. Por eso lo veo en el claustro, vestido como ellos visten, en el coro, rezando como ellos rezan, en la huerta, acariciando las matas como ellos las acarician, y en la biblioteca, estudiando como ellos estudian. No puedo verlo más que dentro de esa absoluta normalidad.
Cuando lo veo de papa, en tantos cuadros que nos lo han dejado los pintores, lo sigo viendo en el claustro. Era de protocolo que cuando elegían a un Papa se diera una sustanciosa recepción, banquete incluido, a los altos funcionarios. Más o menos como hoy. Pero este que fue pastor dijo que no. Ya no se llamaba Antonio sino Pío V. Y dijo que no, porque la pobreza, entre otras cosas, enseña a ser comedido. A algunos, es verdad, les enseña a ser derrochadores, pero cuando ya no son pobres.
Cuando la batalla de Lepanto, por él promocionada porque los mahometanos habían jurado convertir al vaticano en establo para sus caballos, continúo viéndolo en el convento. Y es que un dominico no puede dejar el convento de lado. Se ganó Lepanto. Dejaron en libertad a los prisioneros. Cervantes escribió El Quijote. Y Pío V dio la orden de que sacerdotes y obispos no abandonaran sus parroquias y diócesis: había la costumbre de vivir en la ciudad dejando de lado la grey. No debió gustarle a muchos.
No les por la metáfora, pero eso de que fuera pastor hasta los catorce años se me antoja buen inicio para después acertar a gobernar la grey. Tomás de Aquino le había enseñado muchas filosofías y teologías y él aprendió a ponerlas en práctica. Decía que los protestantes lo eran porque no habían leído a Tomás. ¡Y es que más dominico no se puede ser!.
Un fraile llegado a santo desde la más radical pobreza, pero con todos los honores, no es moneda corriente. Pero es menos corriente que uno se empeñe en el claustro para no dejar de ser lo que siempre fue: dominico. Dicen que la gente decía: “Este si que era el papa que la gente necesitaba”. Pues sobran los comentarios.