Catalina de Siena o cuando los Papas hacen caso (29 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
¡Y qué le voy a hacer si es dominica, de la Orden de Santo Domingo, y qué le voy a hacer si es, como Teresa de Ávila, otra de mis preferidas, las dos únicas doctoras de la iglesia!. Teresa tenía estudios, porque venía de la nobleza. Catalina era analfabeta: venía de la pobreza. Pues ni lo uno ni lo otro es aval o impedimento para que ambas fueran lo que fueron: escritoras de alto calibre y místicas al por mayor!.
Una y otra eran mujeres de armas tomar. Quiero decir, su diplomacia no era de medias tintas, y si Teresa se dio a la tarea de reformar a las monjas, Catalina de reformar a los papas. Osadas ambas. En lugar de llegar a los altares pudieron haber llegado a la excomunión.
Malos tiempos le tocaron a Catalina. Siena, como el resto de Europa, era cementerio colectivo. La peste negra asolaba. Aseguran que Siena enterró a más de la tercera parte de su población. A pesar de los afanes de esta mujer, de esta joven mujer, porque Catalina solamente llegó hasta los treinta y tres años, a pesar del empeño que puso en socorrer a los apestados, y a quienes sufrieron las secuelas de la “gran mortandad”, el luto recorría campos y ciudades. ¿Sería un castigo divino? No es Dios dado a estos castigos colectivos, donde los inocentes no tienen por qué penar. Sodoma y Gomorra fueron ciudades de castigo divino colectivo, según el relato, pero porque los inocentes eran tan escasos que podían ser avisados para no perecer. Así que culpar a Dios por las calamidades en masa es simplemente omitir la culpa de quienes las provocan. Catalina hizo lo que pudo. Y dicen que lo hizo bien.
Se enfrentó al Papa Gregorio XI. Enfrentarse a un Papa suele ser pecado imperdonable. Pues al Papa se enfrentó y éste terminó haciéndole caso: dejó su sede de Avignón y retornó a Roma. Aquel relajo de la residencia papal, con todo lo que implicaba, fue resuelto por esta mujer. Y pienso que no fueron precisamente sus argumentos sino otras razones.
Una hija de la pobreza y con casa repleta de hermanos, no era para andar con fantasías religiosas, ni siquiera confesando, como confesó, que un día, de la mano de su hermano Esteban, al cruzar una calle, vio al Señor rodeado de ángeles, sonriéndole. Las visiones son muy personales, de ahí que no se puedan negar. Aunque fuera en su imaginación, lo vio, y ya está. Y si lo vio sonriente, como confesó, razón de más. Por pobre, es decir, por necesidad, su padre quiso casarla con hombre rico. Catalina podía ser la solución para remediar en la casa lo que no llegaba con el trabajo de tintorero de pieles de su padre. Pero la muchacha se opuso.
- ¡Pues si no quieres casarte con hombre rico, a trabajar, que yo solo no puedo con tantas bocas!. De ahora en adelante ocúpate de la casa, de todo.
No hubo más remedio que dejarla en paz: tozudez es tozudez. Y así entró en la tercera Orden de Santo Domingo, es decir, no fue monja pero sí consagrada.
Murió a los treinta y tres años de apoplejía, es decir, de pérdida súbita y total de la conciencia y del movimiento, ocasionada generalmente por un trastorno circulatorio de las arterias cerebrales. Y es lo que no entiendo, cómo hasta los treinta y tres años pudo hacer tanto, incluido el convencimiento de un papa, escribir tanto, curar tanto, moverse tanto. ¿Y si hubiese vivido más?