Teodora, carne de los hombres (28 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Se llamaba Teodora y no iba para estar encerrada en convento sino para casa de prostitución. Era orden del emperador, Diocleciano. Así que el destino estaba echado. Sabía el emperador, le habían dicho, que la tal Teodora era virgen consagrada, pero no en la religión de los dioses sino de ese judío al que adoran como Dios. Y Diocleciano dio la orden:
- No hay más vírgenes consagradas que las nuestras. Las otras van para prostitutas.
El destino estaba echado.
En el fondo, me alegro de que así fuera, para que de vez en cuando uno se detenga a pensar, sin resentimientos de cualquier signo, sobre quienes son las que se encuentran encerradas, prisioneras, martirizadas, en esas casas. Cuando se dice que no todo lo que reluce es oro también vale decir: no todo el oro, desgraciadamente, reluce.
He de confesarlo: no siento compasión por este tipo de mujeres, sí devoción. Quiero decir, el oro que aparenta su cuerpo no corresponde a los quilates, que puede representar su alma, muy superiores. Y menos en estos tiempos en los que, sabemos de explotación al respecto y de martirio al respecto.
- Pues si no quieres apostatar, ya sabes tu destino: la casa de prostitución. Los soldados necesitan de esos entretenimientos –le dijo el emperador.
Y el traficante le dijo:
- Tengo para ti un trabajo digno, y de mucho dinero, en Europa. Yo me encargaré de arreglarte los papeles. No hace falta que me pagues ahora, ya habrá tiempo.
Y el emperador, y el traficante, la condujeron a la casa.
- Este es el lugar de trabajo.
Llegó Dídimo, soldado, y pagó para estar con ella.
- Quiero ser el primero –ordenó.
Le abrieron la puerta. Lo condujeron al lugar. Ya a puerta cerrada, el soldado, Dídimo, le dijo:
- Date prisa, no hay tiempo que perder.
Y se desvistió.
- Ponte mis ropas.
- ¿Estás loco?
- Que te pongas mis ropas. ¡Dame tu velo!
- ¿Qué pretendes?
- Escaparnos.
- ¡No te rías de mí, por favor!.
- Dije que no había tiempo que perder.
Disfrazados se escaparon.
Los pesquisas del emperador y los pesquisas de los traficantes husmearon por calles y entornos. Y dieron con ellos.
- Quien traiciona al emperador, es reo de muerte –dijo Diocleciano.
- Quien traiciona al traficante es un traidor.
Y los mataron.
Esto ocurrió en el año 304 de nuestra era, en tiempos de Diocleciano. ¿Tan poco han cambiado los tiempos?.