De Montserrat al Cielo (27 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
¿Qué hacen esos picachos de Montserrat apuntando hacia el cielo?. Dedos pétreos, dedos de todas las manos catalanas apuntando hacia el firmamento, todo el día, todos los días, toda la noche, todas las noches? ¿Por qué una sierra como la de Montserrat que cada vez que más la subes más te sube, que cada vez te empina más hacia lo alto, que cada vez te acerca más a lo definitivo? ¿Qué tiene esta formación gótica de piedra cincelada por todos los vientos y todos los soles, por todas las heladas, sudores, nevadas y aspiraciones? Montserrat, es decir, este monte aserrado, esta sierra de pedregal macizo, es el santuario natural más consistente que imaginarse pueda. El santuario de la Moreneta es sin duda el corazón de este santuario, pero el santuario lo es todo.
Llegué a Montserrat, allá por los sesenta, para aprender gregoriano, y salí de allí con el gregoriano en el alma. El alma de Montserrat está hecha con esa música celestial que no solamente se reza en el coro del monasterio de los benedictinos, monjes gregorianos por excelencia, sino que se palpa por cualesquiera de los caminos que se empinan siempre hacia lo más alto, haciendo escala en cualquier ermita o saboreando un momento de silencio de sabiduría con cualquiera de aquellos ermitaños. Todo Montserrat es una ermita que cada cual se trae y conserva en su alma. Todo Montserrat es un Virolai cantado en honor a la Moreneta y al Niño perennemente bendiciendo. Dicen que esa talla la labró el mismísimo San Lucas y se encargó de trasportarla hasta la montaña catalana el mismísimo San Pedro. No importa. Lo que importa es que allí se encuentra protegida por el pedernal de las espadas pétreas y protegiendo con el pedernal de las pétreas espadañas.
Hay que tocar esas rocas para sentirlas. Hay que dormir, aunque solamente sea una noche, en una celda del monasterio, entreabrir la ventana y mirar: no son murallas infranqueables las rocas, son indicaciones que te encaminan hacia las estrellas, son caminos verticales para que por ellos avancen los espíritus sin temor a tropezarse.
Esta Virgen catalana se viste diariamente con el traje de la música de los niños cantores, justamente a la hora del mediodía, para que continúe el trecho. Esta Virgen negra no es negra por el humo de las velas, según algunos, sino porque siendo de azabache la ves de todos los colores. No hay tono que no se refleje en la mirada de esta Virgen. No hay color que no se asimile. No hay sonrisa de todos los colores que no fructifique.
Cuentan los catalanes que un hombre no está perdurablemente casado hasta que no llevan a su esposa hasta Montserrat. Puede. Porque Montserrat es perpetuidad, eternidad, camino definitivo.
No sé qué tiene esta Virgen que te embruja. Será la montaña. Serán ella y la montaña. Será la música celestial volando entre los picachos. Serán las oraciones cantadas de los benedictinos. Será el alma de cuanto peregrino por allí anduvo y andará. Será el silencio sonoro del ermitaño que medita ya sobre la eternidad en la que vive. Será el no querer salir de allí nunca, o el querer volver allí siempre.
Los catalanes la tienen por suya y yo también, sin ser catalán. Porque una Virgen así, en una montaña así, es de propiedad universal, le pese a quien le pese. Yo hoy también quiero rezarla cantando como me enseñaron en aquel monasterio los benedictinos: Rosa de Abril, morena de la sierra, de Montserrat al cielo.