Marcos, el escritor (25 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
El día 25 de abril voy de la mano de Marcos por todas partes. No hay ciudad, pueblo, nación, camino, biblioteca que no ande a su lado. Y yo con él. Veo a las aves, y veo a Marcos en su vuelo, en sus plumas. ¿Cómo no ver a San Marcos sin pluma de ave en la mano, para escribir?. Porque a San Marcos, entre tantas otras visiones, hay que verlo como escritor. Y no como escritor cualquiera sino como el del Evangelio, el de la buena noticia. Y en el bosque, Marcos, con el león. Y en el camino, ermita. Y en la ciudad, iglesia. Y en la biblioteca, estante. Pero veo a Marcos con pluma de ave en mano, y ya es suficiente. Lo veo según los miles de pinceles y todos me llevan a lo mismo, a contemplarlo como escritor de una historia a la que todos hacen caso.
Pero entre todo lo que veo, me quedo con dos visiones: el cuadro de El Greco ¡siempre El Greco!, y el Hostal de San Marcos de León, ¡siempre el plateresco!. Con estas dos visiones me quedo con todo: con escribano, con la fiesta puebleril o ciudadana patronal, con la música, con las tallas en madera policromada o sin policromar, con las estatuas de granito o de lo que sean; me quedo con templos, mesones, corales, grupos educativos, universidades, hostales, paradores, pintores. Y entre los pintores, me quedo con el Marcos de El Greco.
Vamos a ver, tiene este cuadro, además del misticismo de toda la pintura de El Greco, un deje muy especial. Creo que es el deje de escritor. Pienso que El Greco se imaginó al evangelista como un pintor, o puede que él estuviera imaginándose como escritor con pluma en vez de escritor con pincel. Viene a ser lo mismo: el milagro de El Greco es su pincel y el de Marcos su evangelio a pluma de ave, y escrito en griego, según dicen. En griego o no, fue escrito en el idioma universal de una fe que comenzaba y que, gracias también a su evangelio, se propagó hasta los confines. Por eso siempre veo a Marcos con pluma de ave en mano y eso es suficiente, para mí. El mayor milagro. El mejor.
Veo a Marcos, el de El Greco, absorto: no está escribiendo, ya escribió. Lee, relee. ¿Es todo exactamente así?, pregunta al libro, y el libro le contesta. Vamos a ver, ¿qué falta, qué sobra?. Y el libro: nada. Y sigue absorto, meditando, viendo lo que escribió, sopesándolo.
Y sin querer, lo veo en alguna habitación escondida, de luminosidad plateresca, del Hostal de San Marcos de León, ese hospital que se hizo, comenzando el siglo XII y floreado en el XVI, para albergue de caminantes, los que iban hasta Santiago de Compostela, de quien tenía conocimiento Marcos. En ese aposento, Marcos, relee. Y ve a los protagonistas tal y como se los contaron, posiblemente Pedro, posiblemente Bernabé. Quizá él nunca los viera, aunque algunos opinan que sí, que andaba escondido cuando lo del huerto de los olivos y echó a correr, desnudo. El Greco lo ha pintado viendo en su libro las cosas que él cuenta y tal como las vio o quiso verlas. Pero sigue preguntándose: ¿así está bien?. ¡Que sí, que está muy bien! El Hostal de San Marcos, de León, es albergue digno para estas y otras meditaciones, para estos y otros descansos. Lo dice Marcos y lo han dicho miles de peregrinos que hacían un alto en el camino hacia Santiago.
Murió en Alejandría, martirizado, en el año 68, leyendo nuevamente en su mente todo lo que había escrito sobre Jesús y los suyos, sobre la nueva realidad. Que es lo que yo veo en el cuadro de El Greco cuando lo medito.