San Fidel contra Zuinglio (24 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
Tuvo que vérselas con los seguidores de Zuinglio. Zuinglio fue uno de los reformadores del siglo XVI, seguidor de Lutero aunque no del todo de acuerdo con Lutero. En esto de las reformas nunca se ponen de acuerdo los reformadores, quizá porque cada quien ve la reforma a su manera y no a la manera como hay que verlas. Las reformas, para serlo, deben ser eso, y solamente eso: componer lo descompuesto, enmendar lo torcido, sentarse a la mesa, en igualdad de condiciones, y decir: ¿pero, vamos a ver: qué es lo que se nos ha escapado de la mano?. Y, a partir de ahí, conducir a las ovejas al redil.
La Reforma posiblemente tuvo buena intención, pero mal final. Ahí están los diferentes reformadores para atestiguarlo.
Zuinglio entre ellos. Zuinglio pretendió hacer un cristianismo a la suiza, como Lutero lo quiso a la alemana. Quizá porque pensaban que el cristianismo no podía ser exclusivamente a la romana. Así es que así comenzó la división, armas de por medio, señores feudales subvencionando a unos u a otros, según los intereses, reyes también, metiéndose en terrenos que no eran los de la expansión territorial sino los de la expansión de su visión espiritual para servir a su visión terrenal.
En esto andaban todos, los romanos incluidos. En esto andaba igualmente Fidel, el de Sigmaring, por orden expresa de Roma. Y, sin pensarlo dos veces, se marchó al campo contrario, a donde campeaban los seguidores de Zuinglio, denominados zwinglianos. Y allí lo mataron. A puñaladas. Lo mataron porque, al parecer, les ganaba terreno. Le mataron porque los oyentes creían más en sus palabras, en sus razones y muy posiblemente en su ejemplo, que en los razonamientos de los zwinglianos.
Las huestes religiosas de Zuinglio, profesaban un dogma poco religioso: usar las armas para extender la verdad del Evangelio. Era una obligación, un mandamiento. Lo que equivale a un fanatismo, y por lo mismo a un quebrantamiento del evangelio. Y resultaba fácil en aquella época dar cumplimiento a aquel principio: estaban apoyados por las armas militares de los señores que los protegían. Más o menos como ahora.
Cuatro principios había establecido Zuinglio: comulgar bajo las dos especies, supresión de la misa, eliminación de las imágenes en las iglesias, supresión del celibato eclesiástico y beneficiar a los pobres con los bienes eclesiásticos confiscados. Si se mira en frío, no parecieran ser tan descabellados estos principios; pero hay que ubicarse en el tiempo, y también en la intención. Vaya por delante que Zuinglio terminó casándose con Anna Meyer, pero luego de vivir con ella maritalmente durante muchos años, lo que no deja de ser sospechoso a la hora de elevarlo a principio teológico.
Sí, mataron a Fidel de Sigmaring por seguir los principios de Roma, no los de Zuinglio. De ahí que la Propaganda de la Fe lo considere como al primero de sus mártires.
Pero quizá lo menos sabido de este santo es que fue abogado, y que ejerció como tal. Lo llamaron “el abogado de los pobres” porque por ellos abogaba, y porque no les cobraba. Y leste ejemplo ya tenía otros quilates. Quiso, en principio, ser anacoreta, apartarse de la mundanidad para refugiarse en la espiritualidad, hasta que se percató de las necesidades del los demás, de los que vivían a campo raso. Y fue allí donde dirigió sus pasos. Y en ese campo de batalla lo emboscaron y lo apuñalaron. Quizá hubiese podido entenderse con sus captores con argumentos del Evangelio, pero no le dieron tregua. Zuinglio había inventado el sacramento: utilicen las armas para extender la verdad del Evangelio, y que no les tiemblen las manos. Y no les temblaron. O sea, que los tiempos no cambian.