Jorge, la princesa y el dragón (23 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Y no hay que decir más porque todo el mundo sabe de qué se trata. Es la historia de un joven palestino, militando en las filas del imperio entonces al mando de Diocleciano, cuando tanta sangre derramada hubo de quienes se empeñaban en sembrar la fe, siguiendo el eslogan de “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Resultó una frase profética y cuando nadie, salvo los creyentes, podían aceptar una profecía así. Para que esto no fuera realidad, allí Diocleciano, persiguiendo sin piedad. Esto es historia, no fantasía religiosa. Lo de Jorge, la princesa y el dragón ya es otra cosa.
Esta leyenda épica, esta metáfora evidente, esta mininovela ejemplarizante es, evidentemente, el resumen de una creencia. Como tantas otras cosas divulgadas durante los siglos III, IV y siguientes, es de la moraleja de lo que se trata, no de la realidad del documento. Y si a esto le añadimos que se ha descifrado e identificado a los protagonistas no como personas realmente físicas sino como realidades realmente existentes, el asunto cobra lógica.
La sinopsis es así de simple: una princesa atrapada por un dragón y confinada en una cueva a la que, luego de encarnizada lucha con el animal, el soldado Jorge la libera. Y si como se dice, la princesa representa a la Iglesia incipiente, el dragón al mal real existente y criminal, y Jorge la lucha salvadora para la liberación, ya todo comienza a encajar, y las pinturas ya no se quedan en plástica decorativa, y la literatura ya no se queda en ficción. El traslado de las realidades simbólicas a las realidades reales no resulta difícil.
Lo que sí es real, y constatado, es la existencia del soldado Jorge. Princesas, muchas había . Dragones, puede que no tantos, pero males, a montones.
Jorge, el palestino, era de procedencia humilde. Su padre, agricultor. O sea, que el muchacho debía saber del campo y sus secretos, de los montes y sus escondrijos, de los animales que andan sueltos, unos más feroces, otros más domésticos. Pero la profesión paterna no parecía tener mucho futuro. Siempre andamos con esto en lo de la agricultura, a pesar de ser nuestro sustento esencial. Pero la realidad es esa. Por ello, Jorge abandonó el campo y se enroló en el ejército, solución que todavía hoy sigue siendo una alternativa para el futuro. Tanto que ha crecido más la industria de la militarización que la industria de la agricultura. Quizá también porque a aquella se le conceden mayores presupuestos.
Dragones y doncellas aparte, el capitán Jorge era cristiano, lo cual no cuadraba con las exigencias del imperio. Y un capitán al mando de tropas, y cristiano, podía resultar más peligroso que un enemigo externo. Así es que le ordenaron a lo que ordenaban a tantos: abdicar, renunciar, apostatar. El capitán Jorge era un virus dentro del ejército. Y a los virus, ya se sabe. Pero no aceptó la medicina que le daban, es decir, renunciar a su fe para reforzar el imperio y su poderío militar, Jorge tuvo que sufrir el martirio.
Santo popular por demás. A San Jorge, dragón incluido, lo llevan mucho en su cartera, disfrazado de estampa. ¿Para qué?. Para proteger contra el mal, para adiestrarse en la batalla, para luchar a brazo partido. Miles de artistas se han ocupado de él. Entre tantas, me gusta un lienzo de Rubens: derrocha fortaleza, derrocha, energía, derrocha decisión. Pero igualmente se me antoja que más de una película taquillera se ha inspirado en este cuento de la doncella, el dragón y el caballero. Piensen en La Bella y la Bestia, piensen en Hong Kong. A lo mejor aquellas leyendas del siglo IV no son tan estrafalarias, aunque hoy hagamos más caso a las leyendas del celuloide.