Oportuna, o los pájaros salvajes (22 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
¿Recuerdan aquella película de Alfred Hitchcok titulada Los pájaros?. Tan buenos y tan criminales, tan bonitos y tan asesinos. Pájaros de jardín, pájaros de la propia casa de uno, pájaros para adorno. Un pájaro en mano, palpitando, parece, o es, un milagro. Matar a un pájaro en propia mano es casi un imposible. Palpita de tal manera, con tal clemencia, que no hay quien se atreva. Hitchocok quiso demostrarnos que, a veces, cuidado con la falsa inocencia, que no todo lo que parece, es, y que podemos convertirnos en presa de nuestros personales protegidos. Ocurre en el mundo animal y en el humano. Ocurre en el mundo laboral, en el político, en el religioso y hasta a veces ocurre en el mundo de la amistad.
Si Los pájaros, de Hitchcok son posibles como cine, ¿por qué los de Oportuna no pueden serlo como milagro? También un cineasta puede llevarlos a la pantalla para que lo creamos, ya que la fantasía cinematográfica ha pasado a ser realidad o, al menos, posibilidad de serlo.
Ahora comprendo por qué esta mujer, de nombre Oportuna, natural de finales del siglo VIII, se traduce como presta, como preparada. Se preparó desde joven para vivir con la naturalidad de quien vive habiendo elegido la vida. Eligió, como tantas muchas también de ahora, el claustro, la virginidad, que siempre debe ser una opción muy libre para poder llegar a convertirse en santidad, y llegó a abadesa. Así es que su vida podríamos fotografiarla en el rostro de cualesquiera de esas religiosas que conocemos por fuera y desconocemos por dentro.
Como no era dada a muchos milagros sino a vivir la naturalidad de su vocación, algunos se le han endosado. Y entre ellos sobresale, por su poesía final, pero por su dramatismo inicial, el de los pájaros. Se trata de la película de Hitchcok pero al revés.
Resulta que por los alrededores del convento apareció la peste de los pájaros asesinos. Los cereales fueron devastados, los trigales igualmente, los campesinos arruinados. Resistían todas las amenazas. Y como los campesinos ya habían oído de la sencillez de Oportuna acudieron a ella:
- Líbranos de esta langosta, hermana.
Jamás pensó cómo eliminarlos, y mucho menos matándolos. Los espantapájaros que idearon los campesinos no dieron resultado, el sonido de las campanas tampoco los espantaba, los alborotos menos. Eran los pájaros devastadores, el castigo de Dios, la peste. Así que a Oportuna no se le ocurrió más que rezar:
- Que Dios haga lo que sea conveniente.
Y bueno. Los pájaros cedieron, aunque no se escaparon. Dicen que rodearon a la monja, revoloteando y piando como lo que eran, aves indefensas, pájaros normales, compañeros del jardín, y que era un primor verlos. Las cosechas volvieron a ser lo que eran ¿y quién quita de la mente de las gentes del lugar que aquel portento no era un milagro?
Oportuna insistió en que aquello era regalo de Dios, pero los campesinos, desde entonces, la consideraron su intermediadora.
Quería mucho a su hermano, el obispo. Y murió solamente trece días después de que a él lo asesinara un primo, el cual tenía la ambición de sucederle en el episcopado. Murió de dolor. Eso dicen. Y yo lo creo.