Anselmo, el inteligente (21 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Convencido estoy de que la inteligencia es un don, un bien que siempre es obligación agradecer, pero que, en la práctica, puede resultar fatal. La historia lo demuestra. Pienso, por ejemplo, en grandes inventores. Pienso en el inventor de la pólvora, en el descubridor de las drogas medicinales, en el inventor de los aviones y de todo lo que la tecnología ha enviado hacia el espacio, en el inventor del teléfono y similares, en el descubridor de la radioactividad, de la nueva genética, del rayos láser, de todas esas cosas. Y con todo lo evidentemente bueno que cada una de ellas ha aportado, no dejan de venirme a la memoria igualmente las guerras interminables y sofisticadas, los atracos a mano armada, los atentados sin fin, los aviones que bombardean indiscriminadamente, los misiles, las deformaciones humanas que puede acarrear la manipulación genética. Y tantos otros desmanes. Por eso alguien ha dicho que la ciencia no es neutra, y que toda, absolutamente toda, va a caer en el cajón del depende: depende de quien la utilice y para qué, depende del objetivo.
Es precisamente lo que me ha asombrado esta Anselmo, el depende. Lo veo meditando y concluyendo: “Haz, te lo ruego, Señor, que yo sienta con el corazón lo que toco con la inteligencia”. Cuando interviene el corazón es cuando el milagro auténtico se produce. Dígame cuántos milagros ha protagonizado Fleming con la penicilina.
El padre quería que su primogénito siguiera sus pasos; Anselmo deseaba, ya de temprano, seguir los pasos del monasterio. Accedió a los requerimientos paternos. Y no le fue mal. Dicen los cronistas, que se le daba estupendamente el ajetreo del mundo, las comodidades que proporciona siempre y cuando se disponga de recursos para subvencionarlas. El los tenía.
Cayó enfermo. Se dedicó al estudio. Retomó su idea original: el monasterio. Y se convirtió en eso, un gran teólogo. Y se afanó de por vida en combatir los errores doctrinales que se expandían, muchos de ellos auspiciados y protegidos por el poder. Por eso, ya obispo de Canterbury, entro en hostilidad con Guillermo El Rojo, primero, y con Enrique I, segundo. Lo que le costó dos destierros
No se consignan grandes milagros de Anselmo, pero sí su tesón por combatir a la herejía con la doctrina y contra el poder que la auspiciaba. Cuando logró su objetivo, y trataron de sancionar a los herejes, entró nuevamente en escena abogando por ellos para que no les pusieran penas innecesarias.
Yo subrayaría su saber en esto que dejó escrito: “Es necesario impregnar cada vez más nuestra fe de inteligencia”, lo que equivale a decir que la fe del carbonero, con ser buena, no es completa. UN hombre inteligente, como Anselmo, doctor de la Iglesia, sabe matizar estos renglones. La inteligencia, por sí sola, y sin corazón, no, porque la inteligencia no es neutra. Y la fe, como la del carbonero, aunque sí, necesita además del abono de la inteligencia para que no aparente irracional. Esto es, nos encontramos con un hombre docto para este tiempo, porque la inteligencia a conciencia es la santidad de todos los tiempos. No hay más milagro que añadir.