Marcelino, el del burro (20 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Me imaginaba a San Marcelino de otra manera. Y no sé por qué. Quizá porque mis amigos Marcelinos, que son varios y variados, no han tenido accidente alguno con burros. Uno... casi. Digo casi, porque aunque en su vivero no hubo burros, que yo sepa, sí otros animales, de esos que llaman mascotas, y doy fe de que los cuidaba a la maravilla, y de que cuando los vendía, lo hacía con pena. Y es que a todos nos molesta desprendernos de aquello que vamos criando con esmero, de aquello que animándolo a vivir desde el momento de su nacimiento, luego lo disfrutan otros. Quiero decir que este amigo mío, Marcelino, siendo de la ciudad continuaba siendo de campo.
La anécdota de San Marcelino con el burro fue casual. Como toda anécdota lo es. Este tipo de anécdotas, o leyendas, vaya usted a saber si lo son, pero poco importa. Quien la inventa no la inventó para camuflar, para humillar o para exaltar sino para fotografiar lo profundo de la condición humana.
Este tal Marcelino, natural del siglo IV y de África, cruzó mar y se adentró en Europa para evangelizar. O sea, que Europa fue evangelizada antes de evangelizadora. Eso lo sabíamos ya por Santiago y otros, pero este Marcelino se empeñó en Francia con otros dos compañeros: Domingo y Vicente.
Y es ahora cuando viene la anécdota del burro. La moraleja de tal leyenda, anécdota, invención o lo que sea, es que hasta un burro puede convertirse en excusa para la evangelización, para el asombro de los no creyentes, para la credibilidad de quienes predican, para el ejemplo, que siempre ha sido lo que apuntala a la palabra. La palabra puede ser hueca, ya lo dijo Pablo de Tarso, que mucho entendía de eso, si no va respaldada por el ejemplo. Que es lo que con frecuencia se ha descuidado.
Andaba Marcelino de acá para allá en lo suyo, es decir, en el anuncio, hasta que se topó con un arriero. Todos sabemos de la fama de los arrieros: acostumbrados a andar entre recuas, acostumbrados inclusive a las blasfemias que sólo lo son de grito pero no de intención, y de látigo presto. Sabemos que el burro lo les, entre otras cosas, porque cuando se empeña en no dar paso, no lo da ni con latigazo ni sin él, ni con blasfemia incluida ni sin ella. Quizá por eso lo llamen burro.
Y éste del cuento parece que se empeñó en eso, en negarse a seguir con la carga. Tantos golpes le propinó el arriero que terminó en el suelo, muerto, extenuado, apaleado. Muchos golpes debió darle porque para que un burro muera a palos no sé si son suficientes todos los que hay. Lo cierto es que murió, y lo cierto es que, ante el asombro de Marcelino por la crueldad del arriero, éste lo convirtió en burro:
- Pues venga, usted, a hacer sus veces.
Cargó con la carga Marcelino. Y con la carga del burro, a sus espaldas, entró en el pueblo. Y en el pueblo achacaron al arriero su crueldad y alabaron la humildad del predicador. Y quisieron linchar al arriero. A lo que se opuso Marcelino.
Ahí comenzó a ser creíble. Palabra y ejemplo. Y dicen que con este ejemplo la gente “quedó alucinada”, y le fue mucho más sencillo el trabajo de cristianizar.
Lo persiguieron, como era de rigor en la época. Los arrianos, protegidos por Constancio II, no se lo permitieron. Y tuvo que huir a los montes. Sólo al morir el emperador tuvo libertad para andar por los caminos, aunque ya no necesitaba ni burros ni arrieros para hacerse creíble.