Francisco Solano, el de montilla (18 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Emma es nombre de ahora, y bonito. Aunque ella pertenece al siglo XI luce nombre de mujer de revista y con dotes para ser exhibida. Dicen que, en hebreo, Emma significa “Dios con nosotros”, y en alemán “gentil, fraterna”. Lo de gentil encaja con su primera etapa, lo de fraterna calza con la segunda. Y es que en todos los santos se dan estas dos etapas, este antes y después: la de la vida y la de la conversión pues, por más que nos empeñemos, nadie nace con la santidad impuesta. No digo que todos nazcamos malos, eso tampoco, pero la santidad es un don que se va cosechando con esfuerzo, con mucho esfuerzo, y la vida, muy a pesar de cada cual, pone cantidad de tropiezos.
Yo diría que esta es otra de esas mujeres que, en su agenda, no estaba marcado el camino hacia la perfección espiritual, pero ella se empeñó en anotarlo.
Era hermana de un obispo alemán, el de Paderbon, pero esto no es ninguna garantía. Era alemana y noble, y además, senadora. Y además, muy bonita. Lo que sí estaba escrito en su agenda era el futuro que esperaba a jóvenes como ella, con su vitalidad y gentileza. Casarse como manda la tradición. Casarse con quien perpetua la nobleza. Y se casó. Con un conde, el de Sajonia. De ahí su nombre: Emma de Sajonia, casada.
La nobleza de vez en cuando nos proporciona sorpresas. No todo es oropel, no todo comportamiento social, no todo despilfarro. Los buenos sentimientos no tienen porque ahogarse en lugares que parecieran no aptos. Reyes santos los tenemos, emperadores también, condes y condesas, duques y duquesas. E hijos de todos éstos, a montones. Así que no hay que excluir el lugar de nacimiento ni la familia que nos secunda para dejar en blanco el posible futuro que nos espera.
Tuvo la mala suerte de quedar viuda, y siendo además joven, y madurando, además su belleza. Así que por doloroso que resulta la pérdida del amado, tampoco es argumento para desertar de la vida. Así es que a Emma no le faltaron nuevos caminos, nuevas posibilidades, tan sugestivas algunas como la que terminaba de perder. Pero, al parecer, ya había escrito en su agenda otro destino. No volvería a casarse. Le dijeron:
- Piensa bien lo que vas a hacer, que no resulta tan sencillo abandonar lo que uno es.
Y lo pensó.
Pero muchas noches, la soledad le devolvía recuerdos, le mostraba nuevas posibilidades, la acuciaba a no desertar de su condición de noble. Es decir, la asaltaban eso que denominamos “tentaciones”, las cuales, en realidad no lo son, sino sólo otras posibilidades.
Pero igual que vienen unos pensamientos, vienen otros, y a ella le asaltó el de san Bernardino de Siena:
- Aprende a vivir como una religiosa, permanece viuda y entrégate a Dios como puedas, dedícale todo el tiempo de tu vida.
Y se inclinó por esta opción. Lo pasado, pasado. La caridad era su nuevo propósito. Hacer el bien sin que nada la atara para ello. Y comprendía que el practicar de noble siempre sigue siendo un impedimento. Así es que su santidad consiste en no haber cedido a las pretensiones de una vida fácil y haber emprendido el camino de una vida que, en principio, no parecía la suya. Pero así son las cosas. Por eso me gustan estos santos, porque no son estrambóticos, porque siguen una vida normal aunque a otros no les parezca.