Francisco Solano, el de montilla (18 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Este Santo tiene olor a santidad andaluza. Ahí donde lo ven, seriote y tal, huele a Córdoba, huele a Montilla. Es de la misma estirpe de Don Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. Es de estirpe de aventuraros, si no fuera así, no se hubiese embarcado para las Américas. A pesar de su hábito pardo, de franciscano, es del color de las paredes encaladas de su pueblo, Montilla, que es el color de su alma blanca y andaluza. Fue en marzo de 1549 cuando una familia, en Montilla, se vistió de fiesta por la llegada del niño. Lo bautizaron como francisco y luego se hizo franciscano, y después Santo franciscano.


En Montilla tiene una iglesia, dicen que justamente donde él nació. En Montilla hay muchas iglesias, como la de Santiago, por ejemplo, que deja ver su torre desde antes de llegar al lugar, porque Montilla está en lo alto, y su torre empinándose sobre la blancura de las casas.


Francisco, ya franciscano, oye de las nuevas tierras, de las penurias de los evangelizadores, franciscanos unos, dominicos otros. Se afana en las leyendas que, desde las nuevas tierras llegan hasta España, hasta su convento, y lo que cuentan de los nativos, y de lo que cuentan que hacen con los nativos, y de las creencias que los nativos tienen, que no son las creencias de Montilla. Y dice:
- Lo mío son las nuevas tierras.
Y ya en las nuevas tierras, dice:
- Quiero las misiones más difíciles.
Saca el temperamento de los de Montilla. Le asalta el temperamento de los viñedos de Montilla. Y el calor de Montilla. 
Mala fue la travesía hacia las Américas. Tan mala que en las costas colombianos naufragó la nave. Gracias a una lancha se salvaron todos. Algunos cuentan que fue un milagro. Yo me conformo con aceptar que fue de milagro. Lo cierto que vino a lo que vino, y lo que hizo lo hizo bien: predicar. Fue ese su mayor y mejor milagro. Dicen que hablaba el castellano de Montilla, pues no sabía otro, y que los indios le entendían, las diferentes lenguas de las diferentes etnias. Dicen que de una vez convirtió a cuarenta y cinco caciques. Dicen que se debió a la procesión que organizó un Jueves Santo, flagelantes incluidos. Y esto sí lo creo.


¿Cómo no voy a creer que un franciscano de Montilla no protagonice un Jueves Santo las mismas procesiones de Montilla, pasos incluidos, y si no los tenía a mano, en madera, pues al natural, escenificados?. Claro que lo creo. Y creo que él cantaba muy posiblemente en latín, las mismas canciones que cantaba en el convento de España, o las canciones cordobesas de Semana Santa de su niñez. Lo creo, pues dicen que cantaba mucho, y bien.


Y eso fue su deambular por estas tierras. Cuarenta años tenía cuando se embarcó y veinte años más duró por aquí, evangelizando. Por supuesto lo de la caridad, por supuesto lo de la defensa de los indígenas, por supuesto el buen temple que se le notaba a raudales. Que son esos sus milagros. O sea, que pasó por estas tierras conquistando como un Gran Capitán pero con el crucifijo en la mano en vez de la espada. Y estas son las cosas que hacen la diferencia. Sus paisanos, los cordobeses de Montilla, no se han olvidado de él, y en el mismo sitio donde nació han edificado una iglesia para que nunca más deje las empinadas calles, los geranios en las ventanas, el olor a viñedos y la compasión con los que la necesitan.