Aniceto, o el nuevo look (17 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
La moda, ahora, es que cada cual vaya vestido como le dé la gana. Lo que ocurre es que aparentemente nos vestimos como apetecemos y no es verdad: nos vestimos como nos dicen que debemos vestirnos. El atuendo, por más que queramos, no es de libre elección, como tantas otras cosas que pensamos son elegidas libremente. La libertad de elección, principio fundamental y elemental, se ha convertido en el menos elemental y fundamental de los principios.
No nos vestimos a nuestro antojo. Andamos en la vida siempre en uniforme, es decir, nos identificamos como gheto, como grupo apartado, como perteneciente a... Nos vestimos como la sociedad nos ordena. Uniformes en el trabajo, uniformes en la profesión, uniformes según la escala, uniformes según el estatus... Uniformes. Vamos a la playa en uniforme, porque los atuendos de playa que se llevan son el uniforme de la moda, del modisto, o de quien sea. Hasta la cirugía estética es uniforme, y se nota.
Hay uniformes que sobresalen: los de los militares, por ejemplo; loa de los sacerdotes, por ejemplo; los de los monjes y religiosos, cada cual con el uniforme de su congregación u orden, por ejemplo; los de los pilotos, los de los bomberos, los de la policía, hasta el de los mendigos podemos catalogarlo como uniforme ¿por qué no?. El uniforme es una seña de identidad, una distinción. Pero todo atuendo, en general, es una distinción. Según nos vestimos, somos o aparentamos. Un obrero de la construcción no va a trabajar en corbata, ni un barrendero, ni un mecánico. Por cierto, también los mecánicos se acicalan con su uniforme.
Pareciera que el hombre del común careciera de esta prenda, y también el joven, no el estudiante, porque el estudiante generalmente también se viste con su uniforme. El cabello, tal como lo llevan ahora, se convierte en uniforme. EL ombligo al aire de las muchachas, igual. Y para qué continuar. Nuestro porte está en manos de estilistas, modistas, maquilladores, pasarelas, trajes de idéntico estilo, etc. No nos queda más remedio. Así que eso de voy vestido como quiero, no es exactamente cierto.
No es que este papa, Aniceto, siglo I, haya pasado a la historia por ser el inventor de un cierto uniforme eclesiástico, pero casi. Lo suyo, lo verdaderamente suyo, fue combatir a las distintas herejías que comenzaban a molestar en la época. Y buen empeño puso y más de un disgusto le costó. El martirio incluido.
Pero lo que lo distingue es haber prohibido el cabello largo a los eclesiásticos, el haber inventado la tonsura o lo que vulgarmente se conocía como “coronilla”, el cerquillo alrededor de la cabeza y el rostro rasurada. Las barbas, fuera.
Mucho tiempo duró este uniforme. Hoy día también ha desaparecido. Es posible que en algunos monasterios, y de puertas adentro, todavía se conserve el cerquillo, pero son los menos y no se ve. Ha sido a finales del siglo pasado cuando las monjas, al menos para andar por la calle, dejaron los hábitos y se colocaron otra especie de uniforme casi secular porque, la verdad, era traje de monja. Y con los clérigos, igual: de la sotana se pasó el anglicado clegirman, y de éste al blue jeans, también de modalidad sajona. Así es que el invento de San Aniceto terminó también desapareciendo.
Ya sé que fue santo por otras virtudes, pero no hay que dejar pasar por alto este uniforme por él inventado y que perduró muchos siglos. Una costumbre que parecía intocable también llegó a su fin.