Engracia, por el camino hacia la boda (16 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

Mi tía Engracia conocía esta historia, porque ella se llamaba Engracia y la había leído en un librito de Santos. Mi tía Engracia, se llevaba las manos a los senos cada vez que rezaba a su santa, porque el libro le contó que, cuando la martirizaron, le cortaron los senos. Mi tía Engracia murió envuelta en su mundo de Alzeimer, que no sabemos todavía qué mundo es ese, si el de los recuerdos o el del olvido. Definitivamente el del olvido no, al menos no el del olvido definitivo. Lo digo porque mi tía, ya cuando no había nada que hacer, nada que contarle, nada que recordarle, le enseñabas el librito de la vida de los santos y se llevaba las manos a los senos.


Esta muchacha, Engracia, iba para buen casamiento. Su prometido andaba por Francia y hacia Francia se encaminó, desde Galicia, para con él estar, para con él vivir, para con él gozar. Ocho caballeros la escoltaban. Llevaba cortejo. Tenía que llegar hasta donde su amado con la prestancia y el porte y la alcurnia, y la pomposidad que bodas así requieren. Dieciocho caballeros la escoltaban no solamente para protegerla de bandidos y otras alimañas camineras, de soldados romanos rondando aquellos entuertos, sino también para que el amado viera quién era ella, qué porte tenía, qué elegancia, qué presteza. Era un camino envuelto en alegría y esperanza. Muy contenta avanzaba Engracia en su carroza, escoltada, cuidándose, acicalándose. Los caminos son largos pero el cuerpo tiene que llegar fresco.


Pero no llegó a destino. Se tropezó en Zaragoza y ahí la obligaron a quedarse, muerta, destrozada. Jamás lo sospechó Engracia.


Los cristianos habían florecido como el trigo, gracias al permiso que les concedió Galiano, emperador. Cristianos por todas partes: en los foros, cristianos alardeando de su elocuencia cristiana; en los campos, aldeas y sembradíos, cristianos también en las labores del campo; en las ciudades, cristianos al lado de los paganas y con ellos compitiendo en los quehaceres; en el ejército del imperio, cristianos defendiendo también los intereses del imperio. Y cristianos en los mercados, comerciando. Y cristianos entre los esclavos, esperando la liberación. Cristianos por todas partes como la mies florecida.


Pero hete ahí que Diocleciano, emperador, no comulgaba con esta cosecha, y no deseaba dos fes para un solo imperio. 
- ¡Nada de cristianos!. ¡Aquí no hay más fe que la del imperio!
Engracia era cristiana. Y en Zaragoza, descansando en el camino que la conducía hacia Francia, se topó con el desbarajuste de Daciano, prefecto, estricto cumplidor de las órdenes del emperador.
¿Cómo es posible que hagas lo que haces? ¿Por qué tanta crueldad, tanta injusticia, tanta chabacanería, tanto despilfarro, tanto sometimiento, tanto desenfreno? ¿Es que el imperio solamente sirve para torturar?. Así se enfrentó Engracia en Zaragoza mientras su escolta, sus caballeros, intentaban apaciguarla. Pero ella, adelante con su denuncia. Pero Daciano no era hombre de aguantar insolencias y dio la orden: ¡Ejecútenla!


Y así fue la ejecución: azotes primero, que siempre se ven muy feos en las carnes florecientes de una moza; atada a corcel y arrastrada después, que siempre es crueldad para el escarmiento de los otros; luego cuerpo rajado con garfios; luego clavos en el cuerpo. Y después, los senos. Siempre le dolieron a mi tía Engracia esos senos mancillados de Engracia, la enamorada. Y ni siquiera el alzeimer se los hizo olvidar.