Telmo, el novelesco (15 de abril)

Autor: Adolfo Carreto

 

 

La vida de este hombre es tema de novela, de las mías, y quizá tenga tiempo para escribirla. No hay que poner demasiado empeño en la imaginación. Ganas de meterme con él, tengo; tiempo, no sé.
Me cautivó desde el momento de su bautismo: Iglesia de San Martín, en Frómista, Palencia. Quien sea bautizado en este templo tiene necesariamente que ser santo por obra y gracia del milagro del románico. Esta iglesia de Frómista es del mismo dorado de la tierra, porque la tierra de campos es dorado de trigal, dorado de regadío de verano, dorado de sol castellano para madurar la mies, es dorado de camino caldeado, es dorado contrastando con el cielo azul, es dorado por todos los costados; se mire desde donde se mire, es dorado.
La iglesia de San martín, en la palentina Frómista, es el románico más dorado del camino que se encamina hacia Santiago. Dicen que allí se dio un milagro. Yo no percibo mejor milagro que este dorado castellano de la Iglesia de San Martín donde fue bautizado Pedro González Termo, luego San Telmo, 1185.
En Palencia, estudiante, anda de acá para allá, de posada en posada, de moza en moza, con caballeros de cabalgadura y peto, con juglares de copla fácil y pícara, con trovadores cantantes de canciones propias y ajenas. ¡Qué no hacía en aquel ambiente estudiantil un estudiante de su talla, con dinero en el bolsillo, con ganas de juerga y de empinar la bota, con apuestas en torneos, con bulla de día y de noche y, además, con la complacencia de su tío, obispo! No había en Palencia doncella o rufián que no tuviera que ver con él. No había pendencia en la que no se metiera. No había juerga que no protagonizara. No es que fuera libertino, era palentino rico de la época y estudiante, que es mucho decir.
Su tío, el obispo, lo quería para altos vuelos, y lo hizo canónigo. Y para festejarlo, la gran fiesta. Cabalgatas, comidas, bebida, coplas. Una fiesta medieval para que su bautismo en Frómista no prosperara. Pero su cabalgadura se encabritó y el muchacho se vino al suelo. Nada se fracturó, únicamente el orgullo. Le dolieron más las burlas de la concurrencia que las magulladuras de la caída. Y comenzó el otro cuento.
Palencia no era solamente donde él vivía. Se lo enseñaron los dominicos, a cuya puerta del convento llamó. Le contaron lo de Domingo de Guzmán, también como él estudiante, también como él canónigo. Le hablaron de los cátaros. Y Pedro González comenzó a entrar en otra razón. De ahí hacia la predicación ya solo un paso. De ahí a que los moros no avanzaran desde el sur, otro paso. De ahí a enamorarse de Galicia el paso último.
Cuentan de él los gallegos todos los milagros, pero no me fío, porque los gallegos son muy milagreros sobre todo a la hora de contar. En cualquier recodo lo mismo ven a una meiga que a un santo. Pero lo que cuentan es que por allí, por esas tierras de verdor y marinería, Telmo ordenaba a las nubes y lo obedecían, si las tormentas se empeñaban las aplastaba, si el Miño le cortaba el camino lo atravesaba a pie, si no había comida para los que la necesitaban la conseguía milagrosamente. Esto sí lo creo: conseguir comida siempre es un milagro. Hasta dicen que predijo el día y la hora de su muerte. Sí es verdad que los marineros siguen viéndolo reflejado en el fenómeno eléctrico. ¿Será porque un día quisieron tentarlo con moza lozana y él se tiró a la hoguera para no caer en la tentación? Porque de tentaciones, Telmo sabía mucho antes de llegar a Galicia, cuando trasnochaba por las calles estudiantiles de Palencia.
No hay quien me quite de la cabeza que a este santo le marcó su vida el románico de la iglesia de San Martín, en Frómista, donde fue bautizado. Porque Frómista es descanso del camino castellano que va a Santiago de Compostela.