San Juan de Brito, el portugués (3 de abril)
Autor: Adolfo Carreto
¿Cómo no iba a ser misionero si su madre le dijo que vivía por el milagro de San Francisco Javier, misionero como el que más?. Estaba muriéndose el chaval, y la madre, como toda madre que se precie, y en esto todas se precian, acudió con el hijo enfermito, pero de consideración, y le dijo al santo:
- Haga algo por mi hijo.
Y el santo, lo que hizo, pues fue que siguiera viviendo. Milagro o no, lo cuenta la madre, y para la madre es milagro, y para Juan también, porque se lo dijo su madre y no hay que buscar más argumentos. Y no es que su familia no lo hubiese encomendado a los mejores galenos, claro que sí, pues dinero no les faltaba, influencias en la corte tampoco, y ganas de sacar a aquel muchachito adelante menos. Pero los galenos a veces se encuentran con estos misterios y el niño no medraba. Así es que la madre acudió a quien tenía que acudir; a Francisco Javier. Así es que no hay quien le quite a Juan que su continuidad en la vida era un milagro.
Cuando comunicó que quería seguir los pasos del misionero jesuita sus allegados se echaron las manos en la cabeza. El no era joven para las iglesias, menos para las misiones. Y si de dar gracias a Francisco Javier se trata, pues hay mil maneras de hacerlo: contribuyendo con dinero a las misiones, por ejemplo, encargando misas diarias, por ejemplo, rezando también si es menester. Pero su vida estaba para otros destinos.
No hubo manera de convencerlo. Así es que una vez jesuita tomó mar y con otros dieciséis misioneros, tan jóvenes como él, echaron rumbo a la India. Lo del viaje largo, y por mar, pesado y peligroso, ya se sabe. Pero lo que no se sabía era que para entrar en tierra desconocida no hay que entrar solamente por puerto, sino con la disposición de estar en aquella tierra. Y se percató de inmediata de que sus ropas no servían, de que sus costumbres culinarias tampoco, de que sus modales y su tono de voz, menos. Y tomó la determinación de vestir a la usanza, de hablar como Dios manda para que se le pueda entender, de gesticular, saludar, palmotear como los hindúes. Inclusive de practicar la religión con los signos que los religiosos hindúes utilizaban en sus ceremonias.
- Oficiaremos la misa sentados en el suelo, sobre los tobillos, porque así es como ellos se postran ante sus divinidades.
Y así fue. Y así predicó. Y así ofició.
Pero no todo era coser y cantar. Cuando convirtió al jefe, una de las concubinas del mandamás tomó venganza.
- ¿Qué es eso de que yo no soy su mujer? ¿Qué me importa a mí la religión que predica? ¿Por qué viene este europeo a quitar nuestras costumbres?. Además, de santo nada tiene. Una cosa es lo que dice y otra lo que hace. O no lo he visto yo haciendo de las suyas.
Lo de siempre. La venganza. La envidia. Y la mujer armó el cotarro para que se le acusara de todo lo habido y por haber, entre otras cosas de colonizador, de impositor de las creencias, de irreverente con los dioses autóctonos. Y ganó la partida. Juan de Brito fue condenado primero a cárcel, luego a la decapitación. Y así murió: decapitado. En lugar público. Aplaudido por los secuaces de la concubina.
Y es que la muerte de los mártires puede llegar por el camino que menos se espera.