Amnistía por amor 

Autor: Rafael Ángel Marañón    

 

Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico,

Sino los enfermos.

No he venido a llamar a justos,

 Sino a pecadores al arrepentimiento.

(Marcos 2:17).

Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.

(Romanos 5:8).

 

 

Los principios más elementales el evangelio llegan, a veces a las gentes (y más si son sencillas), más efectivamente que las grandes predicaciones. Es cierto que debemos emplear toda nuestra capacidad expresiva, para exponer dignamente el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Pero hay veces en que por la causa que sea, una sola frase, un aporte bíblico a tiempo, una acción como al desgaire, hacen enorme impresión entre los que andan perdidos.

Es también muy cierto que preferimos hablar en grandes foros, más que en pequeñas entrevistas o conversaciones improvisadas.

Jesús habló ante grandes multitudes (sin micrófono), y también ante personas particulares, en secreto algunas veces. Él nunca rehusó dar su parecer en cualquier cuestión que se le presentó, y supo inhibirse cuando lo que había que dilucidar no era cuestión espiritual, añadiendo a continuación la recta posición que procedía, en aquel momento y argumento propuesto.

Ante una petición irrazonable supo contestar de forma magistral, como correspondía a su sapiencia de hijo de Dios: Le dijo uno de la multitud: Maestro, di a mi hermano que parta conmigo la herencia. Mas él le dijo: Hombre, ¿quién me ha puesto sobre vosotros como juez o partidor? Y les dijo: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. (Lucas 12:13).

Tal es la fuerza (dynamis), del evangelio como verdad de Dios y potencia de Dios. Solo unas gotitas del maravilloso elixir de la gloria, y hombres recios y anteriormente brutales, salen de su estado y se entregan a Cristo de forma irreversible y sin condiciones. Es sorprendente comprobar los muchos hombres nuevos que sabe hacer el Espíritu, con unas dosis tan pequeñas de gracia divina.

Jesús trajo un objetivo a la tierra, que había sido preparado y diseñado hasta el último detalle por el Padre. Para Jesús se trataba solo de hacer exactamente lo que el padre le hablaba. Él nunca dudó de que lo que su Padre ordenaba, era lo que convenía. No trató de averiguar los propósitos que el Padre en su potestad había determinado. Solo hizo, lo que es ejemplo para todos nosotros. Entrar en la voluntad de Dios.

Solo haciendo eso es como también nosotros, los que le amamos, adquirimos poder para poder testificar con eficacia y poder. Él lo hizo y la cosecha ha sido inmensa. Ya lo decía la profecía: Yahvé quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Yahvé será en su mano prosperada. Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos, y llevará las iniquidades de ellos. (Isaías 53).

El pan que nos da Dios de comer, ya no es el maná del desierto, sino el verdadero pan del Cielo (Cristo) que alimenta nuestra vida integral, y no solo nuestros cuerpos. Es la fuente de agua viva, que no dudó en su infinita angustia, entregarse a la voluntad de su padre, el Dios Creador y sostenedor. Aquello implicaba sufrimiento; humillación aun más terrible, que la que significaba descender del seno de su Padre y abajarse a hacerse humano. Todo lo soportó: Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su propio camino; mas Yahvé cargó en él el pecado de todos nosotros. (Isaías 53).

Así pues, comprobamos que el evangelio es recibido con más alegría por los pecadores que se reconocen perdidos, y contemplan como Jesús le saca de su atolladero en que sufrían y gemían en su alma, y les ha dado un horizonte nuevo y una nueva vida por toda una eternidad. Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. (Romanos 5:8).

Lo que se creen justos, fían más de su propia justicia que del amor de Dios, que incondicionalmente nos da la vida, y nos indica el buen camino para nuestra dicha. Dice el apóstol: Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. (Santiago 1:5).

Dios no hace las cosas a medias, porque eso no va con su grandeza. Si perdona, es que ha perdonado para siempre. No hay alma contrita que yendo a Dios con arrepentimiento, no encuentre una amnistía total y eterna. Los pecados han sido borrados para siempre. Ese es el estilo de Dios, y el que corresponde a una tan grande sabiduría, amor y poder.

El Evangelio no es una ley antigua, actualizada y mejorada, o un medio de salvación por buenas obras (las cuales son imprescindibles), pero más permisivo que la Ley antigua. Es por este concepto, por lo que hay confusión en conocer a las personas por la cuales murió Cristo.

Tal como el fariseo que oraba ellos creen que el evangelio de Jesús, es solo para personas muy morales, y de vida recatada y sobria. ¿Es malo eso? se pueden preguntar algunos. No se trata de que menospreciemos las virtudes ciudadanas y personales de gentes que, por una u otra razón o ideario más o menos correcto, se portan con mayor justicia que el común de las gentes

De lo que se trata es de que no es una cuestión abstrusa y escondida, solo para teólogos y gentes instruidas en los misterios de Dios, sino para los que ignorantes, descuidados o pervertidos “necesitan angustiosamente” la salvación, pues están absolutamente perdidos.

¿Quieres apoyarte en tu justicia y bondad? Pues entrégate a Dios en el juicio con esas “credenciales”. Ya verás para lo que te sirven. ¿Compararemos en el juicio nuestras “bondades” con la inmensa justicia, sabiduría, y bondad de Dios? No quiera Dios que presentemos justicia propia, sino nuestras debilidades y errores, para que él sea tenido por justo en sus juicios. 

¿Presentarse ante el Trono divino exhibiendo pequeñas o grandes obras que en nuestra carne hemos hecho, para poner en la balanza ante la piedad de Dios? De ninguna manera; antes bien sea reconocido Dios, veraz, y todo hombre mentiroso; (Romanos 3:3). Así, Dios desbordará amor y misericordia.

Las obras buenas, “consecuencia” de la acción el Espíritu, son solo obras que serán recompensadas, en la medida en que sean hechas en Dios. Pero la salvación y todo lo que trae consigo, solo es por entregarse a la Gracia y a la bondad de Dios. El instrumento solo es eso; instrumento o herramienta, dócilmente dispuesta en manos de Dios, que no es poca cosa. Bástenos eso.

¿No te sientes suficientemente puro y digno, y reconoces tu flaqueza para practicar la perfecta justicia que el hombre irredento no es capaz de realizar? Ve a Cristo. Ve sin miedo. No habrá reproche, no habrá acusación. Cuéntale a Jesús tus pecados, aunque estos sean más negros que el carbón.

Cuéntaselo todo… por que todo lo sientas. Por que todo te atormenta, te aprisiona, te asfixia sin compasión. Todo el mal que has hecho, te castiga ahora con toda crueldad, y no sabes como huir de esto. ¿Adonde iré? te dices a ti mismo. Entrégate a Cristo como si te entregases a un tribunal. De este solo esperarías una condena de muerte. Estás dispuesto a asumirla, pues necesitas descanso, aunque sea el de la muerte.

Pero ¡oh sorpresa! Resulta que Jesús no te riñe, no te reprocha,… no te condena. Su nombre es Jesús, y Jesús significa Salvador.  El te recogerá del barro donde gimes, y te levantará, te limpiará, te vestirá de fiesta , y te llevará a su banquete eterno, por que es todo misericordia, y conoce los entresijos de los corazones humanos.

Por eso el Evangelio es tu salida. La ley la has transgredido como todos. La ley estaba hecha para premiar a los perfectos, a los buenos, pero desde luego vemos claramente, a poco que pensemos, que esta traía bendiciones para los inocentes, pero ¿donde estaban los inocentes? ¿O es que mentía el profeta cuando decía?: Si bien todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento. (Isaías 54:6). Solo Cristo era la solución, y esa es la que el Padre proveyó en su misericordia y amor por sus criaturas perdidas.

 

AMDG.