Propósito y acción

Autor: Rafael Ángel Marañón

 

 

Y dijo el Señor:

¿A qué, pues, compararé los hombres de esta generación,

Y a qué son semejantes?

     Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza,

Que dan voces unos a otros y dicen:

Os tocamos flauta, y no bailasteis;

Entonamos endechas, y no llorasteis.

     Porque vino Juan el Bautista,

Que ni comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio tiene.

     Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís:

Este es un hombre comilón y bebedor de vino,

Amigo de exactores y de pecadores.

 (Lucas 7:31 y ss.).

 

Es un hecho, lamentable pero cierto, que los cristianos en su andar diario, suelen caer en las mismas malas costumbres que los incrédulos, y esto por que la continua exposición a los usos y formas de ver la vida de ellos, es difícil de contrarrestar en el terreno mundano de los negocios y de las relaciones.

No son pues ociosas ni dejadas caer como al desgaire, las palabras de Jesús cuando decía: Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil. (Mateo 26:41). Y es cierto que el verdadero creyente, tiene muy en cuenta esas palabras; asimismo también las entiende y asume, por que soporta cada día el verdadero significado de ellas.

La tentación nos rodea, como nos rodea el aire que nos envuelve o el agua en la que se mueve el pez. Es pegadiza como la brea, y ensucia cada paso que damos sin la correspondiente cautela. La carne es débil, decía Jesús. Es muy cierto, y hay que andar siempre vigilando, como cuando se vigila a un niño, sin dejarle ir por donde quiera, que casi siempre es un peligro para él.

En cuanto se refiere a la tentación y a las inclinaciones egoístas y pecaminosas, la “carne” es fuerte, y arrastra tras de sí a los descuidados. Es de una fortaleza que impele, a la vez que atrae de forma arrolladora a los hombres, a cometer toda clase de desafueros, que comprobamos cada día hojeando cualquier diario.

Menospreciar la fuerza de la “carne”, es no darse cuenta del poder que tiene sobre nosotros si le permitimos su acción, y es por eso que Jesús nos previene. La “carne” es débil por cuanto siempre esta dispuesta al mal. El Espíritu es fuerte, y nos impide caer en las acechanzas de la “carne”, pero ¡Ay del que se descuida! Comprobará en su misma persona, y para su mal, su terrible potencia.

Cuando hablamos de la “carne”, tratamos de  calificar con esta palabra, no solo los pecados naturales de nuestra condición humana sino todas las tendencias, que llamamos naturales, hacia los extravíos fuera de la acción del Espíritu Santo.

En esta condición de perdidos, utiliza las potencialidades (que Dios nos otorga), de forma desordenada, con descarada desconsideración a las palabras de Dios y a sus instrucciones para bien. Restringir la acción continua del Espíritu de Dios  en nosotros, nos hace débiles y vulnerables a cualquier tentación grande o pequeña.

La palabra que podemos, coloquialmente, llamar de “mágica” es… ¡velad! Esa es la palabra a tener en cuenta en todo momento. El enemigo está dispuesto siempre. Como el agua entra por cualquier rendija o grieta de un barco, así la tentación está sinuosamente, acechando el menor resquicio que encuentre en nuestros descuidos.

No solamente tenemos que tener en cuenta la palabra de verdad para lo que es descuido o desidia, es también necesario tenerla en cuenta, para los que en su celo por la religión hacen obras, tal vez con la mejor intención, pero tratan que otros los secunden en sus acciones, declarándoles reluctantes y opositores, si no colaboran como ellos esperan.

Estos llamados reluctantes, no son personas duras o indiferentes, simplemente es que tienen asentados sus propios designios espirituales, y no los cambian a cada solicitación que se les hace, por los que dicen tener una “visión” que de pronto se les ha ocurrido.

No son cañas agitadas por el viento, sino hombres de fe que pueden, o no, colaborar en alguna nueva obra, siempre que sus designios piadosos no tengan que ser modificados por otros. Hay gentes, deficientemente dotadas y conocimientos de corto alcance, deficientes, que pretenden manipular la fe o las capacidades de otros. No lo hacen de mala fe, pero sí es cierto que lo hacen.

Semejantes son a los muchachos sentados en la plaza, que dan voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos, y no llorasteis. Esa es la forma de ser de algunos, cuando los demás no corren tras sus acciones, sean estas, empresas espirituales buenas, o extravíos mentales del momento. Eso es lo que vulgarmente se dice que es invitar a, “bailar al son que tocan”.

Ese no es el carácter del cristiano maduro y reflexivo. ¡Cuantas obras se comienzan en momentos de exaltación visionaria, para dejarlas caer tan pronto como se presentan las inevitables dificultades, o surge otra “visión” que al momento parece surgir más interesante!

No es ese el método de Dios que hace lo que se propone desde tiempos lejanos, y la palabra es inalterable pasen años, siglos, o milenios. Para empezar la obra, no tenemos que acudir a son de flauta ni cosa parecida, sino reflexivamente, con oración, meditando cada paso, hacer lo que se debe en comunión con la Iglesia, y con el debido asesoramiento de personas cualificadas.

Así, lo que empieces, tendrá vigencia si eliges según tus facultades y bajo consejo de expertos, aunque la decisión final la tomes tú, como responsable ante Dios.

Toquen flautas, o llamen de la manera que quieran, el mundo el diablo o la “carne”. Nosotros solo hemos de aplicarnos a la tarea que nos propusimos de servicio y salvación, y dejarnos de aventurillas que, al poco tiempo de ser emprendidas, se abandonan por esto o por aquello.

Cuando Jesús hablaba del Bautista, preguntaba con cierta ironía: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están.

Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. Porque éste es de quien está escrito: He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz, El cual preparará tu camino delante de ti. (Mateo 11:7 y ss.).

Tanto Jesús como Juan el Bautista tuvieron claro, a través de incesante comunicación con el Padre Eterno, la misión a desarrollar y de ella no se apartaron un ápice. Ni las burlas, ni los halagos, ni ninguna otra clase de incitaciones les movieron del camino que se habían trazado, y que era ni más ni menos que la misión que Dios Padre les había encomendado.

No les faltaron momentos de desfallecimiento, como hombres que eran, pero aun así siguieron su llamado, y cumplieron hasta el final el propósito del Padre a través de ellos. Se tomaron su tiempo de reflexión y de adiestramiento, junto con la comunicación constante con Dios Padre, y cuando llegó su hora acabaron lo que empezaron, de forma perfecta.

No hago más comentario. “A buen entendedor, pocas palabras bastan”. No somos tan originales. No somos capaces ni de ser imitadores de lo bueno.