La Iglesia eterna

Autor: Rafael Ángel Marañón

 

 

  para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él,

alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos,

     y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza,

     la cual operó en Cristo, resucitándole de los muertos y sentándole a su diestra en los lugares celestiales,

     sobre todo principado y autoridad y poder y señorío, y sobre todo nombre que se nombra, no sólo en este siglo, sino también en el venidero;

     y sometió todas las cosas bajo sus pies, y lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia,

     la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquel que todo lo llena en todo.

Efesios 1:17 y ss.

 

 

Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes

Efesios 6:12.

 

 

La Iglesia tiene (tanto ahora que los medios de comunicación así lo señalan por activa y por pasiva) una misión entre tantas, y es la de mantener a toda costa el mensaje de Jesús, desarrollado por Pablo aun antes de que los evangelios fueran escritos. La verdad a toda costa, a todo trance, a toda presión, y a toda tentación.

El camino es áspero a veces porque hay muchos escrúpulos y suspicacias. “¡Que lejos estamos! cristianamente lejos, de la demasiado justamente criticada «sumisión a la voluntad de Dios», que podría, hecha en nosotros y por nosotros, templar el buen acero de la voluntad humana rendida a Dios, y blandida contra las fuerzas de las tinieblas y el debilitamiento”. Teillard de Chardin.

La marcha de la Iglesia ha de ser comprometida y a veces las acciones de los hombres de Dios son mal comprendidas por muchos. Solo hemos de admitir que hombres en todo tiempo, amando a la Iglesia, mostraron posturas discutibles y en su tiempo despreciadas, pero de unas repercusiones tanto positivas como negativas innegables.

Ahora estamos empezando a percibir de nuevo la persecución y la oposición obstinada al mensaje cristiano. Nosotros mismos lo hemos ayudado a traer con nuestra laxitud y nuestra indiferencia, como si la Iglesia no fuéramos nosotros y no algo ajeno a cada cristiano.

La pasividad de los cristianos y la relajación de las costumbres han corrompido la sociedad en que vivimos. Tenemos muchas cosas buenas que consumimos, y otras no tan buenas o por lo menos superfluas.

En la historia Bíblica vemos como cada vez que crece la riqueza y el abandono del rigor personal de fidelidad al pacto, a la alianza con Dios, es cuando se pudren las raíces de los pueblos y llega, más o menos violentamente, la destrucción y desaparición de las culturas y pueblos enteros.

De ahí ahí la insistencia de Yahvé, por medio de los profetas, en la pureza de la fe y la alianza, como único medio de la preservación de la vida del pueblo entero, sin consentir las “manzanas podridas” en el cesto de su fruta, es decir, en el pueblo que él se había proporcionado.

Solo añadiremos algo que leí hace muchos años por una persona que hoy es titular del mayor honor que existe en el cristianismo. Juzgue el lector.

«Una sociedad que hace de lo auténticamente humano únicamente un asunto privado, y que se define a sí misma en una total secularización (que por otra parte se hace inevitablemente una pseudoreligión y una nueva totalidad esclava), una tal sociedad se hace melancólica por esencia, se convierte en un lugar propicio para la desesperación. Se funda de hecho en una reducción de la verdadera dignidad del hombre».

«Una sociedad cuyo orden público viene determinado por el agnosticismo no es una sociedad que se ha hecho libre, sino una sociedad desesperada, señalada por la tristeza del hombre que se encuentra huido de Dios, y en contradicción consigo misma».

«Una Iglesia que no tuviese la valentía de evidenciar el valor, incluso públicamente, de su visión del hombre, habría dejado de ser la sal de la tierra, luz del mundo, ciudad sobre un monte».

«Y también la Iglesia puede caer en la tristeza metafísica-en la acidia-: un exceso de actividad exterior puede ser un intento lamentable de colmar la íntima miseria y pereza del corazón, que siguen a la falta de fe, de esperanza y de amor a Dios y a su imagen reflejada en el hombre».

«Y puesto que no se atreve ya a lo auténtico y grande, tiene la necesidad de ocuparse de las cosas penúltimas. Sin embargo ese sentimiento de “demasiado poco” permanece en crecimiento continuo». (Sic) Joseph Ratzinger.

Estas palabras se escribieron hace muchos años y las extraigo de un casi perdido “libro viejo”, titulado ”Mirar a Cristo”, pero son hoy tan actuales como cuando fueron escritas por un joven teólogo, entonces casi desconocido. Hoy es Benedicto XVI.