Orar con los salmos
Autor: Padre Eusebio Gómez Navarro OCD
Un padre conciliar del Vaticano II se atrevió a sugerir que en la oración oficial de la Iglesia se prescindiera de los salmos. Encontraba, como muchos otros, dificultades en la comprensión de esta oración.
La oración con los salmos es una de las oraciones más recitadas a través de los veinte siglos de cristianismo. En los salmos podemos encontrar la experiencia religiosa y humana del pueblo de Israel y cómo Dios revela el misterio de su existencia. Los salmos nos hablan de la relación muy personal que tiene el pueblo con su Dios: amor, fidelidad, confianza. El Concilio Vaticano II ve en la alabanza sálmica “la voz de la esposa (la Iglesia) que habla a su esposo” (SC 84).
Los salmos son la obra maestra de la oración en el Antiguo Testamento. Esta oración individual y comunitaria brota de la misma vida y recuerda todos los acontecimientos salvíficos del pasado, haciendo continua memoria de las promesas de Dios, de las maravillas realizadas con el pueblo.
El salterio se ha convertido en el libro de la oración cristiana de la Iglesia. Es una oración propia del pueblo de Dios que camina en el hoy y que acoge toda la riqueza de siglos pasados. “La razón por la que este libro es el más usado en la Iglesia es que contiene en sí toda la Escritura… Su fin es el de hacer rezar, elevar el alma a Dios a través de la contemplación de su majestad infinita, a través de la meditación de la excelencia de la eterna bienaventuranza, a través de la comunión con la santidad de Dios y la imitación efectiva de su perfección” (Santo Tomás).
En 1979 escribía el cardenal Casaroli, en nombre del Papa, a la Semana Litúrgica Nacional de Italia: “Es necesario comprender amar y gustar las riquezas del Oficio Divino para obtener de él el alimento de la vida espiritual y de la contemplación”.
Sin embargo, no siempre han sido apreciados y a muchas personas les cuesta orar con ellos, ya que su lenguaje refleja una realidad de otra época. Una catequesis adecuada puede ayudar a comprender y saborear la gran riqueza que los salmos encierran, un tesoro de toda la humanidad y a orar desde nuestro hoy.
Los salmos son un diálogo entre Dios y el ser humano. Los salmistas nos presentan a un Dios vivo y cercano, que interpela y responde, que escucha las oraciones de alabanza y de súplica, de admiración, de duda, de grito, de esperanza... Los salmos son una guía de oración donde se reflejan todos los momentos de la vida humana. Desde nuestra realidad y situaciones de dolor y alegría, de triunfo y desencanto debemos invocar a Dios. Los salmos expresan las circunstancias de la vida, la alegría de las buenas cosechas, la alegría de subir a Jerusalén a celebrar al Señor. Subir a Jerusalén no es cambiar de lugar, sino de corazón, ya que “vale más un día en sus atrios que mil en mi casa” (Sal 84). Y el Dios de los salmos es el Señor en todas las circunstancias.
Los salmos hay que leerlos desde la vida y poder traerlos al momento actual. Santa Teresa de Jesús, en carta del 31 de enero de 1579 a las carmelitas de Sevilla, aplica a sus enemigos las palabras del salmo 140: “y verán cómo antes de mucho se tragará el mar a los que nos hacen la guerra, como hizo al Rey Faraón, y dejarán libre a su pueblo”.
Jesús es la clave para entender los salmos. Cristo ora al Padre y se presenta para cumplir sus designios, a él le pregunta por qué le ha abandonado (Sal 21, 2) y a sus manos encomienda su espíritu (Sal 31, 6). Jesús utilizó los salmos en innumerables ocasiones. Ilustra con el salmo 35 su propia serenidad ante los incrédulos, anuncia la Eucaristía con una referencia del salmo 78, 84, anuncia la traición del que “come su pan con él” con las palabras del salmo 41.
Los Padres de la Iglesia cuando interpretan los salmos lo hacen como los entendieron los apóstoles y los autores del Nuevo Testamento. San Ambrosio afirma que cada versículo es un universo, es un pozo de infinita sabiduría, digno de que sea contemplado indefinidamente.
En todos los salmos hay unos rasgos constantes como: la simplicidad, la espontaneidad de la oración, el amor del creyente para con su Señor. Aunque hay muchas clases de salmos, la oración de éstos está orientada hacia la alabanza. “El salmo es bendición pronunciada por el pueblo, alabanza de Dios por la Asamblea, aclamación de todos, palabra dicha por el universo, voz de la Iglesia, melodiosa profesión de fe” (San Ambrosio).
Los salmos fueron escritos en otra época y otra cultura distinta de la nuestra. Para poder comprenderlos mejor necesitamos, dice el P. Maccise, dar estos tres pasos:
a) Colocar la oración en el ambiente que se compuso para entender su sentido y ver qué clase de salmo es: súplica, alabanza.
b) Leer la oración a la luz del Nuevo Testamento que nos trae la plenitud de la revelación y nos aclara el Antiguo Testamento.
c) Leer la oración desde nuestro tiempo y desde nuestra situación, es decir, conectar la oración con la vida. Todas las oraciones de los salmos nacieron en otro ambiente y en otro lugar, pero describen las mismas situaciones humanas en las que vivimos hoy: sufrimiento, alegría, guerra, problemas, paz, injusticias.
Diversos tipos de salmos expresan distintos estados de ánimo, situaciones o actitudes. Según las formas de oración podremos distinguir en los salmos tres formas principales: himnos, lamentaciones cantos de acción de gracias, y súplicas.
“A gritos, imploro al Señor”(Sal 142) A gritos oraba David desde su cueva cuando se encontraba muerto de miedo. El mismo Jesús lanzó, con un grito al Padre, su última oración en la Cruz. “En los momentos de peligro es necesario no perder tiempo en discutir, sino actuar lo antes posible y de la forma más eficaz” (Julio César).
Al orar, en cualquiera de estas formas o métodos, necesitamos hacerlo con fe para que el diálogo con Dios sea fructífero.