Para crecer juntos...

Una luz necesaria

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

 

Ocultar los temores es crear unos mayores que vencen y doblegan. Los Apóstoles habían caído en un desanimo total. La mirada fresca de la cruz del gólgota los hacía temblar. Ellos no podían, ni tenían fuerzas para comprender todo aquel episodio que en una tarde o mejor dicho en un anoche y tarde se les presentó. Por eso no puedo condenar a esos primeros cristianos, pues el día que murió mi madre también quise correr, gritar y preguntarle a Dios mil veces ¿Por qué?

 

            Lo importante era volver a esa Carta de los Hebreos 10,34 donde hay un reconocimiento al recuerdo de haber comido y bebido con él después de la Resurrección. Es una buena forma para volver a la realidad. Jesús fue visto. No era ningún aparecido o fantasma. Era alguien real. Ese alguien es Jesús. Ante esta verdad el salmista tiene que gritar: “Éste es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117)

 

            Cuando los apóstoles descubren, en medio del terrible dolor, a ese Jesús vivo aprenden a perder y a sacar de esa pérdida una muestra segura para continuar el camino. Es como la poca agua que se toma en el paso de la caminata larga que tiene que continuar y con ese sorbo basta para proseguir. Ellos, afectos a Jesús en sus días de gloria: agua por vino, pocos panes y peces en mucha comida, la mirada del ciego de nacimiento o la carrera del cojo frente a sus piernas sanadas, lo están comprendiendo pero les toca mirar un poquito más allá de los simples temores o caprichos de los débiles de correr o esconderse. Al mirar a lo alto despiertan la fe y es, cuando de forma clara, pueden ver gracias a la luz de la resurrección la gran verdad. Por eso en Colosenses 3,1-4 leemos:”Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo”. No es lo rastrero lo que indica la fuerza de esa luz, sino la mirada grande y amplia para ver más allá del dolor en el olor de la sangre en la muerte de Cristo, sino descubrir con la claridad de esa luz una gracia nueva y más fuerte: la Resurrección para dar abrigo y despertar una nueva vida en cada uno de los apóstoles.

 

            Recordemos que esta luz se hace necesaria porque no estaban preparados para contemplar tanto dolor y “tragedia” Esa Resurrección no estaba dentro de sus pensamientos y no es que la rechacen, sino que tardan en asumirla y amarla. Es, pues, esta luz la que les aclara todo lo sucedido (Juan 20,1-9).            

Descubren que sus vidas no están perdidas.

Descubren que lo sucedido a Jesús es una continuación de su obra y de su mensaje.

Descubren que la muerte no puede con Jesús y él la vence con la vida de la cual Jesús les había hablado pero ellos no entendieron.

Descubren una fuerza mayor a aquella del gólgota del dolor.

Descubren una vuelta a la unidad para buscar la fusión de llevar el mensaje a todos.

Descubren que ese dolor será realidad en cada uno y por tanto no volver a correr.

Descubren que la realidad dolorosa de la muerte no es el final sino un paso más para que el anuncio gozoso sea conocido por todos.

Descubren e interiorizan que el sufrimiento es parte del equipaje de ese anuncio vivo frente al temor por la dolencia y la persecución.

 

            Esa luz, no es otra cosa, que la fe despierta, clara y animada que sale de la oscurana del miedo y se profundiza en las primeras luces de una nueva vida que jamás será igual y menos encerrada. Es una especie de cambio trascendental en cada uno de los Apóstoles para que emprendan un largo camino hasta nuestros días. La luz sigue iluminando estos días y la consigna es seguir y no temer.