Para crecer juntos...

Todo engaño hace daño

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

La zorra y la liebre.
Dijo un día una liebre a una zorra: 
-- ¿Podrías decirme si realmente es cierto que tienes muchas ganancias, 
y por qué te llaman la "ganadora"?
-- Si quieres saberlo -- contestó la zorra --, te invito a cenar 
conmigo.
Aceptó la liebre y la siguió; pero al llegar a casa de doña zorra vio 
que
no había más cena que la misma liebre. Entonces dijo la liebre:
Al fin comprendo para mi desgracia de donde viene tu nombre: 
no es de tus trabajos, sino de tus engaños
(Fábulas de Esopo)


Ser engañador por oficio o por imitación es aberrante y algo decepcionante. Se siente mucho dolor cuando una esposa descubre a su adorado esposo con otra mujer. El desencanto es tal que nunca se olvida por mucho que se intente. Aunque tengo que afirmar que el perdón se debe imponer por encima de todo para poder seguir bien y llegar a ser feliz.
Pero, repito, es tal la desilusión que ese hace una carga por muchos años.
Por so el engaño es malo y deja mucho lastre que nos toca lentamente ir botando.

En nuestro ambiente machista y convencional donde todo se permite y a nuestros hijos varones los estimulamos “Con las mujeres para adelante, no las pelen” , mientras que a nuestras hijas “ojo avizor que ellos son unos bandidos”. Se hace muy difícil convencernos que el engaño es una pifia – plaga muy mala y que se contradice con nuestros valores cristianos.
Necesitamos razonar de forma bien cuerda para entender que el engaño no hace bien y que en definitiva seremos descubiertos por el lado que menos pensamos. Todos conocen la rapidez y lo saltarina que es una liebre y ella se jacta de burlarse de los cazadores, pues de agujero y agujero va jugando a las escondidas, pero se olvida que debe salir a buscar alimento y allí está el cazador preparado para hacer daño. Eso nos pasa e nosotros, sabemos que la candela quema y deja huellas muy feas y metemos el dedo en la vela o agarramos los carbones de los problemas a diario. Después nos quejamos que la vida nos jugó una mala jugada o que estamos de mala racha y por eso recurrimos a la treta, y lo que viene a ser peor intentamos que los demás nos disculpen sin más ni más.

El Padre Cadona Meyer, que Dios tenga en su gloria, bibliotecario en 
el seminario santo Tomás de Aquino, en las colinas de Toico en Palmira, solía decir: ¡Caramba Chico, en el día de la quema se verá el humo!” El engaño no se puede ocultar es como un estornudo, o un dolor de estómago o el dinero mal habido. Muy dificultoso de esconder es el engaño por su misma configuración: se debe planificar, estudiar, esperar el momento y ejecutarlo con frialdad y riesgo, a la vez que aceptar sus implicaciones a la hora de la verdad. En estos días observaba por la televisión a un delincuente encontrado con las manos en el transgresión llorando y enseguida me dije: Ahora si va a llorar, porqué no lo pensó antes de cometer esa falta. Somos muchos los que después de caer es que empezamos a tomar conciencia, pero ya es tarde como el caso de la liebre. 

En el ejercicio diario de la catequesis desde el púlpito hago uso de
recordarme y recordar a los fieles la necesidad de valorar lo que estamos haciendo y que un engaño parte desde la suma de unas mentiras muy pequeñas e inofensivas. De esos pequeñísimos pecados veniales, casi invisibles, se va tejiendo la red del engaño que nos va a producir más adelante muchos dolores de cabeza. Son tan dolorosos que terminamos solos y desesperados, por cierto, herramienta que el diablo vende a muy alto precio, pues quien
la compra o ya la tiene ya no vive, sino que es un zombi alado por las cabuyas de la sombra de la destrucción que no puede ver “ojos bonitos en cara ajena”

La vida es más que una carrera o simple juegos de un par de dados 
donde la buena o la mala “suerte” definen nuestro avance. No, la vida es el resultado del amor de Dios en la libertad del ejercicio de valores que nos hacen encontrarnos, crecer y solventar todas las dificultades como vencer el engaño que se nos quiere imponer. Pues es muy fácil caer y hasta resulta, muchas veces para los cerrados y obtusos, un bien el ejercer el engaño ya que le produce dividendos. ¿Pero, por cuánto tiempo? ¿Es que acaso la liga que ajusta la careta no se vence y se nos descubre el rostro de la verdad? ¿O es qué un engaño dura mil años y cuerpo que lo resista? 

La gente llora por muchas razones, pero los que han sido desenmascarados lloriquean toda la vida. Primero, porque creían que nunca serían descubiertos. Segundo, porque jamás se imaginaron vivir en medio de una soledad que los acusa y les recuerda a cada instante sus faltas y malas acciones, especialmente con la familia que es la que más sufre y padece
este aberrante proceder. Ojalá la “tonta liebre” frente a la “fina y
tramposa zorra” nos haya enseñado lo malo que es vivir en el engaño, que no es otra cosa que vivir sometidos por la mentira que imposibilita y no deja ver la claridad del amor y la armonía que produce la verdad tan necesaria para la sana convivencia. 


Nunca le pidas lecciones a los tramposos, pues tú mismo serás el tema de la lección.