Para crecer juntos...

Todo lo puedo en Cristo que me fortalece, 

Filipenses 4.13

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

 

 

Cuando Hernán Cortés, en el año 1519, llegó a las playas de México

con algunos centenares de soldados,

preguntó a la tripulación si querían regresar a la patria,

ante el temor de las luchas que les esperaban en tierras desconocidas.

No se presentó ninguno. Entonces el arrojado aventurero,

mandó a prender fuego a las naves en que habían venido,

reduciéndolas a cenizas y se hundieran en la mar,

para cortar de raíz toda esperanza de regreso o de fuga.

Con tan singular rasgo de audacia,

Hernán Cortés colocó a sus hombres ante

 una dura alternativa.

Ahora solo podían vencer o morir.

 

 

            Siempre hemos escuchado el que no espera desespera. La esperanza es lo último que se pierde y son muchos los que se ahogan en la orilla de un diminuto riachuelo. En esta vida, regalo de Dios, la fuerza y la voluntad deben ir sosegados para poder seguir el camino. Un camino que necesita que definamos las metas más no las aventuras. Porque una meta es una idea que tiende a realizarse. Una aventura es un arranque de emoción que pronto se cansa o se satisface.

 

            Todos tenemos la necesidad de tener una meta bien definida. Cuando digo bien definida me refiero a su realización. Recordemos que cada quien se debe arropar con al cobija que tiene y no debe estar pagando porque otro deba. Pues, en cada uno de nosotros hay tal preocupación que cada día tiene su propia impaciencia. Se hace ineludible que todos tengan una aspiración y que la tengan no es una fantasía de un trasnochado recién levantado, todo lo contrario, es un apetito propio del ser humano.

 

            Claro que todo comienzo cuesta y que todo lo que se hace tiene su cuota de sacrificio y hasta de ofrecimiento de la propia vida. Pero hay que intentarlo. Es como el alpinista que se esfuerza por subir a la montaña para ver otras montañas. Es verdad, pero si no lo hiciera no las podría contemplar. Todos los que han subido muy alto y han logrado vencer se enfrentaron a obstáculos y muy serios. Imagínense a un cien pies, ese animalito  marrón que se enrosca en un mundo de pies. Si a ese animalito se le ocurriera tener por meta usar zapatos. Se lo pasaría media vida poniéndoselos y la otra media quitándoselos.

 

            Dios el autor de la vida nos regaló la fuerza para apreciarla y darla a nuestros hijos. Ahora bien, esos hijos necesitan ver en nosotros, reflejada en nuestras acciones, la fuerza y el coraje de esa vida que es continuadora de la gracia de Dios.  Nadie hará con eficacia y decisión lo que tengo que hacer. Es verdad que nadie es indispensable, pero si necesarios para emprender esas tareas que están esperando por nosotros. Nadie tiene derecho a decir que esa tarea, ese ideal no es para mí, que es reserva exclusiva de X ó Y. Jamás y nunca se puede entender esta floja postura como una respuesta exacta y limpia al reto de una vida más digna y ejemplar.

 

            Hay que mirar a aquella planta de mostaza que es la más pequeña de los arbustos y sin embargo allí en sus ramas las aves hacen sus nidos. No será mansión de cien habitaciones, pero es una casa que brinda abrigo y cobijo a una familia. Ni tampoco se amilana la hierba que crece al pie de los inmensos árboles, pues ella sabe que si creciera tan alta se lo viviría toda despeinada y las vacas no la podrían comer. Felices de ser como somos y de agradecer lo que con orgullo representamos.    

 

            Son demasiados los que se esconden en otros para no enfrentar su tibieza, su duda y flojera a la hora de enfrentar la meta, y el ideal al que han sido llamados. Viven como cavernícolas sumidos en las cuevas por miedo al sol que les hace cerrar los ojos sin haber experimentado como les calienta el cuerpo y les da fortaleza. Todos, sin excepción, están llamados a una meta. Aquí no importa el tamaño, pues todas las metas tienen su propio peso y dimensión por muy pequeña que sea.

 

            Cuando aquellos apóstoles temerosos por la muerte de Cristo, por la persecución de los romanos y por la crítica de los judíos se escondieron cerrando toda posibilidad de contacto con el mundo exterior. Jesús llego penetró las puertas y los corazones y les dijo: “La paz con ustedes” e inmediatamente les mostró  los agujeros de pies y manos y el costado abierto. Jesús los sensibilizó. Les mostró la verdad para que al instante recobraran las fuerzas y la venda de los ojos cayera. Estamos apagados teniendo combustible, estopa y fósforos. Vivimos en la oscuridad porque nos hemos acostumbrado a ella. Preferimos las tinieblas del conformismo para no gastar fuerzas en el parpadeo de unos cuantos rayos de luz.

 

            Dios nos acompaña. Dios nos sale al paso y nos repite con insistencia “Yo soy el camino, la verdad y la vida” Y nos recalca que El es nuestra fuerza, porque sin El nada podemos hacer.