Para crecer juntos...

Somos

Autor: Padre Marcelo Rivas Sánchez 

Web del Padre

 

 

 

           “Somos hechura y figura hasta la sepultura” decir muy común entre los de mi pueblo. Esto quiere indicar que no tenemos escapatoria y creo que no es del todo verdad. Porque no somos hijos del determinismo o del simple destino marcado y señalado desde nuestro nacimiento. Si esto fuera verdad tendríamos que señalar: “El que nació para zapatero del cielo le caen la tachuelas” Tampoco es verdad. Ciertamente que Dios ayuda y nos sostiene desde la eternidad, pero no en una dimensión donde todo ya está realizada y no más, donde no cabe la imaginación, la lucha y el esfuerzo por superarse o lo contrario, para dañarse. Somos hijos de Dios para la vida y en esta vida pueden ocurrir muchas cosas. A favor o en contra.

 

            Somos, entonces, la lucha cotidiana en el afán de cada día con la sorpresa de la compañía de Dios, quien se hizo visible en Cristo Jesús. Somos esa fuerza que nos hace levantar y seguir el camino cargando la cruz del sufrimiento y la copa de la alegría. Somos conquista de aquellos días lluviosos donde nos guarecemos de la tormenta de los problemas. Somos la mano amiga frente al otro que no tiene pan. Somos testimonio del amor de Dios cuando tendemos puentes para la reconciliación y la convivencia. Somos médicos, educadores, obreros, mecánicos, albañiles, sacerdotes, religiosas… Somos eso y mucho más que se despierta a sorbos de café negro y en la arepa cotidiana despuntan cada día.

 

            Por eso la vida no se negocia. No se vende y menos, se juega en la mesa ilusoria de un par de dados de la mala o buena suerte. Se tiende a la soledad cuando sentimos el aguijón de la pobreza, la enfermedad y el dolor. Se tiende al grito sonoro y alegre cuando se triunfa y se tiene abundancia. Por tanto, tenemos que entender esta mezcla de luz y oscuridad, de día y noche, tristeza y alegría, de caída y levantada. Como un gran laboratorio nuestras vidas son mezcladas, no como conejillos de indias, sino como resultado de nuestras relaciones. Cada uno debe lanzarse a la búsqueda confiada del mañana y desde la verdad de su vida construirla.

 

            Son muchos los autómatas que se levantan sin esperanza, sin respuestas, sin ilusiones, sin fuerzas. Caminan y se alzan porque es parte de un mecanismo normal en la vida de la humanidad. Dios no nos creó para las respuestas automáticas. Si lo hubiese querido no nos llamaría por nuestro nombre, sino por un número de una ficha tal que ejecuta y obedece ordenes impartidas dentro de un gran sistema computarizado. Serían respuestas precisas y actuaciones ya intentadas y totalizadas dentro del esquema de ensayo y error. Premio y castigo para los mejores o peores resultados. Habrá que darle gloria a Dios por no habernos hechos legiones de robots. Nos hizo de carne y hueso. Débiles y humanos que en medio de la lucha tenemos que dar una respuesta.

 

            El ser es libre y en esa libertad encontramos caminos de acción. Libes para el bien, jamás para el mal. Libres para interrogarnos sobre la verdad de nuestros hechos y realizaciones. No solamente carne y debilidad, también espíritu y dinamismo de Dios en lo más profundo de cada uno. Inteligencia, conciencia. Que viene a ser ese soplo divino que nos permite contemplar el bello colorido de una flor que morirá por la tarde; el trinar de un pájaro enjaulado o el volar peligroso de una mariposa a punto de extinguirse. Todos llamamos alma, pero casi nadie cuida y cultiva. Esa propiedad espiritual que nos hace “borrón y cuenta nueva” en los obstáculos del caminar y en el sabor amargo de los fracasos es el centro de los que somos. Alma, dibujada por el Génesis, en la historia de Adán y Eva. Alma necesidad operativa para ser y no simplemente tener para poder ser. Alma expresión propia y vivencia del que se encumbra todos los días, a pesar de las dificultades, para recibir los rayos de sol, la suave brisa y la ternura de quienes sienten, como él, que Dios nos acompaña y nos auxilia.

 

            Por lo tanto ser es lo importante en cada uno de nosotros. Ser para crecer en armonía y al hacerlo nos convertimos en el somos. Seres comunitarios, respetuosos, llenos de dinamismo y en capacidad de sentir la presencia de Dios en cada uno de los hermanos. Por eso al conquistar el “SOMOS” se despierta unas grandes verdades: